Ya es oficial: los republicanos quieren su ‘impeachment’ a Joe Biden

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Con una disciplina de partido perfecta en ambas bancadas, la escueta mayoría republicana de la Cámara de Representantes ha oficializado la investigación del entorno del presidente Joe Biden que podría desembocar en un impeachment. Las pesquisas, que giran en torno a la sospecha de que Joe Biden habría usado su poder político para facilitarle los negocios a su hijo Hunter, llevan meses en marcha. Pero la luz verde proporcionada formalmente por la Cámara Baja le otorga peso y presteza: más instrumentos, más autoridad. Más posibilidades de añadir otra tormenta política, una más, a la abultada ristra de tormentas políticas de cara a 2024.

“Estamos ahora en un punto de inflexión en nuestra investigación”, declaró el presidente del Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara, el republicano James Comer. “Pronto convocaremos y entrevistaremos a varios miembros de la familia Biden y a sus asociados sobre estas redes de tráfico de influencia. Pero estamos encontrándonos con la obstrucción de la Casa Blanca”.

Hasta ahora, la Administración Biden se había negado a ceder a los requerimientos del liderazgo republicano de la cámara, como por ejemplo las entrevistas con miembros de la familia del presidente. La razón dada por el equipo de Biden era que la investigación no había sido votada por los congresistas y por tanto se quedaba en una mera iniciativa política. Ahora ya no. Ahora los republicanos se podrán envolver en la pátina legislativa para mandar sus citaciones y sortear los baches del Gobierno.

Horas antes de que la cámara baja aprobase la investigación del impeachment, Hunter Biden comparecía públicamente para decir que había decidido ignorar la citación de los republicanos y que prefería responder a las preguntas en abierto: no a puerta cerrada. Según él, para que los republicanos no tuvieran la libertad de filtrar luego los fragmentos de testimonio que harían parecerle culpable.

La interpretación dominante la noche del miércoles era que la actitud díscola del joven Biden, que por otra parte está imputado por presunta evasión de impuestos y por mentir acerca del consumo de drogas cuando era dueño de un arma de fuego, habría provocado finalmente el voto. Un recurso que los republicanos habían evitado hasta ahora, en parte por desavenencias internas con el anterior líder parlamentario, y en parte porque, probablemente, no habría habido cuórum. Algunos conservadores moderados reconocían que seguramente no habría pruebas suficientes para montar un caso sólido contra el presidente de EEUU. Aún después del voto de anoche estas voces siguen sin mostrarse plenamente convencidas.

“Necesitamos una investigación formal para obtener la información”, dijo el representante republicano Don Bacon, procedente de un distrito donde los demócratas podrían fácilmente quitarle el puesto el año que viene. “Y directamente no creo que esto vaya a desembocar en un impeachment”, añadió, ya que para lanzar este proceso de destitución haría falta un crimen o delito grave, como la traición, el soborno, el abuso de poder o el hecho de mentir bajo juramento.

El Partido Demócrata, incluyendo la Administración Biden, niega que se haya dificultado la investigación e interpreta que esta maniobra responde a la sed de venganza de los republicanos, cuyo último presidente, Donald Trump, fue objeto de impeachment en dos ocasiones. El primer jefe de Estado en serlo. Y la primera de estas ocasiones estaba precisamente relacionada con Hunter Biden.

La sombra del hijo menor del actual presidente de Estados Unidos lleva ya un lustro planeando por encima del paisaje político. Cuando Joe Biden era vicepresidente de Estados Unidos, gestionar la crisis de Ucrania en 2014 era parte de su cartera de responsabilidades. Entre aquel año y 2019, Hunter Biden, que no tenía ningún asomo de experiencia en el sector energético, fue miembro del consejo de administración de la empresa gasista ucraniana Burisma, donde ganaba un millón de dólares anuales por un servicio poco claro. Más allá del relumbre de su apellido.

Dado que, en 2019, Joe Biden tenía claras posibilidades de acabar siendo el rival de Donald Trump al año siguiente, el republicano trató de buscar información comprometida sobre las actividades de Hunter en Ucrania. Lo cual habría llevado, como se investigó en el primer impeachment, a utilizar la asistencia militar al Gobierno de Volodímir Zelenski como forma de chantaje: o se facilita esa información sensible sobre los Biden en Ucrania, o se acaba la asistencia. La conjura fue destapada a finales de 2019. Trump fue absuelto en el Senado en enero de 2020.

Pero la historia aún tenía recorrido. En octubre de 2020, The New York Post publicó una primicia acerca del ordenador de Hunter Biden, que habría sido abandonado en una tienda de informática de Delaware regida por un hombre ciego. Se supone que en ese ordenador estaban los correos electrónicos que probaban las acciones corruptas de Joe Biden para beneficiar a su hijo. El problema es que dicha historia del ordenador había procedido de Rudy Giuliani, mano derecha de Donald Trump en la búsqueda de información comprometida sobre sus adversarios. Y había sido entregada como “sorpresa de octubre”. Es decir, con la clara intencionalidad política de hundir a Joe Biden en la recta final de las elecciones presidenciales.

Las circunstancias de la aparición del famoso ordenador hicieron que muchos medios ignorasen la historia: no querían hacer el trabajo sucio de Trump y Giuliani. Twitter fue más allá y censuró el artículo del Post. Lo cual, a ojos conservadores, resultó la prueba clamorosa de que había habido una conspiración progresista para proteger la candidatura de Biden. El portal de verificación Politifact confirmó que, efectivamente, era el ordenador de Hunter Biden, pero su contenido no aportaba pruebas de corrupción. NBC News reveló que, entre 2013 y 2019, el joven Biden y su empresa habían ingresado 11 millones de dólares que se habían gastado rápidamente.

Las pesquisas iniciadas en el último año, y oficializadas ayer con el voto en la Cámara de Representantes, ya han sumado más oprobios a la ya colorida vida de Hunter Biden. Por el Congreso se han podido ver las fotografías que el Biden de 53 años se había hecho fumando crack, conduciendo con un revolver en los vaqueros y manteniendo relaciones sexuales con prostitutas.

De momento, los cuatro años de repetidos intentos de encontrar suciedad en las acciones de Joe Biden no han dado sus frutos. La intención republicana de que se celebre otro impeachment, un proceso que solo se ha dado cuatro veces en los dos siglos y medio de historia de Estados Unidos, dos de ellas en los últimos tres años, puede reflejar una tendencia actual en las democracias occidentales: la lenta pero continua degradación de las reglas comunes, que crujen bajo el peso de las actitudes tribales o cesaristas. En este caso, el uso de una figura jurídica grave, lo más parecido a un botón nuclear político que tiene el Congreso, para igualar las cuentas y posiblemente llegar a noviembre de 2024 con dos tormentas paralelas: la de los cuatro procesos judiciales contra Donald Trump y lo que salga de esta investigación.

Con una disciplina de partido perfecta en ambas bancadas, la escueta mayoría republicana de la Cámara de Representantes ha oficializado la investigación del entorno del presidente Joe Biden que podría desembocar en un impeachment. Las pesquisas, que giran en torno a la sospecha de que Joe Biden habría usado su poder político para facilitarle los negocios a su hijo Hunter, llevan meses en marcha. Pero la luz verde proporcionada formalmente por la Cámara Baja le otorga peso y presteza: más instrumentos, más autoridad. Más posibilidades de añadir otra tormenta política, una más, a la abultada ristra de tormentas políticas de cara a 2024.

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