Hormigón armado: Turquía puede bloquear la construcción en Israel y eso le viene bien a Netanyahu

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A tomar viento 9.500 millones de dólares. Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, lo dijo con palabras algo más educadas: “Hemos cerrado la puerta al comercio con Israel“, pero dejó claro que el intercambio con Israel, valorada en esta cifra, quedará reducido a cero a partir de ahora mismo. Todo sea por Gaza.

Es una decisión política y temporal, expresamente temporal: se suspende el comercio, tanto de exportación como de importación, entre Turquía e Israel “hasta que el Gobierno israelí permita un flujo ininterrumpido y suficiente de ayuda humanitaria a Gaza“, dice el comunicado emitido por el Ministerio de Comercio turco el jueves por la noche. Un aspecto curioso del asunto es que el ministro de Exteriores israelí, Israel Katz, ya reaccionó —furibundo, por supuesto— en Twitter varias horas antes, cuando lo único que había era una noticia, basada en fuentes anónimas, de la agencia Bloomberg. Katz llamó dictador a Erdogan y prometió buscar fuentes alternativas para los bienes que necesita Israel.

La diplomacia entre Israel y Turquía siempre se ha llevado a cabo con grandes gestos de enfado y griterío. Erdogan lleva meses llamando nazi y terrorista a Benjamin Netanyahu, el Gobierno israelí usa el mismo tono y, a la vez, el comercio bilateral no hacía más que fluir y aumentar. Nada llamativo. En los últimos 25 años, el valor de las exportaciones turcas a Israel se ha multiplicado por 15, con una curva de subida continua e ininterrumpida, salvo un pequeño bacho en 2009, curiosamente antes, no después, del asalto al buque Mavi Marmara, en el que la marina israelí mató a diez activistas turcos.

Las dos graves crisis diplomáticas vividas tras el ataque, con dos retiradas de embajadores, no dejaron rastro en los libros de balance de los comerciantes. En 2022 —último año del que tenemos estadísticas oficiales—, Turquía era el quinto proveedor de Israel, tras China, Estados Unidos, Alemania y Suiza, y el séptimo cliente. Para Turquía, Israel era el décimo país cliente, aunque solo el número 29 en la lista de proveedores.

Hasta que Erdogan dijo basta. No fue por voluntad propia, diríamos. Pero su sonada derrota en las elecciones municipales de marzo pasado, en los que su partido, el islamista AKP, pasó del primero al segundo puesto por primera vez en 22 años, fue un duro golpe. Y se debía en parte, así lo analizaron en el partido, a que un sector de sus propios votantes, islamistas más puros que el acomodado AKP, había cerrado filas en torno al nuevo partido Refah (YRP), con una campaña contra Erdogan por hablar mucho y hacer poco ante la guerra en Gaza. Esto es matizable, porque en muy pocos de los municipios perdidos en aquellos comicios, la suma de votos de AKP e YRP habría superado el empuje del CHP socialdemócrata, pero el toque de atención era innegable. Nueve días tardó Erdogan en sacar las conclusiones y anunciar un parcial embargo contra Israel.

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Lo de parcial parece un intento de nadar en el torrente económico y guardar la ropa diplomática. El decreto publicado el 9 de abril únicamente prohibía la exportación de productos comprendidos en 54 categorías, desde el acero al combustible de aviones, desde la maquinaria al cemento. Al ser parcial, no pudo venderse al público como un golpe en la mesa, ni la interpretó así la prensa mundial, que tomó nota más bien con parsimonia. Pero era mucho más que un gesto simbólico: los productos vetados componen, de hecho, el principal bloque del comercio bilateral. Y son vitales para la industria de Israel. Especialmente para la construcción.Solo la categoría ”

La construcción en Israel, ‘en ruinas’

Hierro y acero” supone mil millones de dólares anuales en ventas turcas a Israel, y conforma el 35% de las importaciones israelíes de estos metales (seguimos hablando de 2022). A esto se añaden otros 366 millones en “productos de hierro y acero” y cientos de millones en cobre y alumnio. El bloque de plásticos y el de maquinaria, también vetados, vienen en segundo y tercer lugar. Más baratos son los productos de “piedra, mortero, cemento, asbesto y similar” (188 millones) pero suponen un 41% de de las compras israelíes en este sector, seguidos de cristalería (un 30%) y de cerámica y pavimentos (ambos un 25%). Ustedes se pueden hacer una idea: al cortar Turquía el grifo en estas categorías, muchas casas en Israel se están quedando ahora mismo a medio hacer. Ya no hay hormigón armado. La ciudadanía podrá sentir el efecto de la medida.

O quizás no tanto. La construcción en Israel está de todas formas en ruinas desde hace meses. En enero, la prensa israelí calculó que la mitad de los edificios en construcción han quedado paralizados por la falta de mano de obra. Antes de la guerra había 75.000 palestinos de Cisjordania con permiso de trabajo en Israel, otros 12.000 de Gaza, y unos 15.000 obreros ilegales. Desde la guerra, ninguno puede entrar ya en territorio israelí. De los 23.000 obreros de la construcción extranjeros, muchos de Moldavia y China, se han ido unos tres mil, y pocos tienen ganas de venir, por mucho que Israel intente fletar aviones para traerlos, asegura el digital israelí Globes.

Así las cosas, el efecto negativo quizás se sienta más en Turquía, donde unas cuantas fábricas tendrán que parar máquinas y despedir a trabajadores. Pero para las próximas elecciones faltan cuatro años, por lo que el efecto ahora mismo no supone un peligro para el sillón de Erdogan (incluso podría achacar a su noble gesto humanitario los efectos del duro aterrizaje causado por años de apuestas por una inflación desbocada). Además, Erdogan da por hecho que la interrupción del comercio es de corta duración y que se reanudará en cuanto se acuerde un alto el fuego y se permita la llegada de ayuda humanitaria a Gaza. Esta era la condición expresada en el decreto del 9 de abril; en el del jueves pasado falta la explícita referencia al alto el fuego y basta con la ayuda humanitaria.

Un sencillo gesto por parte de Netanyahu, una concesión casi simbólica, y los cargueros volverán a navegar. Quizás bastaría con revocar la negativa que motivó el decreto de abril. Erdogan anunció ese parcial embargo solo después de que Israel le denegara permiso de sobrevolar la Franja de Gaza para lanzar ayuda humanitaria en paracaídas, como ya hacían Estados Unidos, Jordania, Egipto y Francia. ¿Y por qué Turquía no, cuando es el país que más ayuda envía a través de Egipto? Eso sentó mal.

Sentar mal es parte de la estrategia de supervivencia de Netanyahu. Y por eso no hará ese gesto que reanudaría el comercio. Su huida hacia adelante, incluido un bombardeo totalmente innecesario de la embajada iraní en Damasco para provocar una respuesta de Teherán que permitiera una vez más realzar la condición de Israel como nación víctima de ataques, consiste precisamente en pelearse con más y más enemigos, y en convertir en enemigos a quienes aún no lo son, porque solo mientras dure la guerra puede desoír el clamor de su propia nación que lo detesta más que nunca.

Una guerra que puede durar eternamente​

Su táctica política, asegura el diario Times of Israel, está clara: en el caso de que Hamás acepte en los próximos días el acuerdo de intercambio de rehenes por presos palestinos, su coalición con los partidos de extrema ultraderecha se derrumbará. Porque ministros como Itamar Ben-Gvir (Seguridad Nacional) y Bezalel Smotrich (Finanzas) prefieren sacrificar a un centenar de judíos antes de poner en libertad a civiles palestinos detenidos no solo sin condena sino sin acusación, es decir inocentes bajo toda ley que no sea la israelí.

Acto seguido, Netanyahu, asegura el diario, convocará elecciones y las ganará. O eso cree. Porque sus rivales a su izquierda (lo de izquierda es un decir, porque Benny Gantz y Yair Lapid están a la derecha de cualquier partido de la derecha europea) no alcanzarán la mitad de los 120 escaños de la Kneset ni contando con los diputados árabes, con los que de todas formas no pueden aliarse si quieren mantener a sus propios votantes. Y después de que el secretario de Estado estadounidense Antony Blinken ha alabado la propuesta de acuerdo con Hamás como “extraordinariamente generoso” por parte de Israel, el respaldo de Washington lo tiene asegurado.

Pero quizás Netanyahu no lo tenga tan claro o prefiera ahorrarse el trámite. Porque mientras tanto está haciendo todo lo posible para evitar que Hamás acepte el pacto. El 30 de abril aseguró que lanzará un ataque contra Rafah, donde se hacina un millón de civiles palestinos desplazados, “haya acuerdo o no lo haya”. Es decir, comprometiéndose a romper inmediatamente las promesas firmadas, si el adversario las acepta.

Hará lo que pueda para impedir una negociación de un alto el fuego duradero que pudiera ser el inicio de una solución, porque para él, Israel no debe alcanzar la paz nunca, bajo ningún concepto. “No podemos eliminar a todos (los miembros de Hamás), ni podemos eliminar a todos los terroristas en Cisjordanias. Pero debemos combatirlos hasta el final“, lo cita Times of Israel . Y si usted se pregunta cuánto tiempo más pueden seguir los bombardeos contra una población civil con decenas o cientos de muertos diarios, el diario tiene la respuesta: “Si es por Netanyahu, la guerra contra Hamás durará una década o más“.

Esta es la visión del futuro de Israel que asumen como natural Netanyahu, más de la mitad de los diputados y la mayor parte de la prensa. Una guerra que no puede ganarse y que por lo tanto debe durar eternamente.

En esta estrategia, todo enemigo es bienvenido porque refuerza la sensación de que la paz es imposible y que la única opción es aguantar contra viento y marea. Esa fue, en el recuerdo de los voluntarios que en 1947 acudieron de toda Europa, una Europa devastada por el nazismo, la guerra y los pogromos, a Palestina para luchar por un Estado judío contra fuerzas militares inmensamente superiores en número: “No teníamos adónde huir”.

Y con esta sensación, la de que Israel está rodeado de enemigos mortales en todas partes, Netanyahu intenta galvanizar el apoyo a sus políticas, tanto por parte de la ciudadanía israelí como por parte de políticos y movimientos en Estados Unidos, Reino Unido y Alemania que le prestarán un apoyo incondicional e ilimitado si les plantea que se trata de decir sí o no a la supervivencia de Israel y —para el sionismo ya se ha convertido en sinónimo— del “pueblo judío”.

En esta estrategia, el embargo de Turquía es un pequeño ladrillo más en el muro que aisla Israel del resto del mundo y de sus responsabilidades frente a la humanidad. Viene bien a Netanyahu y a su gobierno, compuesto por ministros que el diario israelí Haaretz describe como “una banda racista de atizadores de guerra, cuya visión oscila entre mesiánica y fascista y para los que Dios está por encima de la ley”.

Por eso mismo preocupa poco si algún otro país pudiera seguir el ejemplo de Erdogan. Por una parte, no es muy probable que lo haga China, primer proveedor de Israel, pero habitualmente esforzado en separar negocios y política, y mucho menos que lo hagan Estados Unidos, Alemania, Suiza, Bélgica, Países Bajos, Francia, Italia y Hong Kong, que ocupan el resto de los diez primeros puestos.

Netanyahu… ¿arrestado?

Por otra parte, no pasa nada si alguien se suma al embargo. Si la industria israelí necesita hormigón armado, sin duda podrá pedirlo a Estados Unidos, incluso gratis, con el argumento de que el mundo está lleno de antisemitas que hacen boicot a los judíos. Ya verán cuántos senadores se atreverán a votar en contra de un ley formulada así.

Por eso mismo, analiza Haaretz, incluso una orden de arresto de la Corte Penal Internacional le vendría bien a Netanyahu, que ya ha tildado ese posible gesto de “crimen de odio antisemita sin precedentes”. Antisemita, es decir, dirigido contra judíos. Lo cual solo tiene una lectura: ser judío significa estar por encima de lo que diga un tribunal. En teoría, tras emitirse esa hipotética orden, Netanyahu debería limitar bastante su agenda de viajes —podrá seguir yendo a Estados Unidos, que al igual que Israel no es Estado parte de la Corte— pero en la práctica, probablemente aproveche para ampliarla.

Imaginen la situación: Alemania, que sí es Estado parte, deberá ponerle las esposas al líder del Estado judío a su llegada al aeropuerto. ¿Lo hará? Es impensable. ¿Le rogará no venir mientras siga en vigor la orden? Hasta eso es impensable. Netanyahu irá a Alemania, precisamente para demostrar a todo el mundo que él y su nación están por encima de la ley. Después de eso, podrá ganar elecciones durante el resto de la eternidad.

La tragedia es que esta perspectiva de dominio permanente de Netanyahu y su ultraderecha mesiánica judía está directamente vinculada al dominio de la ultraderecha mesiánica islamista, es decir Hamás, sobre la población palestina. Mientras Netanyahu siga en el poder, alimentará a Hamás —si es necesario, autorizando el envío de maletines con dólares, como hizo antes de la guerra— para tener el adversario que necesita y utilizarlo para seguir destruyendo lo que queda de la Autoridad Palestina de Mahmud Abás y para asfixiar todo germen de un movimiento cívico y político palestino no islamista.

Ese sucio pacto de permanencia entre Netanyahu y Hamás está destruyendo a dos pueblos en una espiral de violencia cuyo fin aún no es previsible. Los daños colaterales son el imperio de la ley, la noción de justicia y la fe en la democracia en el resto del planeta. Hay políticos que justo por eso impulsan la espiral. Si lo hacen hablando de defender la democracia frente a la barbarie islamista es que tienen la cara de hormigón armado.

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