Éxito político, dilema existencial: la OTAN cumple 75 con una mala salud de hierro

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La Organización del Tratado del Atlántico Norte cumple este jueves 75 años con una mala salud de hierro. La invasión rusa en Ucrania la revivió de esa “muerte cerebral” que diagnosticó el francés Emmanuel Macron en 2019 y hoy, la Alianza luce en su momento más poderoso desde el fin de la Guerra Fría. Ha sumado dos nuevos socios, está en un multimillonario rearme militar y su misión vuelve al origen: disuadir a Moscú. Pero la organización también arrastra varios dilemas existenciales, algunos presentes desde su fundación. Debates sin resolver que muestran las grandes costuras de la seguridad común.

“Hay una sensación generalizada de que la Alianza ha cerrado el círculo. Creada para disuadir al adversario soviético, la principal tarea de la OTAN vuelve a ser la disuasión. Después de años enfocados en misiones de paz y lucha contra el terrorismo en varios lugares del planeta, los aliados empiezan a pensar otra vez en la defensa territorial de Europa. Sin embargo, la OTAN todavía debe completar el círculo intelectual”, resumían Barbara Kunz y Dan Smith, analistas del Instituto Internacional para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el ensayo OTAN: una nueva necesidad de viejas ideas.

Vayamos de lo urgente a lo importante.

Una sucesión largamente postergada

El primer gran desafío pendiente de la OTAN tiene fecha, lugar, nombre y apellidos. Los socios esperan llegar a la Cumbre de Washington, el próximo 9-11 de julio, con una solución al agónico proceso de sucesión del secretario general Jens Stoltenberg tras casi una década al frente de la organización. El noruego lleva dos años prorrogando su mandato porque los socios no han sido capaces de encontrar un candidato de consenso.

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La dificultad para encontrar un sustituto aceptable para los (ahora) 32 miembros es una muestra de cómo el tablero geopolítico ha devuelto a la Alianza Atlántica su influencia política, militar y económica. Aunque la secretaría general tiene un poder ejecutivo mínimo, todos quieren ver sus intereses e ideas representados en la jefatura de una organización cuya voz vuelve a ser relevante. Además, reemplazar a Stoltenberg no es tarea fácil.

El ex primer ministro nórdico capitaneó hábilmente a la organización en uno de sus momentos más débiles, cuando el sentido colectivo se había difuminado tras la implosión soviética y durante la larga guerra contra el terrorismo. En estos años, lidió con la primera agresión rusa a Ucrania en 2014, navegó las difíciles aguas de la era Trump y supo liderar la respuesta firme y unida de la organización ante el estallido del primer conflicto de alta intensidad en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Pero, ahora sí, dejará el cargo definitivamente en septiembre de 2024. Así que hay el plan, comentan fuentes de la alianza, es llegar a Washington con la decisión lista.

Mark Rutte, primer ministro en funciones de Países Bajos, es el favorito indiscutible para hacerse con el puesto. La Casa Blanca ya había sondeado el año pasado a este político discreto y camaleónico, pero él mismo se había descartado para el puesto. Sin embargo, tras el colapso de su cuarto gobierno de coalición, convocó unas elecciones anticipadas a las que no se presentó. Ahora cuenta con el respaldo de los pesos pesados de la Alianza, incluyendo Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania. Además, su candidatura se ha reforzado tras recibir el respaldo de la primera ministra estonia, Kaja Kallas, considerada uno de los “halcones” de la OTAN y una potencial contendiente por los apoyos del flanco oriental.

Los riesgos de la unanimidad

Sin embargo, la decisión del presidente de la república de Rumanía, Klaus Iohannis, de lanzar su candidatura para liderar la OTAN mantiene la incertidumbre sobre el fin de la transición. Como esta elección se toma por consenso, cualquier voto en contra volvería a paralizar el proceso. Todos los ojos están puestos en el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien tiene cuentas pendientes con el holandés. Rutte fue uno de los más duros con el gobierno de Hungría por incumplir las cláusulas en materia de Estado de derecho que rigen la Unión Europea y ahora se niega a darle el visto bueno, aprovechando la entrada en escena de Iohannis.

Eso complica la sucesión“, admite una fuente de la Alianza. “Buscábamos tomar una decisión en abril para evitar que el proceso se mezclara con la negociación de los altos cargos (de la Unión Europea), pero ahora dependerá en gran medida de hasta dónde esté dispuesto a llegar Orbán”, concluye.

Probablemente, la presión acabará haciendo ceder a Orban, como pasó con la adhesión de Suecia (demorada 18 meses por las objeciones de Turquía y por la propia Hungría). Pero episodios como la sucesión de Soltenberg o la ratificación sueca muestran cómo uno de los principios fundamentales, el consenso en las decisiones, es cada vez más complicado y un solo miembros tiene el poder de paralizar a toda la organización. Lo que se diseñó para 12 socios opera con 32. Y puede que en el futuro lo tenga que hacer con más miembros.

Además de la unanimidad, la OTAN también puede operar mediante el “procedimiento del silencio”, por el que una decisión no mayoritaria puede ser adoptada si no hay una objeción oficial en firme. También hay precedentes de decisiones tomadas por “consenso menos uno” en los 80, permitiendo al disconforme a mostrar sus reservas en las notas de pie de página. De hecho, unas de las principales misiones del secretario general es tejer esos acuerdos y mancomunar opiniones. Pero esto, coinciden analistas, podría no ser suficiente para los retos del futuro.

“La OTAN necesita adaptar sus métodos de toma de decisiones para poder funcionar más eficientemente. Es la única manera de que la Alianza pueda integrar más miembros sin agregar más riesgos a su propio funcionamiento”, concluía Ira Straus, asesor de estrategia y seguridad en un análisis para el Atlantic Council. “Esta puede ser la única forma realista de que la OTAN pueda seguir adelante con la adhesión de Ucrania y otros países”.

El futuro de ucrania

Precisamente Ucrania es la otra gran tarea pendiente para el futuro inmediato de la Alianza. El objetivo, aseguran las fuentes, es llegar a la cumbre en la capital estadounidense con un “texto cerrado”, pero advierten que el lenguaje de esa declaración no va a ser fácil de negociar. Mientras que en las cumbres de la Unión Europea es habitual y deseable establecer momentos de negociación, de transacción, de tira y afloja; en las de la OTAN lo fundamental es transmitir unidad y determinación.

Esta fue una de las decepciones de la Cumbre de Vilna, Lituania, celebrada el año pasado a pocos kilómetros de la frontera con Bielorrusia. Allí se buscaba enviar un mensaje de compromiso total con Ucrania y de respaldo al flanco oriental de la OTAN, pero se llegó a la cita de jefes de Estado y de Gobierno con el lenguaje referente a la futura adhesión de Kiev todavía abierto. Y ahí se vieron las costuras de la Alianza, con las visiones divergentes entre algunos socios sobre cómo se encara de forma esencial la guerra en Ucrania.

Las fuentes señalan que esas diferencias entre aliados sobre lo que debe quedar reflejado, y cómo, en la declaración de Washington, persisten. Los más cercanos a Kiev buscan una referencia más explícita al encaje de una Ucrania de posguerra en la Alianza. Los socios más occidentales ponen el énfasis se ponga más en los acuerdos bilaterales de seguridad que se llevan cerrando desde Vilna, incluyendo con España, que se anunciará en los próximos meses. Estos abogan por una declaración centrada en lo inmediato —el foco en el apoyo militar y financiero— pero con una redacción más abierta y ambigua.

Esas diferencias respecto a cómo recoger esa la visión común del futuro de Ucrania en el espacio euroatlántico es un reflejo del diferente nivel de compromiso de los aliados con la victoria de Ucrania. Unos buscan poner a prueba los límites del apoyo de la organización con los ucranianos, dispuestos a todo; otros prefieren una estrategia más conservadora, menos frontal y sin líneas rojas sobre el futuro del conflicto (y su eventual solución). Esto marcará las prioridades y grandes decisiones de los próximos años, en los que Kiev seguirá siendo —como desde febrero de 2022— el eje gravitacional de la OTAN.

Las dos grandes brechas

Lejos todavía de los niveles de la Guerra Fría, la Alianza parece decidida a revertir la situación de infrafinanciación en seguridad y defensa por parte de los socios europeos con una hoja de ruta para llegar a una inversión mínima del 2%, cumpliendo así los llamados ‘Compromiso de Gales’. Un récord de 18 aliados podrían superar ese umbral este 2024, desde los tres que lo hacían en 2014. España aspira a llegar a ese objetivo en 2029, aunque la prorrogación de presupuestos de este ejercicio es un importante revés en este plan.

Este apremio por elevar el nivel operativo militar europeo no responde solo a la sensación de peligro (más o menos directo) que genera el Kremlin, sino también al espectro de un segundo mandato de Donald Trump. El aspirante republicano llegó a decir que animaría a Rusia a “hacer lo que le diera la gana” contra aquellos socios que no cumplieran con los estándares de gasto militar. Entendido como una provocación dentro de una campaña, y con todos los peros que se le puede poner a la afirmación, el trasfondo del mensaje es lo más preocupante. La realidad de que Europa todavía necesita (y mucho) a Estados Unidos para su seguridad. Esa es la gran brecha euroatlántica.

La presión para contribuir más a la defensa colectiva no es nueva, ni comenzó con Trump. Una larga lista de presidentes estadounidenses, desde Dwight D. Eisenhower a Barack Obama, han pedido a sus socios europeos —más o menos educadamente— que arrimaran el hombro financiero para sostener la pax americana. La diferencia es que ahora no hay que hacer elucubraciones geopolíticas. La amenaza rusa ha ayudado a acercar posiciones y reducir la otra brecha de la OTAN: la desconfianza de los socios del flanco oriental, de Polonia a los bálticos, hacia el eje franco-alemán. Especialmente a las ambiciones de París, que siempre ha aspirado a liderar una defensa europea a través de la UE, lo que podría reducir la implicación norteamericana en la OTAN y un deterioro general de la capacidad de disuasión colectiva.

Sin embargo, Macron ha endurecido su discurso en las últimas semanas, poniendo énfasis en la importancia de proteger a Ucrania y llegando a poner sobre la mesa un escenario de envío de tropas, algo que otros socios sí consideran una clarísima línea roja. Esta nueva retórica que sale del Elíseo y la posibilidad de un retorno del trumpismo, está haciendo que en los foros de la UE se note una cierta convergencia entre las visiones de la Europa occidental y oriental en materia de la financiación y con cierto marco político sobre el que trabajar: la —todavía vaporosa— idea de una “autonomía estratégica” europea.

Pero los propios avatares y contradicciones que ha superado la organización en su historia muestra la propia fortaleza de la idea aliada. Estos días, en los pasillos de la OTAN en Bruselas sienten que la organización llega a su 75 aniversario con “el principio de defensa colectivo reforzado” y un respaldo político y social sin precedentes en las últimas décadas. Más inversión, más socios y más unidad.

“Rusia está recibiendo apoyo para su agresión de China, Corea del Norte e Irán. Los poderes autoritarios se están alineando, por lo que es importante que las naciones con ideales similares en el mundo permanezcamos unidas para defender un orden global basado en leyes y no en la fuerza”, dijo Stoltenberg en la rueda de prensa tras la reunión con los ministros de Exteriores de la Alianza. “Mañana es el 75 aniversario de la OTAN. Y al enfrentarnos a un mundo más peligroso, el nexo entre Europa y Norteamérica es más importante que nunca“.

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