Un archivo “extraordinario” de cerebros antiguos podría arrojar luz sobre las enfermedades mentales

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(CNN) — Alexandra Morton-Hayward, una sepulturera convertida en académica, empezó a interesarse por los cerebros —concretamente por su descomposición— durante su anterior trabajo.

“He trabajado durante años con muertos. Mi propia experiencia es que el cerebro sufre una licuefacción bastante rápido (postmortem)”, dijo. “Así que fue un verdadero shock cuando me topé con un artículo (científico) que hacía referencia a un cerebro de 2.500 años de antigüedad”.

Morton-Hayward, ahora antropóloga forense que cursa estudios de doctorado en la Universidad de Oxford, descubrió que los cerebros, aunque no suelen encontrarse intactos como los huesos, se conservan sorprendentemente bien en el registro arqueológico.

Para entender por qué, la antropóloga recopiló en un archivo único información sobre 4.405 cerebros que fueron desenterrados por arqueólogos. Los cerebros han aparecido en turberas del norte de Europa, cimas de montañas andinas, pecios, tumbas del desierto y casas de asilo victorianas. Los primeros que se descubrieron tenían 12.000 años.

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Morton-Hayward trabaja sobre todo para comprender cómo sobreviven estos cerebros a los estragos del tiempo, con al menos cuatro mecanismos de conservación en juego.

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Sin embargo, la base de datos también abrirá nuevos campos de estudio, según Martin Wirenfeldt Nielsen, médico y patólogo del Hospital Universitario del Sur de Dinamarca, que no participó en la investigación. También está a cargo de la colección médica de cerebros de la Universidad del Sur de Dinamarca.

“Esta base de datos permitirá a los científicos estudiar tejidos cerebrales de épocas antiguas y determinar si enfermedades conocidas actualmente también estaban presentes hace muchos años en civilizaciones completamente distintas de las actuales”, explica Wirenfeldt Nielsen por correo electrónico.

“Examinar el tejido de cerebros que no han estado expuestos al entorno y los estímulos de la sociedad moderna podría ayudarnos a comprender si algunas de las enfermedades cerebrales que padecemos actualmente podrían deberse, al menos en parte, a nuestra forma de vida actual”.

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Fragmentos del cerebro de una persona enterrada en un cementerio victoriano de Bristol, Inglaterra hace unos 200 años. Ningún otro tejido blando sobrevivió entre los huesos, que fueron dragados de una tumba muy anegada. (Crédito: Alexandra L. Morton-Hayward)

Una colección de cerebros antiguos

Para catalogar los cerebros, Morton-Hayward revisó bibliografía científica de tres siglos de antigüedad y entrevistó a historiadores y arqueólogos. Sin embargo, no todos los especímenes físicos correspondientes están aún disponibles para su estudio.

Los más antiguos eran dos cerebros de 12.000 años de antigüedad que fueron hallados en un yacimiento de Rusia en la década de 1920, que los investigadores describieron como que se encontraron junto a dientes de mamut lanudo, explicó Morton-Hayward. No está claro qué ocurrió con los cerebros, añadió.

Morton-Hayward trabaja en un laboratorio de Oxford, Inglaterra, donde ayudó a crear una colección de 570 cerebros antiguos. Se guardan en frigoríficos, en tarros y recipientes de plástico para llevar, porque tienen tapas seguras. El espécimen más antiguo del laboratorio es un cerebro de 8.000 años de la Edad de Piedra sueca, que fue montado en una pica antes de ser enterrado en el lecho de un lago.

Morton-Hayward y sus colegas identificaron cuatro formas de conservación de los cerebros, normalmente descoloridos y encogidos, factores a menudo relacionados con el clima o el entorno en el que se encontraron. Los resultados se publicaron el 19 de marzo en la revista Proceedings of the Royal Society B Biological Sciences.

Las condiciones secas y calurosas deshidrataron los cerebros de un modo que imita el embalsamamiento deliberado de las momias, mientras que en las turberas ácidas el cuerpo se curtió esencialmente como el cuero. En lugares fríos, el cerebro se congeló y, en unos pocos casos, las grasas que contenía se transformaron en “cera para tumbas”, un proceso conocido como saponificación.

Sin embargo, en unos 1.328 casos, los cerebros sobrevivieron en ausencia de otros tejidos blandos, lo que suscita preguntas sobre por qué este órgano puede persistir mientras otros se descomponen. Curiosamente, muchos de los cerebros más antiguos se conservan de esta forma desconocida, señaló Morton-Hayward.

“Tenemos este quinto mecanismo, este mecanismo desconocido que, según nuestra hipótesis, podría ser una forma de entrecruzamiento molecular, posiblemente promovido por la presencia de metales como el hierro”, dijo, al referirse a la posibilidad de que las proteínas y los lípidos del cerebro se fusionen en presencia de elementos como el hierro o el cobre, lo que permite la conservación del cerebro.

Los investigadores no creen que la coraza protectora del cráneo esté detrás de la conservación del cerebro en ausencia de otros tejidos blandos, porque se encontraron cerebros conservados en cráneos dañados por traumatismos o por el proceso de fosilización, según el estudio.

“El tejido del sistema nervioso central es extremadamente frágil y vulnerable, y descubrir que el tejido cerebral se ha conservado durante tantos años es extraordinario”, dijo Wirenfeldt Nielsen.

Aquí se muestra el cerebro de una persona de hace 1.000 años excavado en el cementerio de Sint-Maartenskerk, en Ypres, Bélgica, que data del siglo X. Los pliegues del tejido, aún blandos y húmedos, están teñidos de naranja por óxidos de hierro. (Crédito: Alexandra L. Morton-Hayward)

¿Secretos por desvelar?

Es posible que se pueda extraer ADN y proteínas antiguos de los cerebros, lo que revelaría secretos sobre las personas a las que pertenecieron. Según Morton-Hayward, si se recupera con éxito, el material podría revelar cosas que la información molecular extraída de huesos y dientes no puede revelar.

“El cerebro es el órgano metabólicamente más activo del cuerpo humano. Supone el 2% de nuestro peso corporal, pero consume el 20% de nuestra energía, haciendo cosas constantemente. Es un órgano increíblemente complejo, por lo que tiene una composición biomolecular poco habitual. Así que la riqueza de información es mucho mayor para empezar”, explicó.

“El ADN antiguo podría conservarse muy bien en estos cerebros debido a la forma en que, al menos los cerebros del tipo desconocido, parecen conservarse”, añadió. “Se están condensando y encogiendo y expulsando el agua. Y eso está formando este tipo de sistema cerrado que podría, en teoría, proteger ADN de alta calidad y alto rendimiento”.

Muchas de las personas a las que pertenecieron los cerebros tienen historias apasionantes que merecen más atención, dijo Morton-Hayward. Uno de los cerebros que documentó pertenecía a un santo polaco. Otro era la víctima de un sacrificio inca. Como exsepulturera, nunca olvida a los seres humanos que hay detrás de los cuerpos.

“Estoy muy agradecida por haber vivido esta experiencia”, afirma. “Lo más importante es que nunca pierdas de vista que estas muestras son seres humanos”.

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