Ucrania deja la ‘dieta’: llega la nueva munición para contener la ofensiva rusa tras Avdiivka

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La furgoneta navega por el barro tratando de alcanzar una arboleda. En el cielo, los drones rusos vuelan con el ímpetu de un ave rapaz. Las bombas aéreas dejan su sello en el campo, en forma de socavón. Un mes después de la caída de Avdiivka, la artillería ucraniana sostiene el frente, escondida bajo tierra. Aquí nunca se hace de día, salvo cuando el mando ordena disparar.

¡HARMATA!

Un cordón acciona el cañón soviético. El suelo se ilumina de un rojo intenso, brinca el lodo, y el obús escupe un proyectil de 122 milímetros y 22 kilos. La llamarada enciende el cielo en la región de Donetsk, frente a los últimos kilómetros que los rusos han arañado en su ofensiva. Mientras los soldados recargan, se escuchan ráfagas en posiciones cercanas. Tras meses de escasez, Ucrania vuelve a disparar.

“Las cajas son viejas, pero la munición es nueva”, dice Hunter, comandante de un pelotón artillero de la 31 brigada de Ucrania, sin esconder la sonrisa. “Esto solo es el principio, hay muchos enemigos y necesitamos más. Creo que los detendremos aquí, pero si tuviéramos el doble de proyectiles, menos hombres morirían en nuestras filas y la victoria estaría más cerca. Llevamos dos años demoliendo a los rusos día tras día”.

Los mil millones en ayuda militar anunciados recientemente por Bélgica, Dinamarca y Estados Unidos son un balón de oxígeno para los exiguos depósitos de munición ucranianos. De mayor importancia es la llamada “iniciativa checa”, que ha organizado una coalición occidental para comprar proyectiles soviéticos y OTAN para Ucrania. A las 800.000 rondas de artillería ya financiadas (pueden servir de tres a cinco meses en el campo de batalla), se suman ahora 700.000 más encontradas en países cuya identidad no se va a desvelar.

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Estas promesas y la creciente producción local desbloquean la línea de suministros hacia el frente, levantando la moral entre las tropas, tras meses de ahorro y contención. Se estima que este año Rusia dispara 10.000 proyectiles cada día, mientras que Ucrania ronda los 2.000. Una diferencia de 1:5, o incluso de a 1:7, alertan desde Kiev.

“A los ucranianos no se les está acabando el coraje. Se están quedando sin munición”, clamó Jens Stoltenberg, secretario de la OTAN, pidiendo acelerar el envío de armas, tras la retirada de Avdiivka. El bastión ucraniano llevaba desde 2014 en primera línea del frente y en octubre se convirtió en el punto más caliente de la guerra. Un campo de tiro en el que, al menos, 16.000 militares rusos perdieron la vida (según fuentes pro Putin) y cerca de 600 blindados de la Z fueron destruidos. El empuje del Kremlin y el retraso de la ayuda militar prometida por Estados Unidos y Europa hicieron insostenible la defensa de la ciudad.

Impedir el avance de las tropas rusas tiene ahora una importancia capital para la estrategia de Kiev, mientras acumula hombres, barcos y aviones. Y está funcionando. El frente se estabiliza tras medio año de ofensiva rusa, y la falta de blindados se aprecia en el aumento de asaltos a pie y en la antigüedad de los vehículos moscovitas. Este miércoles, el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, anunció la creación de dos nuevos ejércitos, 14 divisiones y 16 brigadas. Se prevé una nueva movilización.

Soldados ucranianos se desplazan cerca de la línea de frente. (Fermín Torrano)

No se puede subestimar al enemigo, ahora usan más drones y han aprendido a utilizarlos en el campo de batalla”, reconoce Hunter. En su puesto de mando, una docena de cámaras aéreas controlan la primera línea y los accesos a las posiciones defensivas. Ucrania ha creado en esta zona un paraguas de vigilancia entre diferentes unidades interconectadas que monitorizan las debilidades del enemigo. Unos kilómetros más atrás, dientes de dragón, zanjas antitanque y nuevas trincheras afloran en la segunda línea ucraniana. También se ocultan mejor los cañones.

—¿Ha cambiado la forma de protegerse?

—Sí, nos ocultamos en la maleza y vivimos bajo tierra. La defensa antiaérea rastrea los movimientos enemigos y nos informan de la situación. No salimos para nada.

Los ataques con bombas aéreas de 500 kilos se han multiplicado en 2024. Rusia ha disparado alrededor de 3.500 de estas armas contra posiciones ucranianas, 16 veces más que el año anterior, según Ivan Havryliuk, viceministro de Defensa ucraniano. Y aunque hace mucho que este grupo de soldados dejó el miedo a un lado, no ocurre lo mismo con la precaución.

Hasta que la muerte los separe

Aleksandr agarra el pan con el mismo cuidado y amor que una madre a su recién nacido. Apoyado en un bastón, avanza entre la nieve para volver a casa. Las ventanas de su edificio, como en el resto de viviendas de la avenida, están rotas. Desde la retirada ucraniana de Avdiivka, la vida se ha complicado en la siguiente línea de poblaciones. A cuatro kilómetros de los rusos, 200 personas han decidido quedarse en el queso suizo en el que se ha convertido Ocheretyne.

Aleksandr, en Orochetyne. (Fermín Torrano)

Sin luz, agua, ni conexión a internet, los habitantes sobreviven gracias a dos pequeñas tiendas que dispensan alimentos básicos y la ayuda humanitaria que periódicamente llega al pueblo.

—Tengo familia en Dnipro, pero no me quiero marchar. Es mi carácter—dice Oleksandr levantando el brazo y apretando el bíceps—. Yo me quedo aquí hasta que me echen.

O hasta que nos maten— resopla Ihor, dando un golpe a su compañero.

Los dos vecinos han salido a la calle garrafas de agua, pan y pilas que han traído los voluntarios. Los avisos se hacen por teléfono y por el boca a boca. Aquí todos hablan en ruso, aunque proliferan los símbolos ucranianos en carteras, mecheros y peluches. La rusificación del Donbás no le está saliendo demasiado bien a Putin. Sin embargo, el abastecimiento cada vez es más complicado, la carretera que conecta Ocheretyne con la retaguardia —también con la primera línea— es la única ruta de acceso asfaltada en este sector del frente. Una carrera de 30 kilómetros mirando al cielo por culpa de los drones.

Metralla entre las manos

Dima agarra uno de los proyectiles recién llegados a la posición artillera y lo enseña a cámara. Escrito con rotulador, un mensaje: “Hola, cabrones. Por Sumy y las muertes del pueblo ucraniano. ¡Gloria a Ucrania!“. No muy lejos, unos compañeros juegan con una vaina de munición aún caliente, azotándose el culo. Otros fantasean con el jamón español que comerán al terminar la guerra. “Aquí no puedes prescindir de las bromas y el humor. Solo puedes sobrevivir siendo alegre y dejando las cosas malas a un lado”, confiesa Dima.

Dima agarra uno de los proyectiles recién llegados y lo enseña a cámara. (Fermín Torrano)

Lo dice en una posición rodeada de impactos de mortero que buscaban terminar con sus vidas, pero que no acertaron, y agujeros de bombardeos que hundirían el refugio en el que aguardan las órdenes para disparar.

—¿Y si la siguiente cae justo encima?

Hunter abre los ojos y encoge los hombros. Después se pasa la mano por debajo de la barbilla. “No pensamos en eso”, contesta.

Con el cielo despejado de drones enemigos, nos dan la señal para regresar del frente. Salimos de entre los árboles y la furgoneta vuelve a navegar en el lodo. El vehículo se encalla, sube y baja, mientras avanzamos a campo abierto, alejándonos de las posiciones. Por la ventanilla se ven diferentes proyectiles y una KAB-500 sin detonar.

Una bomba de avión sin detonar en los campos de Donetsk (Fermín Torrano)

¡STOP!

El copiloto ordena frenar en seco, abre la puerta y salta a un enorme agujero. “Toma, para que lo pongas en casa”, dice Eney, con un trozo de metralla entre las manos. De fondo, se escuchan disparos de salida. Los cañones retumban. En el interior de la furgoneta, cuatro militares sonríen. La primavera ha llegado y Ucrania dispara de nuevo.

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