Milei versus el Congreso, con un final muy incierto

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“¿Javier Milei es o se hace?”, se pregunta la política vernácula. El Presidente es una máquina de ganar enemigos. Pero lo hace con la actitud de un jefe de Estado hiper-empoderado, con dominio real sobre la política en general y en especial sobre los otros dos poderes del Estado: el Legislativo y el Judicial. Algo que no es. Tal vez eso sea lo que desconcierta al mundillo que lo ha precedido por años. La verdad es que nada tiene en esos lares más que la supuesta inercia de una parte del electorado que lo entronizó en Balcarce 50 en aquel balotaje, hace de eso tres meses.

Le ha declarado la guerra a un Congreso que, indefectiblemente, necesitará tarde o temprano si pretende hacer algo con cierto halo novedoso como prometió en la campaña electoral.

Milei se para públicamente como si odiara al Congreso nacional, allí donde está representado el pueblo y las provincias. “Es un nido de ratas”, lo calificó recientemente. Olvidando que él fue parte durante dos años del Poder Legislativo y, aunque pocas, tuvo intervenciones notables. Como aquel voto a favor de la derogación de la cuarta categoría de Ganancias que impulsó Sergio Massa cuando era ministro de Economía y su candidato rival en las elecciones presidenciales. Y que ahora, ya en la cima del Ejecutivo, el libertario pretende volver a instaurar, en una inocultable contradicción personal.

Milei estira como un chicle su arma secreta: el supuesto rechazo de una mayoría social a “la casta” (política, sindical, empresaria). El Congreso es la casta. Es verdad que es un ámbito viciado de irregularidades históricas, viscosidades eternas. Pero, lo dicho: la paradoja es que Milei lo necesita y allí está en conmovedora minoría, la mayor para un Presidente al menos desde el regreso de la democracia.

Ejemplo: Martín Menem, el titular de Diputados que responde a la Rosada, acaba de completar la Comisión Bicameral de Trámite Legislativo, que debe analizar la viabilidad del mega DNU presidencial con el que Milei pretendió cambiar media lógica institucional argentina. Obviamente el peronismo va a rechazar todo. ¿Pero el Gobierno no necesita de la llamada oposición dialoguista para procurar un éxito legislativo en ese sentido? El PRO, la UCR, el bloque variopinto Hacemos Coalición Federal, partidos provinciales. Que, según su última concepción, son todos unos “ratas”.

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El caso De Ricardo López Murphy asoma como paradigmático, brutal. De origen radical y en acuerdo filosóficamente con muchas ideas de Milei, el “Bulldog” fue definido por el Presidente como un “traidor a las ideas de la libertad” y una “basura”. Milei incluso dijo que el ex ministro aliancista quería que a él le vaya mal. ¿Chequeó el Presidente cómo votó López Murphy en la fallida Ley de Bases? Porque, en términos conceptuales, siempre estuvo de acuerdo con ella y la acompañó con su voto.

Prácticamente toda la clase política, en especial diputados que el gobierno contaría como aliados, salieron a solidarizarse con López Murphy. Teléfono para el Ejecutivo.

Antes de estos exabruptos, Milei había sugerido que el Congreso demoraba la aprobación de su paquete porque los legisladores eran “coimeros”. O sea: que querían plata para votar a favor. Una generalización enorme, sin precisiones, que manchó a los referentes de todos los partidos: radicales, kirchneristas, amarillos, peronistas no K, etc.

Con episodios sensibles en el pasado sobre el tema (escándalo Banelco y demás) jugar con la honorabilidad de las personas sin pruebas es más una irresponsabilidad que una osadía. Se comió Milei una denuncia penal por eso. Actores legislativos que, con un poco más de tacto, deberían ser contados como aliados por la Casa Rosada, ahora hablan de actitudes macartistas del Presidente.

Es claro que Milei, a esta altura, sobre actúa su condición de “outsider” de la política. A veces parece seguir con la lógica de la campaña electoral, la añoranza de aquel acierto en base a casi nada, sin comprender que desde el 10 de diciembre del año pasado, cuando dijo “Sí, Juro”, empezó a integrar ese sistema cuya defenestración le posibilitó ascender. Es válido querer modificarlo. Pero es un sistema que, por cierto, tiene anticuerpos.

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