La ‘Novena’ de Beethoven cumple 200 años: la historia de un himno a la humanidad sobre el que pesa una extraña superstición

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Ludwig van Beethoven, con sus pelos revueltos y su gesto torcido, es la definición de genio musical. Al menos, la definición para el gran público de lo que es un creador de música a la antigua usanza. Beethoven es junto a Mozart (ambos más famosos que el gran Bach) el músico más popular de la historia de la música antes del jazz y el rock.

Si de popularidad se trata, las tonadas más famosas de Beethoven son dos. Una es muy breve: el golpe de orquesta del inicio de la Quinta sinfonía. La otra, más extensa, es la Oda a la alegría, o sea, esa parte del cuarto movimiento de la Novena sinfonía que se reconoce al instante.

A eso, a que sea tan fácilmente reconocible, ayudó en España la versión pop que hiciera Miguel Ríos junto a Waldo de los Ríos allá por 1969. Y por supuesto, que luego la oda fuera el himno del sueño europeo de unidad. En 1985, el Consejo de Europa, y más tarde la Unión Europea, tomaron como Himno de Europa una versión de esa oda de Beethoven adaptada por Herbert von Karajan.

Viena, 7 de mayo de 1824

Esa obra, no la oda sino la sinfonía completa, cumple dos siglos. Hace 200 años, el 7 de mayo de 1824, se estrenó en Viena la Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, conocida como ‘Coral’. La pieza contiene la musicalización del poema Oda a la alegría, escrito en 1785 por el también alemán Friedrich Schiller (revisado en 1803, con texto adicional escrito por el propio Beethoven).

Hacer felices a otros hombres: no hay nada mejor ni más bello”

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Esos versos que celebran la hermandad de todos los seres humanos por encima de banderas y fronteras son los que inspiraron al compositor y cuyo espíritu supo trasladar a la partitura. O en sus propias palabras: “Hacer felices a otros hombres: no hay nada mejor ni más bello”.

Cómo se quedó sordo Beethoven

  • Ya en 1802, Beethoven se mostraba preocupado por su pérdida de audición. En una carta a sus hermanos, conocida más tarde como Testamento de Heiligenstadt, llega a escribir que incluso piensa en el sucidio. Los médicos que le trataron siempre pensaron que la sordera se debía a problemas intestinales. La fiebre tifoidea murina era endémica en Europa en aquella época. Hay evidencias escritas de que, en el verano de 1796, el compositor tuvo un cuadro infeccioso severo. Hoy se sabe que padeció cirrosis por consumo de alcohol, enfermedad inflamatoria intestinal, síndrome del intestino irritable, diarrea violenta, enfermedad de Whipple, hipocondriasis, envenenamiento de mercurio y, además, depresión crónica.

Y vaya si lo logró. Tras la última nota, tras los 70 minutos que aproximadamente dura su interpretación, sentimos una mezcla de plenitud, alegría y sentimiento de comunidad, de fraternidad. Con el silencio de la orquesta y entre los aplausos dan ganas de celebrar y abrazar a los demás. Fraternidad y bondad. “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”, dijo el compositor.

Beethoven había perdido la cabeza

El estreno fue un acontecimiento, pero hoy lo sería aún más. Muchos críticos y musicólogos consideran que la última sinfonía que estrenó Beethoven es una obra maestra de la música clásica occidental, una de las cumbres de la cultura de todos los tiempos. Prueba de ello es que la Novena es una de las sinfonías más interpretadas del mundo (y eso que además de orquesta necesita de un coro).

Claro que en el momento de su estreno lo que hoy nos parece genialidad y belleza sin límites, grandiosidad arquitectónica musical (“la música es una arquitectura de sonidos”, dijo Beethoven) o idealismo humanista a muchos de sus contemporáneos les pareció simple y llanamente locura. Muchos de quienes presenciaron aquella primera interpretación de la Novena pensaron que el músico de Bonn había perdido algo más el oído; había perdido la cabeza.

Todavía no se han levantado las barreras que le digan al genio: “De aquí no pasarás”

Pero no, para Beethoven en el momento de la creación no debía haber límites. En palabras suyas: “Todavía no se han levantado las barreras que le digan al genio: “De aquí no pasarás”. Y así, la Novena fue el primer ejemplo de un compositor importante que incluyó partes vocales en una sinfonía. El cuarto movimiento, el final, presenta cuatro solistas vocales y un coro que se ocupan de cantar esa Oda a la alegría. Se necesitan 150 intérpretes para interpretar la Novena y ponerlos de acuerdo. Es un esfuerzo descomunal. 

Ese sordo genial

El musicólogo británico, Nicholas Cook, catedrático emérito de Música en la Universidad de Cambridge, explica por qué esta composición es tan grande: “De todas las obras del repertorio principal de la música occidental, la Novena sinfonía es la que más se parece a una construcción de espejos, que refleja y refracta los valores, esperanzas y temores de quienes tratan de entenderla y explicarla… Desde su estreno hasta nuestros días, la Novena sinfonía ha inspirado interpretaciones diametralmente opuestas”.

Y es así que la palabra genial viene casi siempre asociada a Beethoven y a su música. “Escuchadle; el mundo hablará de él”, dijo Mozart de él. O Victor Hugo, que aseguraba que el compositor era un “sordo genial que escuchaba el infinito”.

Sin embargo, tras su estreno en Viena, la sinfonía no tuvo tanto éxito. En los teatros de algunas capitales europeas se rechazó montarla, ya fuera por la presencia de la coral, ya porque consideraban que Beethoven la había compuesto ya sordo, y que eso se notaba para mal. Tanto fue así que en el siglo XIX lo habitual fue “tocar” la Novena despojada de la parte coral, o sea, sólo con tres movimientos. Sí, hoy, cuando esta sinfonía es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, nos parece increíble.

La abuela española de Beethoven

  • Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770. En Bonn, su ciudad natal, le decían “el español”. Tenía algún sentido porque existía conexión entre el músico y nuestro país: su abuela paterna era española. Lo ha contado Andrés Ruiz Tarazona en su libro España en los grandes músicos (Siruela). El musicógrafo recoge los testimonios del historiador David Jacobs y del profesor de música de la Universidad de Harvard, Elliot Forbes. Ambos confirman que María Josefa Pols, abuela paterna de Beethoven, era oriunda del levante español. ¿Qué hacía en Alemania? Lo más seguro es que emigrara con su familia tras la derrota de los seguidores del archiduque Carlos en la guerra de Sucesión española (toda la franja mediterránea española apoyó al rival de Felipe V, quien a la postre ganaría).

¿Hubo décima sinfonía?

Beethoven compuso nueve sinfonías antes de morir el 26 de marzo de 1827, esto es, apenas tres años después de estrenar la Novena. Compuso su Primera sinfonía entre 1799 y 1800, cuando tenía 30 años de edad. Entre las nueve, los musicólogos destacan la Tercera sinfonía, conocida como ‘Heroica’, la Quinta, la Sexta (la ‘Pastoral’) y la Novena. Existe controversia sobre la existencia de una décima sinfonía, en la que estaría trabajando cuando falleció.

Pero si la hubo no queda nada. De modo que el de Bonn compuso nueve sinfonías. Y por eso la maldición de la Novena sinfonía. Es una superstición según la cual cualquier compositor de sinfonías, a partir de Beethoven, moriría poco tiempo después de escribir su novena sinfonía.

La maldición de la novena sinfonía

Beethoven exhibition in Vienna
Beethoven exhibition in Vienna
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“Parece que una novena es un límite. No se sabe qué pasará si se va más allá. Parece como si hubiera algo que no debemos saber y que nos impide una décima… para lo cual no estamos preparados. Los que han escrito la novena ya estaban cerca de la otra vida”, llegó a decir Gustav Mahler. El checo falleció en 1911 sin, efectivamente, llegar a finalizar su décima sinfonía.

Parece como si hubiera algo que no debemos saber y que nos impide una décima… para lo cual no estamos preparados”, dijo Mahler

Hay unos cuantos ejemplos más de compositores que murieron antes de escribir su décima sinfonía. Además de los mencionados, están Franz Schubert, Antonín Dvořák, Anton Bruckner, Ralph Vaughan Williams o Aleksandr Glazunov, entre los más conocidos. Pero como toda superstición, la cosa tiene truco, con errores o simplificaciones. Por ejemplo, Schubert sólo compuso siete sinfonías o Dvořák sólo publicó cinco sinfonías en vida y dispone de nueve publicadas mucho después de su muerte a partir de partituras incompletas.

Dmitri Shostakovich rompió la maldición pues llegó a componer hasta quince sinfonías. En 1953 estrenó su Décima, algo que no pasaba desde que en 1770 lo hiciera Mozart. Cuentan que Shostakovich era supersticioso y que tomó medidas para que no le afectara la supuesta maldición, como componer su satírica y burlesca Novena sinfonía.

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