Lutieres en La Plata: la mágica conexión entre la música, las personas y las cosas

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-“¿Qué tipo de historia podría contarme ese instrumento si pudiera hablar conmigo?”, se pregunta una de las protagonistas de “La última tienda de reparaciones”, el documental que ganó un Oscar hace dos semanas y conmueve al poner la luz sobre un taller que repara instrumentos musicales, sin costo para estudiantes de escuelas públicas de Los Ángeles. Los instrumentos no hablan -por lo menos nuestro lenguaje-, pero a través suyo se comunican quienes los tocan y quienes los hacen o reparan, esos artesanos que saben de música, ebanistería, pintura, mecánica y electrónica.

No hay un registro oficial de lutieres (o luthiers) en La Plata, pero los que caminan por ese territorio calculan que son aproximadamente 15, entre los que construyen, restauran, reparan y ajustan instrumentos de cuerda frotada y pulsada, pianos, viento y percusión.

Francisco Rivas (34) nació en Bahía Blanca. Desembarcó en La Plata con la idea de estudiar música, pero la curiosidad lo llevó a fabricar un pedal y un amplificador, y terminó haciendo una guitarra eléctrica, hace ya unos 14 años. Montó su taller en una habitación de un PH en la zona de parque San Martín, donde vive, fabrica entre tres y cuatro instrumentos al año (bajos y guitarras) y también repara.

Reconoce que siempre estuvo “en contacto con el sonido”, aunque “no hace falta ser un buen músico para ser lutier. Sí tocar un poco para probar el instrumento”, o por lo menos investigarlo.

Hablar de precios en este mercado es complejo, pero Rivas detalla que fabricar una guitarra o un bajo demanda, sólo de mano de obra, 400 dólares. Los costos de los materiales dependerán de su calidad y su origen. Si bien tradicionalmente se usaron maderas del exterior, “ahora se están imponiendo algunas locales, como lenga o guatambú, con excelentes resultados”, aporta Francisco. En las guitarras eléctricas y bajos se juegan otras cuestiones, porque “el amplificador, los parlantes y el pedal condicionan mucho para que suenen bien”.

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“Hay pequeñas cosas que pueden hacer rendir mejor a cualquier instrumento”

Rivas tiene a muchos músicos entre sus clientes, pero también a padres que caen con sus hijos y sus guitarras llenas de stickers o a personas que quieren restaurar un instrumento que no vale mucho si de dinero hablamos, pero un montón para quien quiere que suene de nuevo. “Es como encargar un tatuaje”, compara.

“FENDER NO TOCABA LA GUITARRA”

Hace siete años Sebastián Pardo (43) no imaginaba que su apellido estaría en las guitarras de Julián Kanevsky o de RedOne, entre muchos otros artistas. Por entonces trabajaba como administrativo en un juzgado de Faltas de la Ciudad y era músico, pero un día quiso saber cómo se construían esos instrumentos que tocaba, en 2017 hizo un curso y terminó fabricando guitarras y bajos eléctricos que actualmente se venden en todo el mundo. Renunció a su trabajo cuando entendió que “iban a pasar cosas interesantes si le dedicaba más tiempo” a la lutería. Y no se equivocó.

“Así encontré el oficio”, resume; “no era tocando un instrumento, era haciéndolos”. Pardo tiene a casi toda su familia radicada en España, lo que facilita el nexo con clientes del exterior.

“Me comentan qué guitarra quieren y la vamos construyendo. Se usan mucho las maderas que utilizan los norteamericanos, como maple o rosewood, aunque ofrezco alternativas nacionales buenísimas”. Es que, aclara, “todas las maderas son distintas, incluso siendo de la misma especie”. La clave parece estar en la combinación de ese material con los micrófonos y el armado del sonido: “Cuando saben qué buscan es más fácil. Si no, me dicen qué música tocan, hablo con mi proveedor de micrófonos y él me construye el audio”, explica Pardo. Todo ese proceso demanda unos dos meses y medio de trabajo y, por lo menos, 1.400 dólares.

“Cada guitarra es única; lleva grabado el nombre del dueño y está hecha con el amor que se merece”

En el oficio de ser lutier, considera Sebastián, “ser músico ayuda, pero Leo Fender era ingeniero, no tocaba l a guitarra e hizo las mejores”.

“MUCHO TIEMPO Y HACER LAS COSAS BIEN”

Sergio Rafaelli (57) vive en Villa Elisa, donde residen muchos de los músicos que llevan a su taller sus instrumentos y también los de sus hijos, que estudian con otros profes de la zona. Internet ayuda a sostener y alimentar esa red, algo que no pasaba en la década del ‘90, cuando Sergio se propuso hacer una guitarra eléctrica y no sabía ni por dónde empezar a buscar información. La base estaba: “Escuela técnica, conocimientos de mecánica y carpintería por mi familia y tocaba la guitarra desde chico”, enumera. Reunió información de revistas extranjeras sobre maderas o fichas técnicas, pidió guitarras a sus amigos y en casas de música para tomar medidas, se vinculó con lutiers, juntó coraje y se largó a reparar. “Arreglando se aprende mucho”, confirma.

Fanático del jazz, Rafaelli construye, restaura, repara y pone a punto guitarras archtop, de fondo y tapa tallados. “Compramos material en carpinterías o a importadores de maderas preciosas”, explica, pero también “la recuperamos de árboles que encontramos tirados, de muebles viejos o de restos de construcción”. La clave, insiste, está en encontrar la pieza adecuada a la función que se requiere y “hacer las cosas bien”, lo cual “lleva mucho tiempo y dedicación”. Sus guitarras valen entre 2.000 y 2.500 dólares y demandan entre 5 meses y un año de trabajo.

“Aunque quisiera hacerlos iguales, dos instrumentos míos no se parecen. Eso es lo artesanal”. Rafaelli también da clases de lutería en su taller, donde fabricó muchas de las herramientas y máquinas que usa: “Las posibilidades de este tercer mundo”, cierra.

DE LA PLATA A CREMONA

No tocaba el violín, pero a los 15 años Rafael Ramacciotti (53) se fabricó uno con madera terciada que encontró en el galpón de su tío. “Soñaba con ser lutier, pero no tenía a nadie que me enseñara”, cuenta. Retomó la idea varios años después, cuando fue a un taller del conocido lutier platense Julio Giorgio y aprendió a fabricar violines, aunque opinaba que “le faltaban la terminación de los que venían de Europa”. En 1997 se fue a estudiar a la escuela de Cremona, en Italia, una suerte de colegio industrial público de instrumentos de arco. Vivió y trabajó allí hasta 2002 y, en 2005, tras un paso por Francia, volvió a La Plata para radicarse aquí definitivamente.

Hoy restaura y construye violines, violas y violonchelos en su taller del barrio San Carlos, por donde desfilan concertistas del teatro Colón y el Argentino, junto con alumnos de la escuela de Berisso.

“Un buen violín requiere de muchas cosas”, reconoce, “una madera bien estacionada para que resuene mejor; barnices que se hacen con resinas naturales, cuerdas austríacas y arcos que se hacen con cerdas de Siberia, Mongolia y también de la Patagonia”. La madera, insiste, es clave y los cortes que se le hacen también, para que tengan más resistencia. “Casi todas vienen de Europa: arce, de la zona de los Balcanes, y abeto, de los Alpes”, aunque estas maderas se pueden encontrar también en la zona del lago Puelo. La hechura de un violín requiere de unas 350 horas de trabajo y costos que dependen de los materiales, aunque rondan los 4.500 dólares.

Ramacciotti considera que un buen lutier “tiene que tener oído y algo de técnica para tocar, porque el 90% de los ajustes se hacen en el taller”. Dicho de otro modo, el músico debería poder llevarse el instrumento, entrar en un estudio, subirse a un escenario y ejecutarlo sabiendo que sonará bien.

Mauricio Mentasti (54) es un bajista y percusionista que se volvió lutier hace dos décadas, fabricando o retocando sus propios instrumentos para que sonaran mejor. Entre otras cosas, se hizo un contrabajo eléctrico. Su metier son los instrumentos de percusión, cuerda, bandoneones, acordeones, metalofones y electrónica.

Está convencido de que la creatividad se potencia en un taller y que la búsqueda, combinada con el trabajo, terminan de hacer la magia: “En las demoliciones de casas de la fundación de La Plata se puede encontrar cedro reseco, bien estacionado, con el que he hecho instrumentos hermosos. Con el tiempo la madera se cristaliza y tiene una sonoridad más rica”, explica, hablando de ese material que alguien descarta y otros vuelven a la vida, para hacerla un poquito mejor con la música. “Trabajando en un taller de lutería nada te parece raro”, reconoce, pero recuerda aquella guitarra que le trajo para restaurar el mago René Hernando: “Era de un guitarrista de Gardel, que la había dejado en un hotel para pagar la estadía. Se desgranaba la madera del diapasón, pero quería dejarla lo más original posible”.

Mauricio trabaja como asesor en el primer cultivo legal de cannabis con fines medicinales de Argentina, en el distrito bonaerense de General La Madrid.

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