Los líderes de la UE buscan llevar la Europa de la Defensa de la teoría a la práctica

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La Europa de la defensa, una mera idea, uno de esos escenarios dibujados en el aire que tanto gustan en Bruselas y que en muchos casos acaban abandonados en un cajón de un despacho oscuro u olvidados en algún documento de reflexión de un think tank del que nunca conseguirán salir, está tomando forma. No es la que se esperaba cuando se planteaba como una hipótesis, pero está empezando a delimitarse. Los jefes de Estado y de Gobierno han discutido sobre ello este jueves y viernes en un Consejo Europeo en el que no se tomaron grandes decisiones en la cuestión de la seguridad y la defensa, pero en la que sí se lanzaron debates y discusiones que van a marcar buena parte de los próximos años.

Por ahora la Europa de la defensa era barrio, una mezcla informe de intereses cruzados y tradiciones no siempre compatibles, pero unidos por las circunstancias actuales, por la amenaza de Rusia, por un mundo cada vez más complejo y por la falta de confianza en Estados Unidos como socio fiable. Este debate no llega de la nada: ya hay tierra, como es la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión Europea (CSDP), y ya hay agua, como son las nuevas condiciones geopolíticas. Ahora los líderes intentan ser Prometeo y dar vida al barro.

Los Veintisiete hablaban esta semana sobre distintos ámbitos conectados a esa idea poco definida de la “Europa de la defensa”. Por un lado, estaba el apoyo a Ucrania, algo que va mucho más allá de lo teórico: va sobre si la Unión es capaz de sostener el esfuerzo bélico de un socio frente a un rival sistémico y estratégico como es Rusia. Si es capaz de encontrar el dinero y de hacerlo llegar a Kiev. De ahí la importancia del paquete de 50.000 millones de euros aprobado en febrero por los líderes europeos y la discusión que se ha producido esta semana sobre cómo encauzar los beneficios de los activos congelados al Kremlin como parte de las sanciones para financiar el envío de armamento a Ucrania.

En segundo lugar, está la cuestión de la industria de la defensa pura y dura, aquí y ahora. Como explican distintas fuentes, el debate de Ucrania no es teórico: Kiev no necesita una conversación sesuda sobre el futuro de Europa, necesitan armas y necesitan apoyo urgente. Necesitan, por ejemplo, munición. La Comisión Europea está intentando pisar el acelerador para cumplir con el objetivo de estar produciendo 2 millones de rondas de proyectiles a finales de 2025, y recientemente ha anunciado los proyectos que obtendrán 500 millones de euros para aumentar su producción.

El objetivo es engrasar la industria de la defensa y darle predictibilidad, una aspiración compartida también por la OTAN. Y para eso hace falta dinero público y contratos a largo plazo durante varios años. De fondo está la idea de que la industria ha estado parada durante décadas y la amenaza de Rusia demuestra que debe estar carburando si se quiere adaptar la producción y poder hacer frente a picos de demanda. Hay muchísimas cosas que aprender sobre cuellos de botella, sobre problemas de producción, sobre la capacidad de canalizar fondos y de utilizar mejor el dinero europeo en compras conjuntas.

Y la tercera pata de esta discusión es la cuestión de la forma en la que se puede dar esa financiación a la industria de la defensa. Esta es la más difícil y delicada de las patas del debate, porque tiene enormes implicaciones y porque es muy compleja de estructurar. Por lo pronto, los líderes europeos han pedido revisar la política del Banco Europeo de Inversiones (BEI), presidido por la española Nadia Calviño, para que modifique y flexibilice la financiación de las llamadas “tecnologías de uso dual”, es decir, aquellas que tienen uso civil y también militar. Sin embargo, por el momento la política del banco exige que la mayoría de los ingresos provengan del ámbito civil y no del militar, y el objetivo ahora es flexibilizar este requisito.

La discusión va mucho más allá del BEI. Desde hace meses Emmanuel Macron, presidente francés, ha puesto sobre la mesa la idea de que si se pide un esfuerzo europeo para poner la industria militar al día también se debe acompañar de una financiación europea: en otras palabras, el Elíseo impulsa la emisión de deuda conjunta, los conocidos como “eurobonos”, utilizados durante la pandemia para la creación del Fondo de Recuperación. Por el momento, Alemania, Países Bajos y Suecia se cierran en banda. En la Comisión Europea son favorables a la idea, pero creen que empezar la discusión por la financiación es comenzar la casa por el tejado: que debe primero pensarse qué se quiere hacer y cómo, y luego, con argumentos sólidos y con un plan estructurado, convencer a los socios de la necesidad de hacer un esfuerzo conjunto y reeditar la emisión masiva de bonos europeos, que en su momento se conoció como el “salto hamiltoniano” de la Unión Europea.

Por lo pronto las delegaciones alemana, holandesa y sueca han conseguido eliminar de las conclusiones del Consejo Europeo de esta semana la idea de buscar maneras “innovadoras” de financiar la industria, aunque en el texto final sí que se recoge que se deberán “explorar todas las opciones para movilizar fondos e informar antes de junio”, lo que también deja la puerta abierta a volver sobre el punto de los eurobonos. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, también ha hecho hincapié en la idea en su rueda de prensa en Bruselas, subrayando que si se considera la defensa como “un bien público europeo” entonces la financiación no puede venir únicamente del “presupuesto nacional”.

Así, el socialista ha explicado que se debe “valorar en un futuro una mutualización de la deuda para financiar lo que es un bien público europeo, que es la seguridad de todos los europeos”, un respaldo a la idea de los eurobonos. Pero es un debate peliagudo y complejo, porque como el propio Sánchez admitía en su rueda de prensa, la financiación de ese bien público europeo hay que financiarlo “no solamente con presupuestos nacionales, también con presupuestos europeos”. Y ahí el alambre por el que caminan España y otros Estados miembros es muy, muy delgado.

La Comisión Europea y sus servicios jurídicos estudian al detalle el artículo 41.2 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y del 42.2, también referente a la política de seguridad común, con el objetivo de estudiar la posibilidad de invertir directamente en materia militar desde el Marco Financiero Plurianual (MFP), el presupuesto común de la Unión Europea. Esa idea es peligrosa para los países como España que todavía quedan más o menos bien parados en el MFP, y que temen que otros socios puedan buscar canalizar la inversión en defensa a través del MFP como una manera de “modernizarlo”, una exigencia que Estados miembros como Países Bajos llevan mucho tiempo solicitando.

Todo esto se mezcla con una narrativa cada vez más alarmante, con líderes como Kaja Kallas, primera ministra de Estonia, que habla abiertamente del riesgo de una Tercera Guerra Mundial u otros líderes que apuntan a la necesidad de pasar a una especie de “Economía de Guerra”. Nada de esto suena demasiado bien a países como España o Italia, con otros intereses estratégicos y con otras aspiraciones y preocupaciones. Saben que hay que avanzar en defensa, pero también se sospecha en Madrid, Roma y otras capitales que estas narrativas forman parte de la tendencia por la que la Unión Europea se está “orientalizando”, llevando su eje de gravitación cada vez más hacia el este y adoptando con más naturalidad las visiones antes minoritarias de países como Polonia o los socios bálticos. Una demostración de que esa decantación hacia el este no es una imaginación de los miembros occidentales es el hecho de que por primera vez en mucho tiempo esos mismos países del Báltico hablan sin demasiado pudor de la Europa de la defensa, cuando hasta hace poco cuando tocaba hablar de defensa solamente sabían pronunciar una palabra: OTAN.

La Europa de la defensa, una mera idea, uno de esos escenarios dibujados en el aire que tanto gustan en Bruselas y que en muchos casos acaban abandonados en un cajón de un despacho oscuro u olvidados en algún documento de reflexión de un think tank del que nunca conseguirán salir, está tomando forma. No es la que se esperaba cuando se planteaba como una hipótesis, pero está empezando a delimitarse. Los jefes de Estado y de Gobierno han discutido sobre ello este jueves y viernes en un Consejo Europeo en el que no se tomaron grandes decisiones en la cuestión de la seguridad y la defensa, pero en la que sí se lanzaron debates y discusiones que van a marcar buena parte de los próximos años.

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