¿Desnazificar o desrusificar? La jugada de Putin se vuelve contra Rusia

38

Los cañones ucranianos rugen y Oleksandr pide fuego. A sus 72 años, lleva dos viendo caer las casas de sus vecinos una detrás de otra, como en el juego del quién es quién, pero sin preguntas y con mucha sangre. Pum, pum pum. Aun así, está contento: hoy tiene tabaco y 20 litros de agua que le ha traído un grupo de voluntarios. Los pájaros levantan el vuelo por el estruendo de la artillería. Oleksandr mira al cielo.

—¿Sabes qué es la Rus de Kiev? Ahí empezó todo: Lituania, Bielorrusia, Ucrania… No sé a dónde pretenden llegar los rusos, pero esto es el Donbás. Es nuestra tierra.

—Yo solo he venido a por agua –interrumpe Viktor, cortando la explicación histórica de su vecino.

Ellos son dos de los escasos civiles que permanecen en Katerinivka. El resto se marchó o acabó bajo los escombros. El asentamiento y sus alrededores forman una cuña de terreno que todavía sostiene Ucrania al sur de la región de Donetsk, entre la arrasada Marinka, y la asediada Vuhledar. En esta dirección empuja Moscú desde la retirada de Kiev, en marzo de 2022, tratando de conquistar todo el Donbás. El resultado: unas decenas de kilómetros capturados y un cementerio de chatarra rusa. Los blindados destruidos se cuentan por miles.

Una de las pocas civiles que permanecen todavía en los pequeños villorrios del Donbás, algunos a apenas un puñado de kilómetros del frente (F. T.)

Brooklyn Tech Support

En los dos últimos años, las tropas de la Z apenas han ondeado la bandera en Bajmut y Avdiivka. En la última sobrevivieron unos cientos de personas bajo tierra. Sin luz ni agua, y con la mayoría de edificios destruidos, el Kremlin les premia permitiendo su participación en las elecciones rusas de este fin de semana.

“Los residentes de la liberada Avdiivka recibirán el derecho a votar“, anunció a la carrera Vladimir Vysotskyy, presidente de la comisión electoral de la República Popular de Donetsk, tras la retirada de las tropas ucranianas a la siguiente línea de defensa.

Morir a manos de tu país

Natasha niega con la cabeza y suspira. “Jesús tenía 12 apóstoles y hubo un Judas. No sé cuántos serían en Avdiivka, pero no eran mayoría. Mucha gente tenía miedo a hablar, las consecuencias eran inmediatas”, asegura. Ella nació en Volgogrado, al sur de Rusia, y se mudó a Ucrania en su juventud para estudiar. Jubilada ahora, vive entre el recelo de sus familiares y la culpa. En 2021 trasladó a su madre a Avdiivka para cuidarla. Un bombardeo ruso terminó con su vida, en la tercera semana de invasión.

“Cuando me dijeron que la guerra iba a empezar, me negué a creerlo. Rusia no podía hacernos algo así“, confiesa Natasha en la cocina de su nueva casa, en Pokrovsk. “He roto relaciones con familiares y amigos. ¡No querían escuchar lo que nos hacen! Me decían que era falso, que no les mintiera…”.

Uno de los voluntarios que reparte agua y comida a los pocos civiles que quedan en los pueblos más cercanos al frente (F. T.)

La pensión conjunta de Natasha y su marido Ihor no alcanza los 300 euros. El alquiler de su nueva vivienda asciende a 125. La falta de recursos es la principal razón para no abandonar los pueblos que Rusia asedia. El arraigo a la tierra, el concepto de la propiedad en una tercera edad criada en la URSS, o la falta de alternativas gubernamentales son otros de los argumentos que se escuchan en el frente.

Rusoparlantes, los condenados por Putin

Nina levanta los brazos y abre los ojos. Quiere explicar cómo fue la explosión que arruinó su casa en Marinka. Ahora vive a ocho kilómetros de la primera línea, en una vivienda de madera con una bombilla. “Ucrania, Rusia… no pienso en esas cosas“, suspira. “Solo quiero vivir en paz“.

Putin justificó la invasión de Ucrania para defender a la comunidad rusófona del gobierno neo-nazi de Kiev. “No se puede mirar lo que está pasando allí sin compasión. Era simplemente imposible soportarlo. Era necesario detener de inmediato esta pesadilla: el genocidio contra los millones de personas que viven allí, que solo confían en Rusia, que fían sus esperanzas en nosotros“, dijo en el discurso del 24 de febrero que dio comienzo a la “operación militar especial”.

Después llegaron los muertos, la persecución y las bombas. Localidades reducidas a los cimientos. De los 10.582 civiles asesinados que ha documentado Naciones Unidas, más de la mitad fueron en el Donbás. Aunque se estima que los números sean significativamente más altos. La falta de acceso a los territorios ocupados por Rusia impide la obtención de pruebas. Sólo en Mariúpol, estimaciones del gobierno de Kiev hablan de 25.000 civiles muertos.

Los datos de la Kyiv School of Economics (KSE) reflejan una imagen similar respecto a la destrucción de colegios, hospitales, edificios y vías de tren. El Donbás y Járkiv son las regiones más afectadas en todos los indicadores. Poblaciones rusófonas —también más rusófilas— que sufren más que nadie la desnazificación” de Putin. Pero no hay desencadenante más efectivo para cambiar de opinión que una lluvia de misiles.

Si en 2017 el 52% de los habitantes del este de Ucrania creían que Ucrania y Rusia eran naciones amigas, el año pasado la cifra bajó al 10%, según una última encuesta del Razumkov Centre. Un cambio similar se ha producido en el sur, donde también predomina el ruso. La aceptación allí desciende del 45 al 3%.

Las tres patas de la propaganda

Economía, idioma y religión. Esos eran los tres pilares principales sobre los que Rusia basaba su diferenciación entre el Donbás y el resto de Ucrania. En 2014 y los años posteriores cayó el ideal de prosperidad. Vecinos y familiares que se quedaron en los territorios ocupados han sido el principal espejo para muchos nostálgicos del bienestar soviético. En las autoproclamadas repúblicas populares se vive peor que en el Donbás controlado por Ucrania. Y estas regiones ni siquiera obtuvieron el estatus económico que sí recibió Crimea tras la anexión.

El proceso más acelerado quizás sea el del rechazo al idioma. Desde que el Instituto Internacional de Sociología de Kiev empezó a peguntar, el porcentaje de población que quiere que el ruso sea segunda lengua oficial ha caído en picado. Pasando del 40% en 1997 a apenas un 3% en la actualidad. El viraje se aceleró tras el Maidán y hoy en día el este y sur del país también son mayoría los que quieren que se elimine el ruso de las comunicaciones públicas.

Viktor se fuma un cigarro en Katerinivka, a unos 8 kilómetros del frente dibujado por las tropas rusas (F. T)

“Hay que ser prudente y comprender que el desarrollo de la lengua ucraniana y su difusión en los territorios rusófonos es gradual. La mayoría de la población acepta la difusión progresiva del ucraniano. Sin embargo, algunos personajes públicos recurren a declaraciones destructivas perjudiciales que se basan en la estigmatización y la imagen de los rusoparlantes”, explica Anton Grushetsky, subdirector KIIS. Esto destruye la armonía y el consenso social“.

Natasha piensa lo mismo sobre la religión. La politización alrededor de la iglesia Ortodoxa hace levantar las cejas a muchos. El patriarcado de Kiev se separó de Moscú en 2018 y la brecha clerical alcanzó a los fieles. “Les molesta nuestra fe, es innegable”, protesta Natasha. “Somos víctimas de Rusia y no debería importar a qué iglesia vayamos los domingos”. Porque es más fácil cambiar de bandera que de confesión. Quizás por eso siempre habrá prorrusos.

Matar al gobernador

El vía crucis de Vitaliy Barabash comenzó con una llamada de teléfono y seis disparos de artillería. A 160 kilómetros por hora, los cristales saltaron por los aires. Uno de los proyectiles impactó en la parte delantera del coche, a cuatro metros de distancia. Otro, apenas cinco por detrás. La munición de los cañones llenó el asfalto de agujeros.

Un vecino había espiado sus movimientos y compartió la posición a los rusos. Fue una tarde de junio, de 2022. El ejército ruso intentó matar al jefe de la Administración militar de Avdiivka, pero, la fortuna y la falta de puntería indultaron a Barabash.

Andrii Kiselyov no tuvo tanta suerte. Comandante de batallón de la 24 brigada de Ucrania, murió hace unas semanas en un bombardeo aéreo preciso a la casa que usaban sus tropas en primera línea. Su experiencia y cautela no le salvaron.

“Algún vecino reveló la posición, o puede que un dron detectara un movimiento extraño, pero es raro. Andrii tomaba muchas medidas de seguridad. Prohibía salir del puesto de mando y aparcar en las inmediaciones”, explica uno de sus camaradas.

—¿Tienes miedo de que te ocurra lo mismo?

—Muchas veces lo pienso de camino a casa. Sé que hay personas que me ven como el enemigo cuando voy de uniforme, pero intento no darle muchas vueltas. Me volvería loco.

Unos días antes, Halina, de 68 años, cruzaba a pie el puente destruido de Kupiansk, en la región de Járkiv. Con lágrimas en los ojos y un pañuelo de papel roto por el uso, gritaba al cielo: “No me queda ni una amiga en la ciudad. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué más necesitan destruir? No van a dejar ni una piedra“. Y a este paso, entre descreídos, desplazados y muertos, ni un prorruso.

Leave A Reply

Your email address will not be published.