Las extrañas elecciones primarias de Joe Biden

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Las portadas sobre los triunfos de Donald Trump en las elecciones primarias y la casi imposible gesta de Nikki Haley para quitarle la nominación han tapado la historia del otro bando: la historia de las primarias demócratas. Una historia amordazada por un partido cuyo principal temor es biológico. El hecho de que, si Joe Biden es reelegido presidente, acabaría su segundo mandato con 86 años. Lo cual no les acaba de cuadrar a tres de cada cuatro estadounidenses. Incluido el 69% de los demócratas.

La noche del 23 de enero en New Hampshire tuvo, técnicamente, dos ganadores: Donald Trump y Joe Biden. Aunque el nombre del presidente demócrata no figuraba en la papeleta, sus seguidores lo escribieron a mano para salvar, aunque fuera simbólicamente, su reputación. Y evitar una victoria del único demócrata que rompió el tabú de la edad y desafió a Biden en las primarias: el representante de Minnesota, Dean Phillips, cuya epopeya es todavía más quijotesca que la de Nikki Haley.

La razón por la que el nombre de Biden no estaba en la papeleta es que el Partido Demócrata había dictaminado que, desde este año, será Carolina del Sur la que inaugure el proceso de primarias. Los demócratas dicen que este estado, a diferencia de los rurales y blancos Iowa y New Hampshire, representa mejor la diversidad étnica del país, pero la verdadera razón es que se trata de un pago político: fueron los demócratas de Carolina del Sur quienes salvaron el pellejo de Biden en 2020, movilizando unos apoyos que compensaron la debacle de Iowa y New Hampshire.

¿Y por qué se votó, entonces, en New Hampshire? Porque las leyes del estado dicen que allí se tiene que votar primero. Y eso hicieron. Joe Biden no participó oficialmente porque se habían cambiado los estatutos, pero, aun así, una derrota hubiera quedado fea. Por eso se escribió su nombre a mano y ganó las elecciones.

Más allá de estos tejemanejes políticos, lo cierto es que Biden ganó también la noche de New Hampshire porque a su campaña le conviene que Donald Trump sea el nominado republicano. El equipo de Biden está convencido de que, si se pudo ganar a Trump en 2020, no hay razón para que en 2024 el resultado sea distinto.

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Sin embargo, para que vuelva a funcionar esta fórmula, los demócratas tienen que guardar un delicado equilibrio. Por un lado, saben que Donald Trump se nutre de la atención político-mediática. Cuanto más lo acusan los progresistas, más brilla su aura de campeón popular contra las élites costeras. Por otro, el gran movilizador de los votantes demócratas, la persona que realmente los saca a la calle el día de las elecciones, no es Joe Biden. Es Trump. Por eso, los demócratas quieren colocar el peligro que supone Trump en el centro de sus mitines y anuncios de campaña.

El gran movilizador de los votantes demócratas, la persona que realmente los saca a la calle el día de las elecciones, no es Joe Biden. Es Trump

Las últimas citas electorales sugieren que esta podría ser la estrategia correcta. En las elecciones de medio mandato de 2022, los demócratas rindieron mejor de lo previsto: perdieron apenas 10 escaños de la Cámara de Representantes y ganaron uno en el Senado, lo cual reforzó ligeramente su mayoría. Unos resultados positivos, si tenemos en cuenta que, de las últimas 19 elecciones de medio mandato, en 13 de ellas el partido en el poder perdió el control de ambas cámaras. Es interesante destacar, volviendo a Trump, que buena parte de los fracasos republicanos se dieron en posiciones a las que aspiraban candidatos trumpistas. Un hecho en el que se apoyaron Ron DeSantis y Nikki Haley para lanzar sus respectivos desafíos a Trump.

Las primarias republicanas de New Hampshire, pese a que prácticamente coronaron a Donald Trump, tienen también datos que gustan a los demócratas. El 60% de los votantes independientes respaldó a Haley; el 38%, a Trump. Mientras, el 74% de los republicanos votó a Trump y el 25% a Haley. En otras palabras, si sumamos las diferencias, el hueco es de 71 puntos. Hasta ahora, el récord entre dos candidatos republicanos era de 40 puntos. El tirón de Trump entre los independientes está en mínimos, y son los independientes quienes, muchas veces, inclinan la balanza.

Biden también cuenta con la inercia de la presidencia, que suele reelegir a quienes la ostentan, y con 52 años de experiencia política nacional. Más de medio siglo en primera línea que se refleja, por ejemplo, en la serie de leyes sociales y medioambientales que su Administración ha logrado sacar adelante y que probablemente se le hubieran resistido a Barack Obama; o en el hecho de que, en estos tres años, el gabinete de Biden solo ha perdido un ministro. En la Casa Blanca no había un Gobierno tan estable desde la época de Ronald Reagan.

Sobre el papel, por tanto, la estrategia demócrata es razonablemente segura. Pero a veces el papel queda mojado o hecho trizas por las cosas que suceden en la realidad. Donald Trump es un superviviente. Un superviviente de literalmente miles de litigios, varias bancarrotas, divorcios y una lista de polémicas que no cabrían en una colección enciclopédica. En 2016 se le dio por muerto y ahí está; en 2021, cuando azuzó una intentona golpista en el Capitolio, se le dio por re-muerto y, una vez más, volvió a resucitar. Ningún presidente de la historia de EEUU ha afrontado dos procesos de impeachment y, menos aún, presentándose luego a unas primarias, colocándose a tiro de piedra de la nominación y a tiro de mortero de la Casa Blanca.

Aunque las encuestas presidenciales en EEUU suelen ser engañosas, ya que los votos que realmente cuentan se dan en un puñado de condados de cinco estados, las estimaciones nacionales no son favorables a Biden. Un sondeo de Ipsos y la agencia Reuters coloca a Trump seis puntos por delante de Biden a nivel nacional. En una encuesta del pasado noviembre publicada por The New York Times y Siena College, el republicano estaba por delante de Biden en Michigan, Pensilvania, Nevada y Arizona. Los estados que lo pueden hundir.

Después, hay muchos otros factores que pueden mover un poco los barcos de ambas campañas. La política exterior es uno de ellos. Donald Trump no tiene dificultades en señalar que, con Biden en la Casa Blanca, estallaron las guerras en Ucrania y en Oriente Próximo, que podrían costar al demócrata una porción sustancial de votos entre la juventud. Biden, por otro lado, ve cómo la economía se mantiene en buena forma: la inflación parece bajo control, la temida recesión no da signos de aparecer y la confianza del consumidor está en niveles saludables.

La regla no escrita dice que las predicciones no valen hasta que lleguemos a la recta final de la campaña. Simplemente, pueden pasar muchas cosas. Sobre todo en los meses contenciosos de septiembre y octubre, donde suelen aparecer en la prensa, como por arte de magia, los cadáveres en el armario del candidato rival. En el caso que nos ocupa, la gran amenaza para Biden es la percepción de su edad. Una encuesta de The Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research decía que el 77% de los estadounidenses no cree que Biden pueda ser “eficaz cuatro años más”. Son números muy clamorosos y que se dan en absolutamente todos los segmentos demográficos: jóvenes, mayores, hombres, mujeres, progresistas, conservadores. Quizás esa percepción les depare a los demócratas una desagradable sorpresa.

Quizá la percepción de que Biden es demasiado mayor para un segundo mandato les depare a los demócratas una desagradable sorpresa

En la bancada de Trump, el peligro, además del hecho de que algunos republicanos moderados no se hayan olvidado del asalto al Capitolio de 2021, son los cuatro juicios que tiene pendientes y que darán comienzo, escalonadamente, entre marzo y agosto. Cuatro procesos que nos adentrarán, he aquí otro cliché, en “territorio desconocido”, ya que la eventualidad de que Trump sea condenado a pena de prisión es algo que no tiene precedentes y que todavía es motivo de debate jurídico.

Sobrevolando en círculos la campaña de Biden, en caso de que suceda algo, han estado figuras presidenciables como los gobernadores Gavin Newsom, de California, o Gretchen Whitmer, de Michigan. Las apariciones de Newsom sonaban a campaña nacional e incluso debatió a un aspirante presidencial del Partido Republicano. Pero los paladines demócratas habrían optado finalmente por la disciplina de partido.

Así es como Estados Unidos afronta otras elecciones presidenciales con dos candidatos ancianos y desgastados por la polarización. Un cóctel político de complicaciones que todavía no ha comenzado a ser agitado.

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