El regreso a los ‘kibutz’ arrasados de los que escaparon de Hamás: “No siento que sea mi casa”

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La carretera que lleva al kibutz de Nir Oz avanza casi en paralelo a menos de dos kilómetros de la franja de Gaza. Desde esa distancia se aprecia una boina de humo constante sobre el territorio palestino. Se hace presente el ruido de bombardeos, si acaso interrumpido con las sirenas israelíes que avisan del impacto inminente de un misil de Hamás. Nir Oz fue algo así como el kilómetro cero de la masacre terrorista del 7 de octubre porque mataron o secuestraron a 100 de sus 400 vecinos. Algunos de sus supervivientes comienzan ahora a regresar a casas, de momento una minoría. Es el caso de Guil, residente y jefe de mantenimiento del kibutz. Ha vuelto por primera vez al lugar del crimen del que logró escapar por un capricho del destino: “No siento que sea mi hogar”.

“Es la primera vez que vuelvo después de 67 días, venimos a coger cosas y ver cómo está la casa. Solo había venido mi hermano hasta ahora. Ahora mismo no tengo ni idea de si volveré a vivir aquí”. Llegó con 20 años desde Tel Aviv porque su mujer sí nació allí. Durante cuatro décadas ha sido su hogar y el de sus tres hijos. Son el matrimonio más joven de la primera línea de casas del kibutz donde abundan los ancianos, los pioneros que llegaron hace décadas cuando todo eso era un desierto. Estas personas de entre setenta y ochenta años también fueron los primeros en recibir los disparos de los terroristas. Muchos de ellos habían recibido a algunos familiares, que aprovechaban las fiestas de vacaciones del país para reunirse.

“Nos fuimos de la cama hacia el refugio —narra Guil— y dejamos el teléfono en el cuarto, tampoco tenemos reloj porque usamos el teléfono. No teníamos referencia horaria. Sabemos que entre las 8:30 y las 9:00 empezaron a quemar la casa. Ellos dispararon a la puerta del refugio y el mecanismo de la cerradura se atrancó y por eso nos salvamos”. Esta casualidad es importante. Los refugios en esas casas están pensados para resistir el impacto de un misil, pero no para un asalto de personas en la casa. Las puertas de esas salas acorazadas tienen pomo para abrir por dentro y por fuera. Muchas víctimas fueron asesinadas porque no lograron resistir la fuerza y la insistencia de los islamistas al abrir.

El Gobierno de Israel guarda con celo un vídeo de casi 46 minutos con imágenes inéditas de la matanza. Dos periodistas de El Confidencial han sido testigos de ese contenido en sendos pases privados organizados por el Ejército hebreo en Madrid y esta semana en Tel Aviv. Solo se puede acceder a la sala sin móvil para que nadie grabe lo que se ve. Son tres cuartos de hora de extrema dureza que incluyen decapitaciones, asesinatos y cadáveres. Arranca con dos niños presenciando la muerte de su padre. Termina con los secuestrados linchados y vejados en las calles de Gaza.

El material de grabación se nutre de las cámaras que llevaban los propios terroristas, vídeos difundidos por Hamás en sus canales oficiales, lo que grabaron las víctimas con sus celulares o la interceptación de las comunicaciones por radio de los comandos terroristas. También algunas llamadas que los islamistas hicieron desde los móviles de los muertos. En una de ellas, un joven llama a su padre para informarle que ha matado a 10 judíos: “Tu hijo es un héroe, papá”, le dice mientras su progenitor al otro lado llora emocionado. Lo que gritaban los asaltantes para celebrar la matanza eraAlá Akbar(Alá es grande).

Habitación con sangre. (A. Requeijo)

“Durante varias horas —sigue Guil—, estuvieron dando vueltas por la casa, les escuchábamos, quemaron tractores, en cierto momento llegó el silencio y después de varias horas de escuchar hablar solo en hebreo abrimos un poquito la ventana del refugio para ver qué pasaba fuera. Una hora después, ya vimos soldados nuestros y el enfermero del kibutz. Así salimos por la ventana del refugio y supimos que eran las 17:30 y que estuvimos 11 horas dentro del refugio”. Dentro de la brutalidad, Guil tiene un momento para la risa: “Dormimos sin ropa y cuando nos metimos corriendo en el refugio estábamos desnudos. Dentro encontramos una bolsa con ropa interior de mi hija que había estado en casa la semana anterior. Salí con las bragas de mi hija”.

El kibutz acoge estos días un trasiego de soldados en una zona militarizada. Guil charla con un hombre que va vestido con el uniforme de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) y que le dice, en serio, que le gustaría mudarse ahí con su familia. “¿Me acogerías?, ¿aunque lleve kipá? [el tradicional tocado con el que los judíos religiosos se cubren la cabeza]”, le dice el militar. “Sí, claro”, responde Guil. La pregunta encierra muchos de los matices que distinguen la sociedad israelí y la identidad propia que tienen los kibutz dentro de ella.

Los terroristas quemaron las casas tras asesinar a sus moradores. (A. Requeijo)

Los ‘kibutz’ como concepto identitario

Son pequeños conjuntos de casas repartidos por toda la geografía israelí y fueron un elemento vertebrador para la fundación del Estado hace más de 70 años. Hoy quedan en torno a 200 en todo el país, pero es un movimiento que ha ido a menos desde la década de los noventa. Aquellos pioneros se asentaron en zonas desérticas y las desarrollaron mediante la agricultura, fábricas y tecnología en régimen de cooperativa. Los kibutz son un motivo de orgullo y sus moradores son en su mayoría socialistas, de izquierdas. El actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, de derechas, nunca tiene las zonas de los kibutz entre sus destinos prioritarios cuando hace campaña electoral porque sabe que lo tiene perdido. Un cartel a la entrada del comedor comunitario de Nir Oz convocaba una manifestación contra el Gobierno el 7 de octubre a las 19:30, justo el día que se paró el reloj.

El regreso a casa de gente como Guil supone un reto para el futuro de Israel. Los objetivos inmediatos de las autoridades pasan por vencer a Hamás, liberar a los rehenes y garantizar el principal pacto social fundacional del Estado: la seguridad de todos sus ciudadanos en una región siempre hostil. Está en juego la figura misma del kibutz, un símbolo del país hebreo. Un portavoz militar explica de forma gráfica que si se apagasen las luces de todo Israel y solo se encendieran las de los kibutz, se dibujaría casi de forma exacta el contorno del territorio israelí.

Otra de las casas arrasadas por Hamás. (A. Requeijo)

Guil es vecino de los padres de Amit. Es otro israelí de 54 años que nació y se crio en el mismo kibutz. Se marchó a hacer su vida hace 30 años y trabaja en el norte en una empresa de tecnología que desarrolla un sistema de polinización sin necesidad de abejas (Israel presume de destinar más de su 5% de su producto interior bruto a investigación y desarrollo). Amit ha vuelto al kibutz para echar una mano. Hoy le toca cortar el césped, pero deja la faena para mostrar algunas de las casas quemadas y atacadas. Todas las familias se conocen y unos y otros saben lo que les pasó. En una de las viviendas Amit narra la historia de dos ancianos brutalmente asesinados. Solo al final del relato afirma que el matrimonio del que habla eran sus padres.

En su recorrido, Amit se topa con otro vecino que se llama Boas y recoge basura de los aledaños de otra casa. Ambos han regresado estos días al kibutz y se han reencontrado en el mismo lugar donde se criaron. Boas ha perdido a su padre, un hombre de 85 años del que no sabían su paradero: “Hace tres semanas Hamás subió en su Telegram una foto donde se ve a mi padre en muy mal estado. Los médicos que vieron el vídeo dicen al 99% que está muerto”. Cuando algunos de los rehenes fueron liberados, le informaron de que su padre había fallecido por falta de cuidados.

Vista de la Franja de Gaza desde el ‘kibutz’, ubicado a apenas 1.600 metros. (A. Requeijo)

En Israel se usa el término yafei nefesh (almas bonitas) para definir despectivamente a los moradores de los kibutz. Alude a su ingenuidad dado que mayoritariamente son partidarios de acuerdos de paz con los palestinos. Amit se para en una plataforma en la parte más occidental de Nir Oz. Desde su posición divisa a la perfección la franja de Gaza, solo hay 1.600 metros de separación. Muestra los campos agrícolas del kibutz y recuerda etapas mejores: “Antes, esos terrenos los trabajamos junto con los palestinos, para nosotros no había diferencias, todos éramos gente del campo. Yo mismo cruzaba con el tractor para ir a la playa. Hoy, eso es imposible”.

La carretera que lleva al kibutz de Nir Oz avanza casi en paralelo a menos de dos kilómetros de la franja de Gaza. Desde esa distancia se aprecia una boina de humo constante sobre el territorio palestino. Se hace presente el ruido de bombardeos, si acaso interrumpido con las sirenas israelíes que avisan del impacto inminente de un misil de Hamás. Nir Oz fue algo así como el kilómetro cero de la masacre terrorista del 7 de octubre porque mataron o secuestraron a 100 de sus 400 vecinos. Algunos de sus supervivientes comienzan ahora a regresar a casas, de momento una minoría. Es el caso de Guil, residente y jefe de mantenimiento del kibutz. Ha vuelto por primera vez al lugar del crimen del que logró escapar por un capricho del destino: “No siento que sea mi hogar”.

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