Francisco Mena, un poeta en busca de certidumbres

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Tiene diciembre ese aroma impar que invita a la dicha y a la tristura. Ayer, la moneda de la mañana salió cruz y he sabido de la muerte de Francisco Mena Cantero (Ciudad Real, 1934- Sevilla 2023). Se va el amigo, el confidente, el compañero incondicional. Y se nos va, además, un gran poeta, un hombre comprometido y solidario, además de miembro de la Academia de Juglares de San Juan de la Cruz de Fontiveros.

Desde que en 1972, diera a la luz su primer libro, ‘Aún no ha llegado ayer’, la obra de este vate de raíces manchegas –afincado hace más de 50 años en Sevilla–, fue creciendo y madurando de forma rigurosa. Desde entonces, editó más de una treintena de poemarios, avalados casi todos ellos por prestigiosos galardones –’Ricardo Molina’, ‘Francisco de Quevedo’, ‘José Antonio Ochaíta’, ‘Jorge Manrique’, ‘Fernando Rielo’, ‘Zenobia’, ‘Ciudad de Alcalá de Henares’, ‘Paul Beckett’…-. Y, todos ellos, fueron reafirmando, además, el quehacer de un autor de honda sabiduría lírica.

En la primavera de 2017, la colección ‘Ángaro’ publicaba ‘Página pérdida’. En él, Mena Cantero se dejaba ganar por la incertidumbre vital, por el fervor religioso, por la fe de una existencia en la que se postulaba más terrenal y vulnerable que nunca: «Siento que estoy más lejos, cuando calla/ la campana mientras voy de camino./ Es como si el andar fuera mi sino/ y hasta escucho: ¡Qué triste que me vaya!».

Esa inquietante visión del tiempo, abierta, sin embargo, a la esperanza y a la mística, dejó paso dos años después a una nueva entrega, ‘Tus apuntes de física’ –premio ‘Rafael Morales’-. Aquel volumen era una reflexión de raíz más científica y racional, pero en la que el poeta no perdía de vista la universal dicotomía de la duración y del adiós: ‘Todo es pasión y vida, invitación/ a desahuciarnos de la muerte,/ con el agreste bálsamo, suavísimo,/ de orear el desván de la memoria’.

Frente a ese mismo desván que voy abriendo despaciosamente, dolido por la marcha de quien tanto quise, orillo un puñado grande de recuerdos. Porque quien esto escribe, reconoce haber aprendido del magisterio de Mena Cantero. Persona sensible y generosa, de cálido corazón, supo construir un mundo lleno de variados registros, exacto en su pulsión formal y regenerador en su caudal objetivizador.

Convencido de que su alma y la esencia de sus hallazgos podían hacerse uno, creyó siempre en el poder balsámico de la palabra «para sentirnos vivos/ y capaces de tanta creación». En 2009, se editó ‘Un silencioso laboreo. Visión poética de Francisco Mena Cantero’, un excelente ensayo del profesor, escritor y crítico Enrique Barrero Rodríguez. Quien mejor que un sevillano para dar cuenta de la amplia y meritoria obra de su paisano. Como muy bien apuntaba el propio ensayista en su introducción, en el conjunto lírico de Mena Cantero destacaba de manera muy particular «una visión inquietante y en cierta manera agónica del tiempo y de la existencia, no cerrada jamás a la esperanza, ni a la constatación de la dimensión espiritual y trascendente del acontecer humano».

Hilvano estas líneas, sí, con el corazón aún encogido y la emoción incontenible de saber que hemos perdido a uno de los hombres más generosos que ha dado este complejo ámbito de las letras. Fue uno de los primeros poetas que tuve la dicha de tratar. Afortunadamente, el devenir del tiempo me permitió compartir a su lado inolvidables momentos, en los que pude confesarle muy de cerca todo cuanto ahora escribo. Descansa en paz, querido amigo Paco, más nunca tu verso, que jamás será olvido: «Enterraré mis dudas/ para que broten certidumbres,/ en el lugar aquel/ donde todo se ve algo más claro».

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