Del trap a la canción de autor: Milo J se descubre como chico triste en su primer álbum

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Milo J es una joven promesa del trap que ha decidido dejar de hacer trap. Además, parece que está muy triste. 

Este 30 de noviembre, Camilo Joaquín, conocido en estas latitudes como Milo J, sorprendía a sus fans – y al público en general – con la publicación de su primer álbum de estudio, 111, editado por la discográfica Dale Play.

La publicación del disco, si bien no pillaba por sorpresa a nadie por haber sido muy promocionado desde días antes – y haber tenido varios adelantos en forma de single -, sí hacía pegar un salto en la silla a los reaccionadores (como popularmente se llama a los youtubers especializados), críticos musicales y periodistas culturales.

Este joven de Morón, ciudad a pocos kilómetros del centro de Buenos Aires, publicaba un trabajo muy alejado de lo que venía haciendo hasta ahora; un álbum muy sofisticado, con letras bien construidas y muy buenas colaboraciones, pero que no es trap, sino íntegramente canción de autor. 

Milo J, de solo 17 años, saltó a la fama mundial hará solo uno, cuando una de sus canciones, Milagrosa, empezó a sonar y hacerse viral en redes. El por aquel entonces dieciséisañero llevaba muy poco tiempo en la música, escasamente uno desde el lanzamiento de Tus vueltas, su primer tema, sin embargo, el poco tiempo en el negocio no fue ninguna traba para sus planes.

Brooklyn Tech Support

El joven moronense fue muy bien recibido en la industria, consiguiendo otro gigante éxito con el tema Rara vez (junto a Taiu) y siendo apadrinado por algunas de las figuras más importantes de la música argentina, como Duki o Nicki Nicole.

Rápidamente, Milo J fue ascendiendo, creciendo y posicionándose hasta el punto de, hace escasamente dos meses, recibir una llamada de Bizarrap no solo para grabar una más de sus famosísimas sessions, sino para firmar junto a él su primer EP, En dormir sin Madrid.

Gracias a su característica voz, sus letras juveniles (aunque bien construidas) y su capacidad para moverse por el beat, Camilo Joaquín fue consiguiendo un importante hueco en la escena que le llevó a recibir, durante su directo en La velada del año de Ibai, la bendición del mismísimo Duki: «[Milo J] es el presente y futuro del trap argentino», dijo frente a dos millones de personas el autor de canciones como She Don’t Give a Fo. Ahora, sin embargo, Milo ha decidido que no quiere ser trapero. 

Si bien es cierto que Milo nunca ha sido un trapero al uso, pues, si ya es difícil definir qué es exactamente este estilo, su música siempre ha tenido muchas reminiscencias poperas y letras muy poco características del mundillo, el joven cantante ha decidido generar aún más dudas sobre su género predilecto saliendo directamente de la música urbana y abrazando su nuevo rol de cantautor. 

En 111, un disco bastante breve, de escasos 20 minutos, Milo apuesta por la pura canción de autor, con base en la guitarra y algún piano al fondo, para contarnos la historia de un desamor. Y contarla bien, además.

El álbum abre con Tu manta, una canción bastante melancólica con un rasgueo de guitarra como base que habla de la hostilidad que hay ahí fuera, en el mundo, y lo bien que se está bajo el paraguas de la persona amada.

Los sonidos instrumentales le saben a poco a Milo, por lo que decide continuar con Carencia de cordura, tema algo más denso que coquetea con sonidos que pueden recordar al tango (¿se le puede llamar neotango?), pero que no restan importancia a su voz.

No es hasta MAI, ya la tercera, que se empiezan a encontrar algunas reminiscencias del género urbano tanto en la forma de cantar como en la producción; un tema muy acertado con el que se puede entender el leitmotive tanto del disco como del artista.

El trabajo sigue avanzando con las colaboraciones de Yahriza Y Su Esencia en Te fui a seguir y Peso Pluma en Una bala, donde el mexicano brilla y demuestra que está en el mejor momento de su carrera, hasta llegar la mejor canción del disco, Alumbre, una colaboración con Nicki Nicole en la que se permiten experimentar con otros sonidos urbanos, pero sin salirse de la línea general del disco: muchísima tristeza todo el rato. 

Si por algo se ha caracterizado Milo J en su poco tiempo de carrera es por ser melancólico. Desde sus inicios, ha coqueteado con las ideas de la nostalgia y la tristeza, en plan sadboy, hablando de amor, amistades y hogares.

En el disco, coge ese traje de chico triste y se lo pone desde la primera hasta la última canción, no dando ni un solo respiro alegre en sus veinte minutos. El estilo está bien escogido y su voz, más melódica que las que se suelen encontrar en el género urbano, funciona bien en ese registro. Pero quizá es demasiado.

Durante algunos momentos, uno no sabe exactamente lo que está escuchando ni por qué es tan triste. Si bien es cierto que toda la historia funciona gracias al hilo conductor de la ruptura, a veces se tiene la sensación de estar escuchando penas gratuitas y un poquito exageradas.

El trabajo es bueno y está magistralmente producido, sin embargo, las letras, que son también muy buenas, tienen algunas costuras abiertas en las que se nota que el artista está forzando demasiado para alcanzar el grado de tristeza que busca.

El álbum, además, viene acompañado de una serie de vídeos costumbristas muy vistosos que vienen a mostrar diferentes tipos de relaciones, como el de Tu manta, donde se ve a un niño con su mamá. 

El trabajo de Milo J es bastante novedoso en este caso, pues se sale de un registro por el que se había hecho mundialmente conocido (en 2023, ha acumulado más de 2.000.000.000 de reproducciones solo en Spotify) para experimentar, en la línea de otros artistas de música urbana argentina como Wos, con sonidos más conservadores. Sin embargo, el disco puede llegar a hacerse pesado por la repetición del mismo ánimo sin entender del todo el motivo.

Hay que preguntarle a Milo J por qué ha dejado de hacer música urbana y por qué está tan triste.  

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