El hartazgo de los ‘expats’ muestra el lado oscuro del milagro irlandés: “Dublín es un desastre”

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Cuando el pasado 23 de noviembre la violencia estalló en el centro de Dublín, las imágenes de las protestas empezaron a correr como la pólvora por todo el mundo. Pocos imaginaban que en Dublín se pudieran dar situaciones como las de unos tranvías ardiendo, coches de policía atacados, persecuciones a inmigrantes, saqueos… Pero para Raquel, Pedro o José solo fue un paso más. Una vuelta de tuerca en la escalada de tensión que llevan años presenciando en las calles de Irlanda. “El país, y más concretamente la capital, ha vivido un cambio brutal para el que no estaba preparado. Ahora florecen todos los problemas”, comenta la primera de ellos.

Tras ser uno de los principales damnificados de la crisis de 2008, llegando incluso a necesitar el rescate comunitario, Irlanda hizo todo lo posible en la última década para dar la vuelta a su situación económica. Tal fue su desempeño que se ha denominado su cambio como un milagro. Pero bajo esa carrera para atraer inversión extranjera, llevar a su terreno a grandes compañías multinacionales y colocarse como una economía líder a nivel mundial, se esconde una realidad mucho más dura que se ha puesto de manifiesto con estos disturbios. Mientras el país crecía y atraía a profesionales cualificados de todo el mundo (también de España), la población local ha ido hundiéndose entre crisis habitacionales, subidas de precios y servicios públicos infra desarrollados.

“Llevo como un año aquí y la imagen que tengo es que Dublín es un desastre. No solo lo digo yo, es algo que comparto con muchos otros profesionales extranjeros con los que convivo, incluso gestiono el grupo de Esade en Dublín”, comenta Pedro Amador. Él es uno de esos profesionales de alto nivel que se movieron a la isla por el ecosistema de las multinacionales y que se han dado de bruces con la realidad del territorio. “La vivienda es el mayor problema que tiene el país y fuente de gran parte de las tensiones, yo mismo he tenido problemas desde el día uno con esto y aún los tengo. El crecimiento económico por la inversión extranjera es obvio y palpable, pero no ha venido acompañado con un crecimiento a la altura de los sistemas públicos. Y eso es lo que está explotando”, detalla.

Todo lo que comenta Amador lo sostiene también José Ferro, que llegó a la ciudad hace cuatro años, se tragó toda la pandemia allí y dice haber sufrido incluso agresiones por la calle. “Hay que pensar que Irlanda pasó rápidamente de ser un país de granjeros a atraer a las mayores empresas tecnológicas, farmacéuticas y de Retail del mundo. Se convirtió en un nuevo rico, pero con infraestructuras y población que no habían sabido adaptarse al nuevo paradigma económico. Año a año fueron llegando más y más trabajadores, muchos con mayor currículum que los locales, y se vieron las consecuencias evidentes: aumento de los precios de las viviendas, servicios y en general el coste de vida“, detalla.

Operarios trabajando tras los riots. (Reuters)

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Lo que cuentan estos dos expatriados desde su experiencia personal cuadra con los datos que llegan desde el Tigre celta. Irlanda, con una población de cinco millones de habitantes (600.000 viven oficialmente en la capital) se ha convertido en uno de los países de Europa con la vivienda más cara, rondando el número uno de la lista. Pero no solo destaca en ese sector, sino que llega a toda la economía.

El país, incluso por encima de Dinamarca, es la nación de la Unión Europea donde más caros fueron los bienes y servicios básicos en 2022, según Eurostat, superando en 46 puntos la media de Europa. España está 4 puntos por debajo de esa media. “Te pongo tres ejemplos, yo me tuve que mudar por el encarecimiento de los alquileres, cada vez que voy al médico de cabecera pago 60 euros y es imposible tomarse un café en el centro de Dublín por menos de 4 euros“, narra Raquel, que trabaja como profesora de español y reside en Dublín desde hace 16 años.

Ella, como el resto de entrevistados, hace mucho hincapié en que los protagonistas de las últimas protestas y de buena parte de los conflictos callejeros no son inmigrantes, sino jóvenes de nacionalidad irlandesa que protagonizan desde hace años estos choques y otros, como los ataques a los riders. “Son una población complicada, porque ven el panorama y piensan que los de fuera les estamos quitando el país y somos la fuente de sus problemas. Además, aunque Irlanda apenas tiene paro, hay una parte de la población que depende muchísimo de ayudas y hay familias enteras que ni siquiera trabajan y sus jóvenes alimentan estos grupos. Se ha instaurado la idea de que ahora los locales tienen menos ayudas por los extranjeros, cuando la realidad es que sin ellos el país no funcionaría y es el Estado el que no ha sabido adaptar sus sistemas con el cambio económico que estaba viviendo. El odio al extranjero es el chivo expiatorio”, comenta.

Cómo preparar a un país para un cambio así

La gran crítica que se repite entre los expatriados es que el país ha vivido un cambio radical en los últimos años para el que ni estaba preparado ni ha sabido adaptarse con el tiempo. Todo ha evolucionado demasiado rápido. Incluso la situación se ha vuelto compleja para las multinacionales allí asentadas. No solo porque pronto se irán reduciendo las ventajas fiscales (el impuesto de sociedades subirá previsiblemente al 15% en 2024), sino porque los propios trabajadores extranjeros empiezan a dudar de ir a Dublín a trabajar y la cantera local no termina de poder llenar los huecos que necesitan.

“Los expats de Google cobran como poco 7.000 euros antes de impuestos. Y se gastan en una habitación individual de 2.000 a 3.000. Incluso algunos deciden compartir habitación para gastarse solo 1.600. Es una vida igual que la de Dubái, solo que aquí el tiempo es bastante malo. La mayoría de la gente con la que he hablado no piensan aguantar más de 2 años aquí y los caseros se aprovechan mucho de todo esto”, comenta Amador. A la comparación con Dubái, Ferro añade uno de los puntos que muestra la poca planificación para este cambio. “Irlanda es el país de la Unión Europea que menos construye en altura, por lo que el problema es evidente“.

Raquel también señala una situación similar, con clases sociales cada vez más distanciadas y diferencias más marcadas. Además, asegura, la ciudad se ha vuelto un foco de puro consumismo, perdiendo gran parte de su esencia. “Dublín siempre ha estado dividida entre sur y norte por el río, con la parte del sur siendo la más rica. Pero cada vez la diferencia es mayor. Nadie que viva en el sur gusta de ir al centro, que está en el norte y es donde se produjeron los disturbios. Hay calles principales que ya son hasta peligrosas a partir de las 11 de la noche, aunque sea lo más turístico. Por no hablar de que ha perdido todo su espíritu, los pubs están cerrando y abriéndose cadenas y si vas por la zona es solo para consumir. Apenas queda aquello de la música en directo en las calles, es muy triste”, añade.

Como apuntan también los medios locales, la gota que ha colmado el vaso para que todo acabará en los peores disturbios vividos en el país en las últimas décadas, es la poca habilidad de los gobernantes para lograr digerir las últimas grandes oleadas de inmigración llegadas al país. Incluso han vivido auténticos conflictos para hacerse cargo de los miles de refugiados llegados de Ucrania. Para conseguirlo, los administradores decidieron habilitar espacios como hoteles o locales similares, pero estos han creado choques con la población local y más aún al no haber planes claros para una ampliación real del parque de viviendas. “Hay mucha mendicidad y personas sin hogar. Incluso los que tienen un hueco en algún hotel lógicamente se pasan el día fuera porque eso no es un hogar”, explica Raquel.

Ahora, el gobierno irlandés ha asegurado que tomará medidas y escuchará lo que pide la población, pero no está claro cómo lo hará ni si llegará a tiempo. Según The Irish Times, Irlanda ha marcado este año su máximo en 16 años en lo que a recibimiento de inmigrantes se refiere (141.600 de enero a abril de 2023) y con ese récord también ha llegado el del crecimiento de mensajes de odio contra los extranjeros. En ese mismo periodo de tiempo, ISD, una organización especializada en extremismo y desinformación, contó 2,876 mensajes relacionados con la inmigración en Irlanda, un 300% más que en todo 2022 y 1.800% más que en 2020.

¿Es un caso aislado?

De momento Irlanda no cuenta con un partido o plataforma que articule con éxito este discurso, pero cada vez está más asentado y los analistas empiezan a temer que la situación cambie. Para gente como Ferro, que destaca que no toda la población piensa igual, es curioso que un país marcado por la emigración como Irlanda (el 40% de los doctores del país ha estudiado fuera, siendo una de las cifras más altas de la OCDE) tenga un sentimiento profundo antiinmigración. Pero el cambio tan brusco que ha vivido el país puede dar alas a estos discursos. “La sociedad irlandesa se ha ido radicalizando, y muchos culpan a los inmigrantes de ser los responsables, cuando el propio gobierno ha reconocido la crisis, pero no se perciben cambios a mejor, sólo más oficinas, hoteles y residencias”, señala.

Medios como el Irish Times también añaden al tema económico y de inmigración otros puntos que han llegado en los últimos años y que dan una idea de cómo Irlanda ha cambiado muy rápido, incluso demasiado para algunos sectores de la sociedad. “La nación católica, antes pobre y encerrada en sí misma, ha abrazado a las empresas tecnológicas globales y a los trabajadores de la UE y más allá, mientras celebra referéndums para eliminar prohibiciones sobre el matrimonio homosexual y el aborto. En las últimas dos décadas, la proporción de su población nacida en el extranjero se ha duplicado hasta llegar el 20%”.

En cuanto a si la situación es equiparable a otros países, Raquel sí ve ciertos parecidos entre Dublín y las situaciones que viven otras capitales, donde el centro se ha ido abandonando y los locales han ido perdiendo su espacio frente a la inversión extranjera, el turismo o los profesionales con sueldos mucho más altos. También añade las particularidades del asistencialismo, la falta de servicios de calidad y el proteccionismo irlandés. “Es un país bastante conservador donde se suele proteger mucho al nacional, por eso este cambio es todavía más complicado aquí. Pero sí, hay problemas que son generales a los que viven todas las grandes ciudades”, comenta.

Ferro es más contundente y habla de una relación entre lo ocurrido en Irlanda y lo visto en el resto de países europeos. “Creo que lo que hemos visto la semana pasada en Dublín es sólo el resultado natural de todos los problemas que se han mencionado. La extrema derecha se ha alimentado del descontento social y ha alimentado el odio hacia los extranjeros de la misma manera que se ha visto en otros países como Holanda, Reino Unido (que terminó saliendo de la UE), o incluso España, con los cánticos de las manifestaciones de Ferraz”.

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