Carlos Alsina, al recibir el premio Francisco Cerecedo: «Temo que la política está siendo sustituida por la religión política»

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Los Reyes entregaron la noche de este lunes el premio ‘Francisco Cerecedo’ de periodismo que concede la Asociación de Periodistas Europeos a Carlos Alsina, director del programa ‘Más de uno’, en Onda Cero.

Durante su discurso, el periodista subrayó la importancia de «la verdad frente a la manipulación. La verdad frente a la distorsión. La verdad frente a los pretendidos cambios de opinión», con claras alusiones al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Alsina destacó también su temor a que la política esté siendo «sustituida por la religión política». «Los argumentos ceden espacio a las creencias, las emociones y los impulsos. Te dicen: ‘puede que no sea así, pero yo así lo siento’. ‘No intentes confundirme con los hechos, yo creo en lo que creo’», añadió durante la lectura de su discurso, muy aplaudido.

Lee el discurso íntegro de Carlos Alsina:

Majestades, autoridades, autoridades periodísticas de mi país.

-¿Es usted pariente de la difunta?, me preguntó el guardia.

-No, no -le dije-, yo estoy aquí en misión informativa.

-Ya. ¿Ve aquel panteón? Gire ahí, por favor, y sálgase de la comitiva.

Se había muerto Lola Flores el día antes y en la Almudena, esa mañana, la enterraban. Yo había terminado de presentar mi programa de radio y me ofrecí para hacer de conductor de la unidad móvil porque el redactor asignado había vuelto a suspender el práctico. La llamábamos ‘unidad’ porque sólo teníamos ésa y ‘móvil’ porque moverse es verdad que se movía. Carecía de cualquier elemento tecnológico pero lucía en el capó un enorme logotipo: RadioVoz.

Al acceder aquella mañana al cementerio, no por audacia sino por torpeza, acabé introduciendo aquel vehículo minúsculo entre el coche de policía que abría el cortejo fúnebre y el coche mortuorio con la faraona. Así quedó conformada la cabecera: coche de policía-Alsina-Lola. Vivo-vivo-no viva.

«Con los años se haría costumbre que los medios integraran todo tipo de séquitos, mayormente políticos»

Fue la única vez de mi carrera en que me sentí, en verdad, pionero. Hasta entonces -la reina lo sabe- habíamos visto a los reporteros americanos empotrados con los marines en Iraq. Pero el nuestro era el primer medio de comunicación empotrado en un cortejo fúnebre. Con los años se haría costumbre que los medios integraran todo tipo de séquitos, mayormente políticos, bien para sacar en procesión al líder por el que beben los vientos, bien para acompañar en su duelo al líder abatido (a la última noche electoral).

Mi gozo de aquella mañana por la intrepidez funeraria duró poco. Avanzaba compacto el pelotón de cabeza cuando el guardia municipal me dio el alto. ‘¿Es pariente de la difunta?’ Aguzó su mirada de guardia, hizo un movimiento de dedo índice inequívoco y pronunció esta frase (primera cita de la noche). Dijo: ‘El cortejo no es de periodistas’.

Con el tiempo entendí que al extirparme de aquella escudería me salvó de una suplantación bochornosa: la de aquél que teniendo que ser sólo testigo actúa como miembro de la comitiva. Me vacunó para siempre de la atracción por lo groupie, los clubs de fans y los orfeones. Cada vez que hoy tengo un ministro, o aspirante, sentado en mi estudio y me asalta la tentación de bailarle el agua suena aquel guardia en mi cabeza: ‘El cortejo no es de periodistas, Alsina’. Y no bailo.

Desde hoy también resuena la voz de Cuco Cerecedo recordándome que el periodismo español aportó a la cultura universal hace más de un siglo un género autóctono: el del elogio a la autoridad competente. E incompetente también, porque no discriminamos. Género reclinatorio. ‘El elogio’, escribió Cerecedo (segunda cita de la noche) ‘es una flor que crece en las ásperas laderas del poder y crea adicción. Comienza como un vino que embriaga ligeramente y termina entregando a sus protagonistas a la frenética necesidad de inyectarse la amapola de la adulación en vena’.

Obsérvese que no es el adulado quien se inyecta sino el que adula. Encontró Cuco un ejemplo inalcanzable de amapolo-cracia en un diario de Oviedo que informó a sus lectores de que don Pelayo se había aparecido en un caballo al lado de Franco. Y no contento con ello, de que al otro lado, y en otro caballo, ¡se apareció la virgen de Covadonga! Era información, no milagro.

Saldré de aquí esta noche investido del Cerecedo y dispuesto a intentar rozar alguna vez su ingenio para el manejo de nuestras mejores armas: la ironía, el sarcasmo, la distancia y la irreverencia. En el cuadragésimo aniversario de este premio, asumo el compromiso de intentar parecerme a quien le da nombre: Cuco Cerecedo: Libre, honrado, crítico.

«Con media frase cazada al vuelo en un pasillo del Congreso nos hacemos dos páginas de crónica, una columna y dos tertulias»

Mi disposición natural a cuestionar los argumentos de los gobiernos, y dado que el gobierno de un premio es el jurado que lo otorga, me llevó, al conocer el fallo, a intentar desmontar los argumentos de vosotros, miembros del jurado, para premiarme. ‘Algo tiene que haber’, me decía. Bien, comparezco para confesar que he fracasado. No encontré nada que objetaros. Ni siquiera que al hablar del profesional premiado con un galardón periodístico destaquéis su talento para la ficción. Sonora, sí, ¡pero ficción!

Admito que puede resultar chocante que un premio de periodismo ensalce el fingimiento. Puede resultar chocante, digo, sólo para quien no conozca el periodismo. La ficción es uno de nuestros músculos creativos más fecundos. ¡Somos creadores! Con media frase cazada al vuelo en un pasillo del Congreso nos hacemos dos páginas de crónica, una columna y dos tertulias. Además de crear, nos cunde. Así llevamos el pan a casa para poder seguir salvando, cada día, la pluralidad de la España diversa, dispar, múltiple, variada, mezclada, distinta, suelta, multi-provincial, despareja, hetero-comarcal, dispersa y promiscua.

Objetaría, si acaso, esto que decís sobre la pericia como entrevistador. Me atribuís méritos que no son míos. Es conocido que la pregunta que mayor eco tuvo en una entrevista mía no la hice yo sino el entrevistado. Dijo Rajoy: ¿Y la europea? Pero lo preguntó él, no yo. Digo que ésta es la pregunta que más eco ha tenido de una entrevista mía porque lo de Sánchez nunca fue una pregunta.

Waterloo, como sabéis (o Waterloo para los estudiosos de la canción ligera), debe su fama a que el duque de Wellington porque pasó allí la noche previa a la batalla. De haber sido por el mariscal prusiano Von Blücher este episodio histórico no se habría llamado Waterloo sino ‘La hermosa alianza’, nombre de la taberna en la que ambos militares se encontraron. Waterloo o la hermosa alianza. Además de la taberna había una granja llamada La Santa Haya, que era vista como una línea defensiva, infranqueable, que nadie se había visto nunca capaz de cruzar. Napoléon lo hizo, cruzó la línea. Y se sintió victorioso. Creyó estar cambiando para siempre su propia historia. (No cuento cómo terminó la batalla por si alguno no ha visto todavía la película)

Dejó dicho Wellington que después de una batalla perdida nada hay más triste que una batalla ganada. A mí me contó un dentista que a los implantes dentales hoy todavía hay quien los llama dientes de Waterloo. El nombre se debe a los saqueadores que, provistos de tenacillas, y terminada la batalla, arrancaban los dientes a los soldados caídos para vendérselos luego a poderosos desdentados. Durante décadas los ricos europeos sonrieron con los dientes de otros. Tenacillas para arrancarte los dientes uno a uno: ¡esto es Waterloo! Cuéntese con la mejor de las sonrisas. Dientes, dientes (esto es de la Pantoja): Dientes, dientes, aunque sean falsos.

John Kennedy, que otra cosa no, pero le sacó gran partido político a su sonrisa, dio un discurso a los editores de prensa unos meses antes de ser asesinado (lo encontré preparando nuestra ficción de la semana pasada). Dijo: ‘Ningún gobierno’, les dijo, ‘debería temer el escrutinio de la prensa porque ese escrutinio sirve para que la sociedad conozca sus argumentos. Ningún presidente debería temer la controversia, al revés, debería agradecerla. Sin debate, sin crítica, ninguna democracia sobrevive‘. (Tampoco os engañéis, el resto del discurso estaba dedicado a presionar a los editores para que promovieran la autocensura de sus periodistas invocando el interés del país. Ahora entendéis por qué tantos gobernantes tienen a Kennedy en un altar).

Copio a Martin Baron esto que le respondió a Donald Trump cuando el entonces presidente acusó al Washington Post de combatirle insanamente: ‘No estamos en guerra, presidente. Estamos trabajando’. Copio a Latorre: ‘ES NUESTRO TRABAJO’.

«Nos mueve el simple y radical apego a la verdad. La verdad frente a los pretendidos cambios de opinión»

Fiscalizar es una parte de nuestro trabajo. Nos mueve el simple y radical apego a la verdad. La verdad frente a la manipulación. La verdad frente a la distorsión. La verdad frente a los pretendidos cambios de opinión. Nos mueve el valor que concedemos a la palabra dada, a la coherencia y a la memoria. Lamento defraudar a quienes piensan que todo es relativo. Mantener la palabra dada no lo es; la coherencia no lo es; el compromiso no lo es. La mentira sobre nuestra historia reciente -muy reciente- seguirá siendo mentira aunque ahora la abrace quien dice velar por nuestra memoria histórica y democrática. La mentira sigue siendo mentira aunque la haga pasar por verdad quien sabe que es mentira.

Palabra, coherencia, memoria, compromiso. Ésa es mi Tierra Firme.

Parafraseando a Orson Welles en el guión de ‘Sed de mal’ ‘todo esto es tan antiguo que hoy resulta nuevo’.

Yo no estaría aquí hoy de no ser por el equipo de mi programa, que es el que pica piedra para que luego el presentador haga lo que pueda por lucirse, por los colaboradores brillantes que han mejorado mis programas: Rubén Amon, camarada, Marta, Rosa, Rafa, Félix, Dani, el profesor, David Gistau, Manu Jabois, el magisterio de Ónega, Cernuda, Casado, Del Pozo, Ferrari. Y no estaría aquí de no ser por los colaboradores nada brillantes que hicieron que yo, a su lado, pareciera mejor de lo que era. (No, no me pidáis nombres). No estaría aquí si no fuera porque tengo detrás una cadena de radio, Onda Cero, mi casa, y un grupo, Atresmedia, que me permiten decir cada mañana lo que pienso en plena libertad. De hecho, no estaría aquí ni allí si no fuera así.

En el bachillerato teníamos un psicólogo que se ocupaba de hacernos test para encauzar profesionalmente nuestras inquietudes. Comparecí ante él, sacó mi expediente, ojeó los test.

-Muestras interés por la literatura, la actualidad, los medios de comunicación.

-Sí, señor.

-Me parece que está bastante claro tu caso. Tienes que estudiar… la carrera judicial.

-¿Para ser periodista?

-Para ser juez. Periodismo sería arruinar tu vida. El periodismo es de pobres. ¿Sabes cuánto le pagaban a Carlos Marx por ser corresponsal del New York Tribune en Londres?

-No señor.

-Una miseria. Si le hubieran pagado bien nunca habría habido comunismo.

-Visto así…

-Juez. Tú estudia para juez. Hay muchos menos jueces que periodistas. Viven mejor y tienen prestigio.

(Tenéis que entender que en aquel tiempo, a diferencia de ahora, los jueces sólo eran detestados por los delincuentes).

Nunca estudié la carrera judicial. Hice periodismo, arruiné mi vida. Y no hay día que no tenga que estudiarme alguna sentencia o emitirla. Tampoco tuve nunca vocación de cura y ahí me tenéis, dando un sermón cada día a las ocho de la mañana.

«A la política travestida en religión no le basta con la pugna racional entre opciones distintas, requiere de estar librando cada día un combate terrible entre el bien y el mal»

Raul del Pozo celebró en este mismo acto, hace 34 años, que la religión estuviera siendo sustituida por la política. Temo que la política está siendo sustituida por la religión política. Y el periodismo a secas por el periodismo confesional.

Los argumentos ceden espacio a las creencias, las emociones y los impulsos. Te dicen: puede que no sea así, pero yo así lo siento. No intentes confundirme con los hechos, yo creo en lo que creo. En el mundo gobernado por la religión política mandan los símbolos, se cultivan los mitos y velan sus armas los caudillos. (Esta frase es de Cerecedo, 1977).

A la política travestida en religión no le basta con la pugna racional entre opciones distintas, requiere de estar librando cada día un combate terrible entre el bien y el mal, los inmaculados frente los turbios, la salvación frente a las tinieblas. O en términos bíblicos, tan propios de estos tiempos de evangelización agotadora, las fuerzas de la luz contra el ejército tenebroso del caos. Ave-maría-purísima. Cabalga la virgen de Covadonga. Si yo fuera creyente rezaría: de las rodilleras líbranos, señor. Y que Dios os bendiga dándoos criterio propio.

El día que enterraron a Concha Piquer, un periodista cayó en una fosa abierta del cementerio de San Isidro. Fruto de su fervor por la difunta, no tuvo en cuenta el suelo que pisaba y resultó sepultado. La leyenda dice que sigue allí, maldiciéndose por no haber hecho su trabajo con más prudencia y más distancia.

Majestades, ministra, autoridades periodísticas. Celebremos el estado, sea el que sea, de nuestro oficio antes de que la inteligencia artificial acabe con todos nosotros. Porque está próximo el día en que el premio Cerecedo le será concedido a un algoritmo.

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