La frontera viviente que te enseña por qué Rusia es un maestro de la guerra híbrida

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Esta historia de posguerra se cuenta a través de una persona que ya no está y ya no puede ser entrevistada. Sigue siendo, dos años después de su muerte, un símbolo de resistencia ante la presión de Rusia. Una historia que empieza con un alambre de púas como el que se encontró Data Vanishvili de la noche a la mañana en su casa de un pueblo llamado Khurvaleti. Este lugar fronterizo entre Georgia y Osetia del Sur, en el que viven cerca de 400 personas, podría pasar totalmente desapercibido en la esfera internacional si no fuera porque se ha convertido en uno de los puntos de conflicto entre los dos territorios desde que finalizó la guerra ruso-georgiana en agosto de 2008.

Hace 15 años que Rusia invadió Georgia para reclamar la independencia de Osetia del Sur y Abjasia, pero en cierto modo, esa invasión no ha acabado del todo. El alambre de púas que Vanishvili se encontró muy cerca de tu casa lo obligó de vivir legalmente en su Georgia natal a pasar a formar parte de la zona controlada por Osetia del Sur —país reconocido por países como Rusia, Nicaragua y Venezuela— y por los guardias fronterizos rusos que controlan la frontera. Desde que se instaló esa franja, dejaron de vivir de facto en su país y no se les permitía cruzar al otro lado si no era para quedarse. Data y su mujer se negaron a abandonar su casa y la comunicación con el mundo que conocían era a través del alambre de púas, a través del cual ha dado entrevistas a medios internacionales durante años. En marzo de 2021, a los 88 años, Data Vanishvili falleció de una enfermedad, pero su historia sigue siendo utilizada para explicar cómo Rusia está utilizando una frontera para aumentar las tensiones entre los gobiernos y la población.

Este vecino de Khurvaleti es uno de los protagonistas de una parte de la guerra híbrida que los analistas denuncian en lugares como Georgia, donde el Kremlin quiere seguir manteniendo su influencia a pesar de las aspiraciones europeas de una gran parte de la población. Mientras Moscú continúa con su invasión y acción militar en Ucrania, en este territorio utiliza otras tácticas para intentar mantener presión sobre los georgianos. En la frontera sur, en el pueblo donde vivía Vanishvili, los guardias fronterizos que han tomado el control desde el lado oseto mueven las líneas divisorias a su antojo, invadiendo una parte de la zona georgiana. “Es una frontera en movimiento. En realidad quieren volver a las líneas de la época de antes de la URSS, pero avanzan unos 30 metros más para poner a la gente nerviosa. Es un truco de los rusos para enfadar a la sociedad georgiana y provocar su indignación”, explica Jelger Groeneveld, analista de relaciones exteriores y especialista en política georgiana.

Este tipo de acciones forman parte de lo que se ha llamado el proceso de fronterización, en el que el ejército ruso empezó, en 2013, a erigir barreras a lo largo de la línea de demarcación entre Osetia del Sur y Georgia. Después de la guerra de 2008, Rusia reconoció a Abjasia y Osetia como estados independientes, y este último subcontrató la gestión de las fronteras a Moscú. Desde ese momento, se han construido cercas, alambres de púas y barreras, se han cavado zanjas y se ha construido infraestructura de observación. Algunas de las vallas atraviesan los patios de las casas de las aldeas georgianas en la zona de conflicto, como fue el caso de Data Vanishvili, y se priva a los residentes de vivienda o de la posibilidad de acceder a sus campos, jardines o cementerios. Tbilisi ha llamado a este proceso “anexión u ocupación progresiva”.

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Más de 1.500 soldados y guardias fronterizos del Servicio Federal de Seguridad Ruso están repartidos a lo largo de las más de 30 bases y puestos militares en la zona con el objetivo de convertir una frontera provincial en una internacional. Según cifras oficiales, Khurvaleti ha perdido 36 hectáreas de tierras agrícolas y pastos, aproximadamente del tamaño de 50 campos de fútbol por la fronterización. “De repente, muchas personas no pueden acceder a sus pastos y eso les afecta mucho. Además, está el tema religioso porque en algunas ocasiones los cementerios han quedado del otro lado de la frontera y los familiares no pueden ir a visitar las tumbas de sus seres queridos”, continúa Groeneveld. El analista ha fundado un proyecto de investigación sobre el estado de la frontera, en la que informa sobre los incidentes en los puestos, como los arrestos de los locales que cruzan, en muchas ocasiones sin ser conscientes de que están pasando al otro lado. “Cerca de 30 personas son arrestadas cada mes en la frontera, hay también casos de secuestros”, sostiene.

Los locales se refieren a muchas detenciones como “secuestros” porque las víctimas son personas que simplemente están intentando llegar a sus tierras o visitar familiares a través de un territorio que, hasta hace unos, pertenecía a su país. Desde que se registró el proceso de fronterización, en 2013, el Gobierno de Georgia afirma que más de 800 ciudadanos han sido detenidos por las “entradas ilegales” a sus campos o pastos. Actualmente, los pasos fronterizos permanecen cerrados los primeros 20 días de cada mes, en los que no se permite el tráfico de personas.

La ‘paciencia pragmática’ georgiana

La Misión de Monitoreo de la Unión Europea (EUMM) en Georgia lleva desde 2008 patrullando todos los días la línea fronteriza administrativa (ABL) para garantizar la estabilidad en la zona. A pesar de que sostiene que la situación es menos tensa ahora que cuando acabó la guerra, siempre hay un riesgo presente de incidentes. “Incluso si hay menos incidentes de seguridad que hace 15 años, los desafíos para la población local están aumentando. La separación y el aislamiento de las dos regiones separatistas (Osetia del Sur y Abjasia) del resto de Georgia está creciendo”, sostiene Klaas Maes, portavoz de la EUMM, a El Confidencial. La situación en esta línea fronteriza ha “tenido un efecto perjudicial en las personas que viven a ambos lados de la ABL. Las restricciones a su libertad de movimiento han disminuido sus oportunidades de mantener relaciones sociales, proteger sus derechos de propiedad, tener un ingreso digno y que los niños sean educados en su lengua materna”, alerta Maes.

La frontera viviente entre Osetia del Sur y Georgia no es un hecho desconocido para el Gobierno de Tbilisi. Desde que acabó la guerra, la política ha estado marcada por lo que los analistas definen como una “paciencia pragmática”. Por un lado, saben lo que Rusia está haciendo y lo reconocen como el agresor después de la guerra de 2008 pero, por otro lado no quieren escalar el conflicto con el Kremlin, y por eso no han tomado definitivas en la frontera. “Lo que estamos viendo es una guerra híbrida en la que Rusia está presionando al Gobierno de Georgia y se aprovechan de que tienen miedo de una nueva guerra. Es una situación complicada en la que se sienten presionados y por eso Tbilisi ha aceptado que se retomen los vuelos entre la capital a Moscú a pesar de las sanciones internacionales”, afirma Jelger Groeneveld en entrevista con este periódico.

El restablecimiento de los vuelos directos entre las dos ciudades (lo que provocó protestas en la capital) ha sido de una las últimas medidas del partido gobernante Georgian Dream, fundado por el ex primer ministro Bidzina Ivanishvili, acusado por sus vínculos con el Kremlin. Esta relación parece no estar extinta y la fortuna que hicieron algunos miembros de la formación ha fortalecido la lealtad de algunos hacia Rusia. Desde que empezó la guerra en Ucrania, miles de rusos han llegado a Georgia porque no necesitan visado, a pesar del rechazo de la población. “Hemos tenido una guerra con Rusia en 2008 y dos zonas ocupadas, Osetia del Sur y Abjasia. Nadie lo ha olvidado y eso nos pone en una situación complicada. No sé, puede parecer un poco raro que la gente se mude a un país con el que hace unos años estaba en guerra“, reflexionaba Mariam Nikuradze, una periodista nacida y residente en Tbilisi, en una entrevista anterior con este periódico.

Además de restablecer los vuelos entre el país y Rusia, el Parlamento apoyó en marzo pasado el proyecto de ley sobre agentes extranjeros conocido popularmente como “ley rusa” y que provocó que miles de personas salieran a las calles por su similitud con otras iniciativas políticas aprobadas por el Kremlin. Los diputados acabaron dando marcha atrás y el proyecto nunca fue aprobado, pero las movilizaciones, en las que miles de personas ondeaban banderas de la Unión Europea, fueron la manera de mostrar que la sociedad georgiana daba la espalda simbólicamente a Vladímir Putin.

La sombra de la guerra de Ucrania en la frontera

Mientras una mayoría de la población apoya la adhesión de Georgia a la UE —el 83% según el Instituto Nacional Democrático— el partido Georgian Dream parece tomar medidas que le distancian de Occidente y lo acercan a la esfera rusa. Este tipo de políticas responden a la estrategia de “paciencia estratégica” que ha tomado el Gobierno desde el final de su guerra con Rusia. “Ha sido la única [estrategia] posible durante mucho tiempo desde 2008. El país necesitó algún tiempo para recuperarse de los devastadores resultados de esa lucha y no podía permitirse luchar contra un vecino tan grande y agresivo como Rusia“, sostiene Olesya Vartanyan, analista sénior de la región del Cáucaso Norte para International Crisis Group.

Sin embargo, cuanto más tiempo pase, más preguntas surgirán sobre si Georgia debería reconsiderar su posición. La guerra de Ucrania, a pesar de que no tiene relación con el conflicto en la frontera rusa en Georgia y Osetia del Sur, sí ha provocado un cambio. “En contraste con el período anterior a la guerra de Ucrania, hay menos incidentes y tensiones a lo largo de las líneas que separan a Georgia de sus regiones separatistas. Y los pocos que todavía suceden, se resuelven más fácil y rápido. Esta tendencia está relacionada con la tendencia de Moscú a evitar tensiones que podrían conducir a la distracción de sus fuerzas de Ucrania”, continúa Vartanyan.

No obstante, esto no debería indicar que Moscú ya no está interesado en lo que pasa en Georgia. “En el momento en que comenzaron las protestas callejeras en Tbilisi en marzo [por la ley rusa], Moscú reaccionó rápidamente con declaraciones y lanzando ejercicios militares en las regiones separatistas. Es importante recordar que a Rusia le costará muy poco si decide desestabilizar la situación en Georgia: puede tener un número menor de soldados estacionados en las zonas de conflicto, pero están ubicados en lugares muy estratégicos”, alerta la analista.

En este momento, Georgia podría aprovechar la relativa calma que reina en la región para acercarse más a las autoridades de Osetia del Sur y Abjasia e intentar de entablar una cooperación más estrecha. Pero los analistas consultados coinciden en que lo importante es seguir manteniendo la calma, porque cualquier escalada podría destruir la paz que ha reinado, en cierto modo, durante todos estos años y puede convertirse en un punto de partido para reiniciar el conflicto.

Data Vanishvili, a los 82 años, en la frontera que divide Khurvaleti, en 2018. (David Mdzinarishvili/Reuters)

Data Vanishvili es una de esas personas que han vivido durante años un conflicto que afectó directamente a su vida, tal y como conocía desde antes de la guerra ruso-georgiana. En 2018, con un alambre de púas entre su hogar y el que había sido su pueblo desde que nació, un grupo de personas le trajo una urna para que pudiera votar en las elecciones presidenciales de ese año. Emitió su voto pasando la mano a través del alambre. Los periodistas que estaban presentes afirmaron que las púas le hicieron un corte en la mano.

Una pequeña herida que simboliza un problema mucho más grande. En el 15 aniversario de la guerra con Rusia, el nombre de ese hombre octogenario es todavía la mejor manera de representar cómo Rusia utiliza la frontera viviente entre Georgia y Osetia del Sur para recordar el conflicto que, por ahora, parece estar medio dormido.

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