Victoria

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Desde su infancia manifestó indicios de que tendría una profunda vocación materna.
Impresionaba la manera en que trataba sus muñecas y cómo las organizaba con un criterio familiar.
Papá, mamá y hermanitos eran dirigidos por ella en un entorno en que asumía el papel de lideresa del colectivo que funcionaba a la perfección.

En su adolescencia, fue de las primeras en inscribirse en el plan experimental que procuraba crear consciencia sobre los inconvenientes de la preñez prematura. A todas partes llevaba su hija postiza, a quien debía alimentar; cambiar pañales; higienizar y todas las labores propias de la crianza.

Tanto llamaba la atención la alegría que aquello le producía, que sus padres llegaron a temer que, en su hija, el experimento generara un efecto contrario al perseguido.
La aprensión de sus ascendientes se incrementó cuando la joven adquirió la capacidad de pasar de la ficción a la realidad.

Esa circunstancia, para la cual había sido preparada, vino acompañada de los dolores más intensos que puedan imaginarse.

La obligada visita al médico reveló la causa.
Era la primera vez que escuchaban esa palabra, endometriosis.
Nada le habría preocupado demasiado de no haber estado el diagnóstico acompañado de lo que, para ella, era lo peor: Resulta muy difícil embarazarse cuando se padece la enfermedad.
El pánico fue inmediato.

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No podía asimilar que la vida le privara de su mayor anhelo, tener sus hijos.
La felicidad por su matrimonio se diluía ante la incertidumbre por descubrir si el pronóstico pesimista se impondría.
Los años fueron transcurriendo y la depresión empezó a surgir.

Se afilió a grupos de mujeres en igual condición y se hizo experta en el tema.
La operaron y no hubo tratamiento al que no se sometiera. Todos fallidos.
Su última esperanza eran los mecanismos artificiales de concepción.
Después de dos intentos fracasados, al tercero se hizo el milagro. Cuidó de su regalo con el mayor esmero. Dejó de trabajar y se pasaba casi todo el tiempo acostada.

Al quinto mes hubo que llevarla a urgencias. Su esposo recibió la noticia: Tiene preeclampsia y hay que desembarazarla. Madre e hija se escaparon de la muerte. La bebé pesó dos libras, tenía inmadurez en órganos vitales y fue ingresada en UCI. La meta era superar un día a la vez. Cada semana sufría un evento hasta que empezó a mejorar a la sexta.

Victoria pasó de ser simple nombre, a hermosa realidad.

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