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El problema del poder sin contrapesos: por qué Putin nunca se irá

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El año pasado, Rusia celebró un referéndum sobre una reforma constitucional cuya intención original había sido la de permitir, eventualmente, una transición ordenada en el poder para Vladimir Putin. Sin embargo, la reforma terminó siendo poco más que una anulación de la cantidad de mandatos presidenciales que Putin puede cumplir. Expertos sugieren que este truco tan obvio se debe a que el presidente no estaba dispuesto a ser un ‘lame duck’ (“pato cojo”, expresión para referirse a los mandatarios que están en la última fase de su Gobierno) ante los ojos de la sociedad y de las élites políticas varios años antes del final de su mandato. Es posible que originalmente el presidente hubiera decidido marcharse después de 2024, pero los recientes acontecimientos en Rusia, probablemente, han dejado al país sin otra alternativa que la de su gobierno sin fin.

En los últimos años, la imagen de Putin entre los ciudadanos rusos ha pasado de ser la de un “líder nacional fuerte y justo” a una asociada con la corrupción y el amor por el lujo. Las acusaciones sobre su participación en el intento de asesinato de Alexei Navalni el año pasado le dejan sin posibilidad alguna de un futuro seguro después de la presidencia. Es poco probable que una inmunidad vitalicia contra el enjuiciamiento en Rusia o la protección proporcionada por el Servicio de Protección Federal —o, por ejemplo, un cargo simbólico en el Parlamento— le den mucha sensación de seguridad personal. Putin conoce como nadie el precio del imperio de la ley en su país. También sabe muy bien cuáles pueden ser las consecuencias de perder el poder.

Foto: El líder opositor Alekséi Navalni es escoltado por la policía tras pasar por el juzgado. (Reuters)

En tales condiciones, una transferencia de poder, incluso hacia uno de los colaboradores más leales de Putin, se ha vuelto extremadamente improbable. Cualquier reemplazo heredará los mismos poderes ilimitados de los que ahora disfruta el presidente de Rusia, lo que significa que eventualmente podrían volverse contra su predecesor. Tratar de controlar a un nuevo presidente sería demasiado arriesgado. Incluso el leal y poco carismático Dimitri Medvedev mostró periódicamente durante su breve presidencia una independencia excesiva, y eso a pesar de que Putin aún disfrutaba de un enorme apoyo popular y seguía siendo el verdadero líder a los ojos de la mayoría.

En la actualidad, el índice de aprobación de Putin lleva tiempo en un punto considerablemente más bajo y el presidente se ha visto envuelto en una serie de historias desagradables de las que no puede despegarse. Además, no cuenta con los recursos —o las ideas— para recuperar el aprecio popular de antaño. Por lo tanto, cualquier sucesor de Putin, tarde o temprano, se verá tentado a distanciarse de él tanto como sea posible, lo que significa que no estará bajo su control o influencia.

Pero, incluso si asumimos que Putin puede asegurarse una garantía férrea de inmunidad y una vida cómoda en la jubilación, ¿quién podría protegerlo si el sistema político ruso —quizás más frágil de lo que parece— permite que sus rivales ideológicos lleguen al poder?

Foto: El opositor ruso Alekséi Navalni. (EFE)

Un vistazo al espacio postsoviético revela muchos ejemplos de líderes nacionales antaño adorados y que terminaron tras las rejas. En Kirguistán, el expresidente Almazbek Atambayev acordó transferir el poder uno de sus aliados y pronto acabó encarcelado. En Armenia, el expresidente Robert Kocharian fue arrestado después de la revolución popular de 2018, a pesar de que había dejado el cargo diez años atrás.

Los intentos actuales de la oposición de organizar protestas callejeras a gran escala en Rusia harán, con toda seguridad, que Putin reflexione sobre su situación. Mientras él mismo controle el bloque de poder y la ‘nomenklatura’, puede estar seguro de que, por el bien de su propia salvación, podrá utilizar absolutamente todos los recursos y dar las órdenes que quiera. Pero quién sabe cómo se comportará el próximo presidente en tal situación. La misma idea de que el destino de Putin pueda estar en manos de otras personas le resultará profundamente desagradable e inaceptable.

La situación internacional también empujará a Putin a quedarse. Se encuentra atrapado por las ilusiones sobre una conspiración mundial contra Rusia, sobre los intentos de debilitar a su país o incluso desmembrarlo en varias partes. Eventualmente, esto se convierte en un círculo vicioso. En primer lugar, las autoridades rusas se han autoconvencido de que hay enemigos por todas partes. A continuación, comienzan a comportarse como si el resto de países fueran sus enemigos. Finalmente, tras recibir una respuesta negativa a sus acciones, las autoridades rusas sienten que sus temores se confirman: los amigos no impondrían sanciones y los verdaderos enemigos requieren de mano dura.

Foto: El presidente ruso Vladímir Putin. (EFE)

Por tanto, no hay posibilidades de distensión o de una mejora real en las relaciones con Occidente en el horizonte. Y es poco probable que, en tiempos tan difíciles para el país, el gran líder nacional, como Putin sin duda se considera a sí mismo, esté dispuesto a abandonar a Rusia. Esto significa que necesita quedarse en el poder y salvar la madre patria.

El bien engrasado sistema autoritario de retención del poder, construido por Putin, ha convertido a su creador en su rehén. Como se le dijo al Principito, “los reyes no poseen, reinan sobre“. En este caso, el rey ya no es dueño ni siquiera de su propia vida.

Fuente: El Confidencial https://www.elconfidencial.com/mundo/2021-02-19/el-problema-del-poder-sin-contrapesos-por-que-putin-nunca-se-ira_2959068/

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