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El ‘Infierno’ sin límites de la antigua Mesopotamia

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El origen de nuestra especie en el mito mesopotámico es perturbador. Fuimos concebidos para hacer los pesados trabajos que los dioses igigi se negaban a hacer para sus superiores, los anunnaki. Estos les buscaron sustitutos que los proveyesen de alimentos y servicios. Según el texto acadio Atrahasis, mezclaron la sangre de un dios con barro y modelaron a los seres humanos. Un comienzo estremecedor, al que siguió la multiplicación desmesurada y ruidosa de la especie. Harto Enlil, el dios soberano, envió una epidemia que redujera la población humana: así surgió la muerte humana y, con ella, el reino de la diosa Ereškigal, el mundo de los muertos.

En Infierno. El más allá en la Mesopotamia antigua (Aurora Dorada, 2020), Érica Couto-Ferreira narra la historia mítico-religiosa de ese lugar sin retorno. El libro recorre la geografía infernal de la Mesopotamia antigua, tierra fértil ubicada entre el Tigris y el Éufrates, donde apareció la escritura cuneiforme hacia 3.200 a.C. Desde entonces, una imponente sucesión de culturas: a partir de la sumeria, los imperios acadio, babilónico, asirio y neobabilónico, cada uno heredero de los anteriores y anegados todos en la invasión persa del siglo VI a.C. La muerte y el infierno, ¿reflejaban la estructura social mesopotámica? ¿Siempre fue el inframundo un lugar de penitencia post mortem?

Humanos al servicio de los dioses

«Con su carne y su sangre, Nintu unirá el barro. Así el dios y el ser humano estarán unidos, fusionados en la arcilla. Y desde entonces no tendremos que trabajar», relataba el Atrahasis o Poema del Diluvio. ¿Por qué mezclar precisamente barro y sangre? «El barro era la materia prima esencial en la Mesopotamia antigua», explica Erica Couto a 20minutos

«Con él se fabricaban las vasijas, las casas, incluso las tablillas sobre las que se escribía. Los seres humanos somos un producto más del barro. Desde la perspectiva mesopotámica, hombres y mujeres somos instrumentos al servicio de los dioses, creados para hacernos cargo de las tareas que les resultaban odiosas, como la agricultura y la limpieza de los canales de riego. En cuanto a la sangre, es la de un dios (dios rebelde, para ser exactos). Pudo ser por la voluntad de atribuir al ser humano un componente divino; y, también, un elemento desafiante y transgresor. Por otro lado, y siguiendo el relato acadio, con la sangre del dios se infunden a los humanos tanto el raciocinio como el espíritu, el alma, si se quiere, que pervive tras la muerte».

La epidemia como castigo

'Infierno', de Érica Couto.

EL INFRAMUNDO

De la portada del libro ‘Infierno’ (Aurora Dorada) se ha encargado Diana Calabaza Cósmica con una ilustración que lleva por título ‘Fantasmas que silban como lo hace el viento’.

Pero, creada para asegurar el bienestar de los dioses, la humanidad se multiplica y, con ella, el vocerío. Enlil, dios de cielos y tierras, no soporta el ruido. «¡No puedo dormir por el griterío! ¡Que sufran una epidemia!», ordena. «Era tal el alboroto que montaban los humanos que las divinidades decidieron enviarles hambrunas, pestes y un diluvio destructor -de aquí lo tomará la Biblia- para reducir su número», aclara la autora. «Al comprobar que estas medidas no producían los resultados esperados, los dioses optaron por instaurar otro mecanismo que limitase la esperanza de la vida de sus criaturas: y así nace la muerte del hombre».

La tragedia de morirse

En sus orígenes, el vocablo infierno hacía referencia en sentido estricto al mundo subterráneo, no se identificaba como lugar de condena. ¿Cuándo y por qué cambió su concepto? «La respuesta es muy compleja», explica Couto, «pero se podría decir que la idea contemporánea de infierno como lugar de castigo eterno emerge en las religiones monoteístas, que promueven una polarización extrema entre los conceptos de bien y mal. La religión mesopotámica era politeísta y no antropocéntrica. La creación no giraba alrededor del ser humano, que tenía bien poco de criatura elegida y creada a imagen y semejanza divina. La idea del bien y del mal en Mesopotamia tiene un fondo mucho más realista y resignado: los dioses deciden los destinos de sus criaturas y hacen y deshacen a placer. Teniendo esto en cuenta, ¿qué necesidad hay de castigar a los difuntos en el más allá? Morirse ya es suficiente tragedia».

Un país sin retorno

Ereshkigal.

‘Ereshkigal’

En el libro se incluye una ilustración de ‘Ereshkigal’, la reina del mundo de los muertos o inframundo en la cultura mesopotámica, que es obra de Virginia M. Ramos.

El infierno era un espacio remoto y de extensión sin límites. «Un lugar oscuro y silencioso donde los muertos llevaban una existencia sombría«, cuenta Couto. «No había castigos ni premios y todos los difuntos compartían un mismo inframundo. Algunos textos lo describen como una ciudad rodeada por siete murallas impenetrables, porque quien entra en el infierno ya no puede abandonarlo. La excepción a esta regla es la diosa Inanna (Ištar, en la versión acadia), que consigue librarse entregando como su sustituto en el inframundo a su prometido, Dumuzi».

Convivencia de vivos y muertos

En la Mesopotamia antigua se enterraba a los muertos en las casas o cerca de ellas, para facilitar el contacto con los vivos. «Esta cercanía física», aclara la autora, «ayudaba a que se mantuviesen los lazos familiares entre vivos y muertos en el tiempo y el espacio. La familia no solo incluía a los miembros vivos, sino también a los difuntos. De este modo, quienes fallecen habiendo dejado una familia extensa con muchos hijos pueden considerarse afortunados, ya que recibirán ofrendas abundantes de pan y agua, mientras que los que mueren solos o con una prole exigua se ven abocados a comer tierra y beber agua sucia». Tener hijos era una bendición: y no solo para los anunnaki.

Fuente: 20minutos https://www.20minutos.es/noticia/4512160/0/infierno-mas-alla-mesopotamia-erica-couto/

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