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Un Portugal paralizado por el covid-19 elige a un presidente nada ornamental

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Este domingo, hay elecciones en Portugal. El país está confinado, con récords de muertes y contagios, pero permitirá una excepción el último día de esta semana para que los portugueses elijan a quien será su jefe de Estado durante los próximos cinco años. No es una extravagancia que hasta el líder del Parlamento luso haga apelaciones de última hora para que la pandemia no les haga desistir. El cargo de presidente de la república portuguesa no es decorativo, y deja mucho margen a quien lo ocupa para que dé un toque personal al cargo, pudiendo erigirse en paradigma de lo gris y predecible o intervenir y causar dolores de cabeza al Gobierno.

Comandante supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente responde ante el Supremo en caso de cometer delitos en el ejercicio de su cargo y tiene ante sí poderes como disolver el Parlamento, nominar a un primer ministro o vetar leyes, una capacidad que en el caso de decretos del Ejecutivo no admite réplica y en el caso de normas procedentes del Parlamento sí: como mucho, puede devolverlas a la Cámara para que las reconsidere, estando obligando a promulgarlas si allí consiguen de nuevo pasar con mayoría.

Es por cuestiones como estas que un presidente puede determinar en Portugal lo plácida que puede llegar a ser una legislatura. No gobierna, pero puede hacerlo o no llevadero a quienes lo hacen. O, al menos, eso era esencialmente lo que representaba hasta que llegó la pandemia. Con el covid, se han desplegado otros poderes que la Constitución le otorga, y que no habían tenido que ser usados desde que la democracia llegó al país con la Revolución de los Claveles de 1974: declarar el estado de emergencia, el nivel de alerta más alto del país.

Foto: Una ambulancia que transporta a un paciente de covid-19 es vista en el exterior del Hospital de Santa María, en Lisboa. (Foto: Reuters)

El jefe durante la pandemia

La pandemia ha traído consigo un nuevo protagonismo para la presidencia de Portugal, que actualmente ostenta Marcelo Rebelo de Sousa, de centro derecha. Aunque se necesita el visto bueno del Parlamento para que se haga efectivo, el estado de emergencia es iniciativa del jefe de Estado luso, que no dudó frente a la primera ola e incluso presionó para que se entendiera que era inaplazable avanzar con esa medida, que tiene una duración de 15 días y se renueva en función de la situación.

Hasta que llegó el covid-19, la principal marca de Rebelo de Sousa había sido el veto de leyes. Es el presidente de Portugal que más normas ha devuelto: en total, 22, al menos hasta finales de diciembre. Su cargo se extiende hasta la toma de posesión de un nuevo mandato, el próximo 9 de marzo, y pocos creen que no ampliará sus registros.

Aun así, su imagen no es la de hombre severo, sino la de uno de los presidentes más carismáticos con los que ha contado la jefatura de Estado. Conocido como “presidente de los afectos” por su admitida afición a abrazar y besar a los ciudadanos (“Siempre he sido besucón”, ha confesado en más de una ocasión), se le ha conocido en el extranjero por ir al supermercado en bañador o rescatar a dos jóvenes en una playa el pasado verano. Él es el claro favorito para ganar las elecciones.

Foto: El presidente portugués Marcelo Rebelo de Sousa en un acto en el Monasterio de los Jerónimos en Lisboa, el 15 de febrero de 2019. (Reuters)

Entre bastidores, sin embargo, ha mostrado su faceta más estadista. Ha sido un gran apoyo y elemento estabilizador para el Gobierno del socialista António Costa, en el poder desde finales de 2015 y actualmente en una segunda legislatura, aunque también le ha dado enormes dolores de cabeza y provocado la dimisión de dos de sus ministros tras criticarlos públicamente de forma feroz. Su autoridad ante la opinión pública es tal que una pérdida de confianza del presidente puede suponer que un ministro ya no se vea en condiciones de continuar.

Rebelo de Sousa es de centro derecha y presidió el PSD, líder de la oposición, algunos años, pero es un candidato que va por libre. En Portugal, los candidatos dan un paso al frente y los partidos deciden o no si apoyan a los que son de su formación, algo que frecuentemente acaba ocurriendo, pero que no es imprescindible. En estas elecciones, se ha dado el caso con Ana Gomes, exeurodiputada socialista que no está oficialmente respaldada por su partido. António Costa no oculta que prefiere a Rebelo de Sousa en la presidencia, aunque sea de centro derecha. Y esa tensión amenaza con estallar dentro de los socialistas si, como auguran las encuestas, Gomes queda segunda.

Foto: Imagen: Irene de Pablo.

La ultraderecha, al acecho

En esta contienda por ver quién ejerce de árbitro, la alarma la ha disparado el candidato de ultraderecha: André Ventura. Ventura es líder y único diputado de Chega, un partido que entró en el Parlamento en las legislativas de 2019 con un 1% de votos, y ha conseguido con su confrontación llamar la atención durante la campaña, con sondeos que le otorgan la tercera posición tras haber lanzado arengas para remodelar y ampliar los poderes de la Presidencia y reducir el número de diputados.

Con ataques personales y desagradables enfrentamientos, se sitúa actualmente por encima de intención de voto de otros candidatos respaldados por las tradicionales formaciones: el Partido Comunista Portugués (PCP) o el Bloco de Esquerda, cuya candidata, Marisa Matias, fue protagonista del movimiento #vermelhoembelem (rojo en Belém, la sede de la Presidencia), que surgió precisamente después de que Ventura la infravalorara en un debate por usar pintalabios rojo.

Fuente: El Confidencial https://www.elconfidencial.com/mundo/europa/2021-01-22/portugal-paralizado-covid19-elige-presidente-nada-ornamental_2917832/

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