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‘Escribir se parece al hambre’: Juan Andrés Ferreira

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La voracidad del escritor uruguayo Juan Andrés Ferreira es ama y señora de su escritura, tanto que lo llevó a crear una novela de casi mil páginas, porque no podía parar de hacerlo. Como “poseído por un espíritu noble y poderoso” que lo hizo teclear sin pausa, casi en delirio, y es responsable de un libro que logró reducir a setecientas páginas, que está causando revuelo en el sur del continente y llega a las librerías del país.

Esa manifestación por las letras a la que “hay que saber escuchar, respetar y rendirle pleitesía” es la que se apropia de Werner Gómez, uno de los protagonistas, escritor venido a menos que se vende a sí mismo como un revolucionario de la literatura de cinco centavos.

Ferreira despliega su narrativa a través de una estética impregnada por la profusión de los medios electrónicos, ’emojis’, proyectos digitales, ‘posts’, chats y la imagen de Freyja, diosa nórdica de la fertilidad, devenida en computador, que produce, como hijos, cientos de palabras día tras día.

Así, el uruguayo (Salto, 1978) nos lleva por la inquieta vertiginosidad de Werner, un aspirante a genio de las letras que se diluye en la fragilidad de lo virtual pero que lo apuesta todo en su pretendida irreverencia ante el establecimiento cultural.

La trama es compartida por Luis Bruno, un periodista apocado por el abandono de su esposa y el despido del diario donde trabajaba, y cuya siguiente parada en el desastroso destino que le tocó es una clínica psiquiátrica donde los especialistas tratarán su trastorno ‘borderline’ de personalidad.

Con referencias a Kafka y Lovecraft, las hamburguesas de cadenas, los videojuegos, el fútbol, revistas y diarios de regular calidad, y personajes como Xuxa y el Peluche, Ferreira comparte con el lector su mirada sarcástica sobre las pequeñas tragedias de la vida cotidiana.

Uno de sus personajes, Werner, escribe como “poseído por un espíritu noble y poderoso” cuando “el vapor se presenta”. En su caso, ¿cómo llega ese impulso de escribir?

El vapor es un concepto que proviene de la mente de Werner, alguien que se toma el oficio de escritor y a él mismo como escritor, como algo muy serio e importante. Mi relación con la escritura, creo, es diferente. Al menos en los últimos tiempos, en mi experiencia, el deseo y el impulso de escribir ficción se parecen mucho al hambre. Pero es un engaño, porque al final no es una necesidad para nada vital. Entonces, el deseo de escribir ficción, de dedicar mucho tiempo y mucha energía a la escritura, como si realmente fuera algo vital, valioso e importante, convive con la certeza de que el oficio de escritor, como decía Bolaño, es bastante miserable y, al menos en mi caso, algo de escasa importancia. Cuando el vapor se diluye lo recupero al menos, lo intento trabajando. Y con música.

Ese ruido mental que usted apaga a través de las disciplinas orientales, ¿es meramente eso, ruido, o de alguna manera le ayuda a escribir y a construir las historias?

Apagar o al menos disminuir el ruido mental creo que es lo que en buena medida me ayuda a escribir y construir historias. Es lo que me permite tener cierta disciplina y prestar atención al momento presente. Dicho de otro modo, es lo que me acerca a la posibilidad de ser uno con lo que sea que esté haciendo, donde sea que esté, en ese instante: lavando los platos, corriendo en la rambla o escribiendo una novela. No digo que lo logre siempre. De hecho, casi nunca lo logro. Pero cuando sucede, me siento como supongo que se siente Werner cuando está poseído por el vapor.

¿Podría definirse su novela como un ‘techno-thriller’?

Guau, no lo había pensado. Creo que la novela no se ajusta demasiado a ningún género en particular. Sinceramente, no lo sé. Puede verse como una obra maximalista-localista o como una comedia amarga que transcurre en una realidad ligeramente desfasada de la que se agita por fuera de sus páginas.

¿Cómo logra traer el lenguaje multimedia a un libro impreso?

Quizás pensando de una manera “multimedia”. Supongo que tiene que ver con el hecho de vivir en esta época. El lenguaje multimedia es parte del tejido que conforma mi realidad.

Hay una presencia de imágenes que pueden llegar a ser incómodas, pero muy bien construidas desde lo narrativo (‘la carne que se descompone en una crema calentita’). ¿De dónde se nutre para crearlas?

Siempre me interesó mucho el uso de la sinestesia como recurso narrativo. Werner, de hecho, tiene un cierto grado de sinestesia. Soy un pésimo lector de poesía, pero creo que la poesía ha estimulado esas zonas de mi mente. Pienso en Rimbaud y Baudelaire.

También me atrae muchísimo el tema del olfato, a veces apenas soslayado en obras de ficción, al menos la que conozco. Desde que empecé a escribir de manera más o menos regular he intentado incluirlo, tanto en la ficción como en mi trabajo en periodismo. Si no me equivoco, eso se dio a partir de la lectura de ‘El perfume’, de Patrick Süskind.

Puedo identificar su influjo en ‘Mil de fiebre’, que también tiene la influencia de las imágenes y las sensaciones que construye China Miéville, autor del que soy muy ‘fan’. En términos olfativos, me considero una persona a veces demasiado sensible. En la construcción de esta novela hubo tramos que no fueron fáciles de escribir y me generaron reacciones físicas como arcadas o ganas de vomitar.

En cuanto a lo de la intención con ellas, identifico al menos tres fenómenos interconectados. Creo que, por un lado, quise explorar las fronteras de mi energía. Me interesaba ir con el corazón abierto y descubrir qué les sucedía a estos personajes al pasar por estas experiencias extremas, qué cimientos quedaban luego del temblor y la demolición. Tenía muy presente algo de lo que hablaba David Foster Wallace acerca de los objetivos de la buena narrativa: “Dar calma a los perturbados y perturbar a los que están calmos”. No digo que lo haya logrado, pero esa idea, esa intención, estuvo muy presente. Como también estuvieron los tres consejos de escritura de Dennis Johnson: escribe al desnudo (escribe lo que nunca dirías), escribe con sangre (como si la tinta fuese demasiado preciosa para malgastarla), y escribe desde el exilio (como si ya nunca fueses a volver a casa y tuvieses que recordar cada detalle).

En el libro uno percibe una especie de musicalidad pero, además, ritmos diferentes en cada capítulo. ¿Cómo los construyó sin que se pierda el hilo conector de las historias?

Con música. Varios capítulos de Werner fueron escritos bajo los efectos del ‘heavy metal’. Otros tramos los escribí con música ‘ambient’, rock o electrónica.

Algunos referentes de sus personajes son el fútbol, Kafka y Lovecraft, los videojuegos, la comida rápida y las drogas de diseño. ¿Cuáles son sus propios referentes?

Tengo muchos y vienen de diferentes mundos. No siempre han sido los mismos todo el tiempo, por supuesto. Franz Kafka fue mi primera lectura en serio; me partió la cabeza. Tuve una experiencia similar cuando descubrí a Roberto Bolaño, mucho tiempo después, ya siendo adulto. Y con David Foster Wallace, por quien siento adoración: ‘La broma infinita’ es uno de los libros más importantes de mi vida. Shakespeare me parece supremo; lo mismo Thomas Pynchon. Admiro a China Miéville y me fascina Georges Perec. Lo mismo Christopher Priest, Theodore Sturgeon y Ted Chiang, maestros absolutos. Me siento en deuda con dos islandeses: Snorri Sturluson y Hallgrímur Helgasson. Me encantan la oscuridad de M. John Harrison, las piruetas de Mark Z. Danielewski, los delirios de Mark Leyner, la transparencia de Kenzaburo Oé, la imaginación y el humor de Mario Levrero. Quisiera poder leer todo lo que escribe Joyce Carol Oates.

¿Cómo se enfrentó al recorte de la novela para reducirla de casi mil páginas a menos de setecientas?

Me concentré en las dos historias que creí que estaban mejor desarrolladas. Y apliqué un recorte basado en una idea simple: saqué todo aquello que no aportaba a esas dos historias. Había capítulos y tramos que parecían interesantes o ingeniosos y que, sin embargo, la novela podía sobrevivir sin ellos. Y así fue. Un montón de material está fuera de cuadro, pero está; otra buena cantidad se fue destilando, sintetizando, según el camino que la propia novela me iba a mostrando.

JUAN CAMILO RINCÓN
Especial para EL TIEMPO

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Fuente: ElTiempo https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/juan-andres-ferreira-habla-de-su-nueva-novela-mil-de-fiebre-559940

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