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‘Esta es mi novela más luminosa’: Rosa Montero

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Son pasadas las seis de la tarde en España y antes de iniciar esta entrevista a través de Zoom, Rosa Montero (1951) dice que encenderá las luces. Sabe que mientras conversemos caerá la noche y su departamento en Madrid quedaría a oscuras. Pero lo que ni siquiera habría podido imaginar cuando empezó a escribir La buena suerte (Alfaguara) es que el miedo, la enfermedad, la muerte y la incertidumbre cubrirían de sombras a su país, a Europa y al mundo. Y lo que pasaría con su novela. “Fíjate que me está escribiendo muchísima gente y me están diciendo cosas increíbles, como que les ha serenado, que les ha dado paz, que la terminan con una sonrisa en los labios”, revela. Y se pregunta cuál será el nuevo ingrediente, “pues normalmente mis novelas son de supervivientes”.

Autora de Bella y oscura, La hija del caníbal, El corazón del tártaro, El peso del corazón y Los tiempos del odio –las dos últimas protagonizadas por Bruna Husky–, entre una quincena de novelas, la exitosa escritora y también destacada periodista madrileña habla de las circunstancias en las que escribió La buena suerte, de los temas que trata, de los personajes, de la ‘carpintería’ e incluso de su final esperanzador, pero se pone en alerta ante una pregunta relacionada con la profesión del protagonista, Pablo Hernando. “En algunos sitios se ha dicho, pero contra mi voluntad –afirma–, porque el libro es un artefacto de relojería, su profesión no se sabe hasta el sexto capítulo, y de hecho, no es banal, para nada”.

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Al comienzo sabemos que es un hombre de mediana edad, algo descuidado en su aspecto físico, pero atractivo; que viaja solo con un maletín de cuero, apenas levanta la vista de su portátil e intempestivamente se baja del tren nocturno que va de Madrid a Málaga.

Una imagen de la vida real

“Esta es la única novela, de todas las que he escrito, que sé exactamente la fecha en que surgió lo que yo llamo el ‘huevecillo’, que es la primera imagen que se te mete dentro, que te emociona y que te hace contar y seguir escribiendo”, señala Montero. Y cuenta que fue exactamente igual que como empieza la novela: “Yo iba en un tren de alta velocidad, en ese mismo AVE, a un club de lectura de un pueblo que está cerca de Málaga. Iba escribiendo en el ordenador y de repente el tren se paró en un sitio que no era una estación, sino como entre estaciones y, como mi personaje, levanté la cabeza y vi ese paisaje espantoso, que era como una zona urbana, industrial, deteriorada, hecha polvo. Y justo, pegado a la vía, estaba un balconcito de una segunda planta con los barrotes oxidados y ese cartel escrito a mano que decía ‘Se vende’, y un teléfono. Se me encogió el corazón, porque dije Dios mío, no lo va a comprar nadie”.

Y entonces, continúa, “con esta cabeza rayada que tenemos los escritores, se me ocurrió: ‘y si hubiera un personaje que de repente ve esto en un tren, se baja en la siguiente estación, regresa, compra ese apartamento horrendo, se encierra ahí, no llega nunca a destino, desaparece’. Y eso me emocionó tanto que cuando llegué al club de lectura se los conté y les dije ‘estoy segura de que va a ser el comienzo de una novela’. Fue el 29 de abril de 2017”.

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Las novelas de Rosa Montero siempre nacen así, “de una imagen que aparece un día en tu cabeza, de manera autónoma, tan autónoma como los sueños por la noche, y de repente te emociona tanto o te turba tanto que necesitas compartirla, contarla y seguir desarrollándola”. Pero esa es solo la chispa inicial. “Yo no sabía ni siquiera si era un hombre o una mujer quien se bajaba del tren, y por qué se bajaba; para mí era el mismo enigma que supone para los lectores. Así que he tenido que recorrer el mismo camino, solo que yo tardé tres años y ellos lo hacen en dos días”, afirma entre risas.

En enero terminó lo que ella llama el ‘borrador de trabajo’, que es el libro casi terminado, “cuando no sabíamos nada de la pandemia todavía”. Sin embargo, advierte muchos ecos. Cuidándose de no ‘destripar’ la novela, profundiza en el más importante: “El personaje ha sufrido una catástrofe personal, un apocalipsis inesperado que le ha destruido la vida.

“Para mí el humor es una herramienta intelectual importantísima para el reconocimiento y la descripción del mundo; es algo esencial”.

Cuando se baja de ese tren, se baja de su vida. Esa sensación de que nos ha caído encima una pena inesperada que nos ha desbaratado la vida es la que tenemos todos ahora. Así que ese viaje que hace el personaje es el mismo que estamos haciendo todos”.

Pablo Hernando viene de un ambiente madrileño refinado, culto y glamoroso del que llegó a ser parte gracias a su esfuerzo y talento. Y en el que su físico calzaba perfectamente. No así en Pozonegro, donde trata de pasar inadvertido, no relacionarse con nadie, pero llama la atención de inmediato. No busca una nueva vida. Más bien es como si hubiera sido expulsado de la propia.

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Pero también hay un pasado remoto que lleva sobre la espalda, el de una infancia de abandono y maltrato, sobre la cual vuelve con frecuencia. Y con la que explica su miedo al amor. “Walt Whitman tiene un verso precioso que dice que el niño es el padre del hombre, o sea, cómo lo que has sido de niño te va a condicionar a lo que seas de mayor. Y yo he escrito varias novelas contra esa frase; esta es una de ellas. Creo que es verdad que la infancia te llena la mochila de piedras, pero aun así puedes escalar el Everest”, afirma con convicción.

Entonces, aparece Raluca, una vecina parlanchina y extrovertida. Y linda, aunque al principio Pablo ni siquiera la ve. Su niñez también fue de abandono, pero en ella “la felicidad es un hábito”, dice la novela. “Raluca era coprotagonista, pero tenía un espacio pequeño y de repente empezó a crecer y crecer. Aunque no es la protagonista, para mí es el personaje esencial que cambia la vida de todos. Ella llena de luz el mundo”, dice.

Y encarna la ‘buena suerte’…

Exacto. Cuando escuché a Raluca, mentalmente, en la época en que tomó notas, la tía se comió la novela, y cambió el título, que antes iba a ser ‘El silencio’. Es el parlamento en el que ella hace un relato de su vida, con tanta inocencia, por un lado, pero con tanta sabiduría también, sabiduría emocional. Entonces cuando la escuché decir eso me enamoré de ella, y todo el mundo se enamora de ella.

¿No se resiste cuando un personaje empieza a crecer así?

No, no, en absoluto. Al contrario, Julio Ramón Ribeyro decía que una novela madura exige la muerte del autor. La muerte del yo consciente. Es un aprendizaje muy largo; hay que dejar que te atraviese la historia. Y de verdad que te sientes como un médium. Si realmente logras borrarte, escuchas a los personajes. Lo que sí controlas, y vas aprendiendo, es la carpintería de la escritura. Pasar a la novela todo eso que da vueltas y que en tu cabeza es precioso y tiene luz, sonido, ritmo, y tal. Ahí está lo que sí sabes, los recursos que sí controlas. Pero esos recursos son para hacer que lo que ha dicho Raluca en mi cabeza quede bien en la escritura y que la gente se lo crea. No para hacerle decir lo que ella no quiere decir.

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Lo clave de la belleza

La novela también reflexiona sobre el arte, la creación, la belleza. “La belleza ayuda a curar el dolor del mundo”, se lee. “Y yo lo creo –afirma–. O sea que hay una relación directa entre belleza y una mejor manera de insertarte en la vida y superar el dolor, y entre fealdad y violencia y dolor rabioso”. Y más aún, “es un libro sobre el bien y el mal, el Mal con mayúsculas –dice–, ese mal que no podemos entender, que no nos cabe en la cabeza, que nos vuelve locos”.

El mal, por ejemplo, que se le hace a un ser indefenso. A través de Pablo conocemos –o recordamos– los horrorosos e impactantes casos policiales de maltrato a niños. El protagonista los ha leído en la prensa.

“Yo creo que no hay un ejemplo mayor del mal absoluto que el de esas familias, esos padres y esas madres, que en vez de ser nido y refugio, han violado, torturado y asesinado a sus propios hijos. Ese horror, además, es un infierno cotidiano que está oculto bajo el silencio y bajo el encierro de los hogares; es el infierno que tal vez tienes al otro lado del muro de tu casa, que a lo mejor intuyes y no quieres enterarte. Eso también dice la novela, que no puedes permitir que el mal campeé sin implicarte”.

¿Desde el principio vio suspenso e intriga en la novela?

Bueno, no es un thriller al uso, aunque hay policías, delitos y delincuentes, pero la intriga es sobre todo existencial. O sea, el misterio que nos atrapa es por qué la gente hace las cosas que hace. Por qué ese tipo está ahí, qué le pasa, por qué se queda, quién es. Es un enigma existencial. Cuando pensé en la novela, ya venía con su intriga.

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Hace unos meses que La buena suerte está disponible en España, y los lectores han hecho reflexionar a su autora. “Normalmente mis novelas son de supervivientes, pero como me ha escrito muchísima gente, me he puesto a pensar qué ingrediente puede tener distinto de otras novelas mías. Y creo que, aparte de la fuerza de Raluca, es que no elude ni el mal ni el dolor. Es una novela que termina diciendo ahí está el mal, el mal existe, el dolor existe; no se va a acabar ni el mal ni el dolor, pero pese a ello, tenemos la posibilidad, la capacidad, incluso te diría que la obligación de ser felices. Es la novela más luminosa que he escrito en mi vida”.

Y a pesar del dolor, también hay humor…

Todas mis novelas tienen sentido del humor; para mí el humor es una herramienta intelectual importantísima para el reconocimiento y la descripción del mundo; es algo esencial. Y esta, a pesar de que trata esos temas tan terribles, tiene también muchísimo sentido del humor. Es que no concibo el mundo sin humor, porque la vida es más una tragicomedia que una tragedia.

¿Qué desafíos le planteó esta novela respecto de la escritura?

Escribir una novela es como picar piedra, es un trabajo tremendo, somos los obreros de la literatura, pero yo llevaba tres libros antes de este en los que me sentía muy al mando de los recursos carpinteros. Habitualmente en una novela tienes momentos de desesperación, de pérdida, de duda enorme, en que dices ‘estoy escribiendo una mierda, a quién le interesará esto’. En esas tres ya no; tenía una sensación de sosiego con respecto a lo que estaba haciendo. Con esta he vuelto a ir para atrás y a tener los ataques de angustia. Es una historia muy extrema que, sin embargo, se lee como si fuera cotidiana, y ¡la gente se reconoce en ella! Me he pasado momentos de mucho agobio, pero ahora estoy contentísima, porque cuando haces retos grandes y crees que los consigues, pues la verdad es que la satisfacción es mayor. Ahora tengo la sensación de que es una de mis mejores novelas.

MARÍA TERESA CÁRDENAS M.
EL MERCURIO (CHILE)

Fuente: ElTiempo https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/rosa-montero-habla-de-su-nuevo-libro-la-buena-suerte-549070

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