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‘El niño que señala’: prólogo de Juan Manuel Santos al libro de Vladdo

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Uno de los cuentos que mejor reflejan la obnubilación y la vanidad del poder es, sin duda, El traje nuevo del emperador del genial Hans Christian Andersen. Como muchos saben, esta es la historia de un rey que vivía pendiente de la moda y que una vez fue engañado por un par de trúhanes que, fingiendo ser sastres, le ofrecieron hacerle un vestido con una tela maravillosa que tenía una cualidad mágica: era invisible para las personas estúpidas o ineptas para ocupar sus cargos. 

(Lea también: ‘Esta es mi novela más luminosa’: Rosa Montero).

Cuántas veces quienes ejercen o hemos ejercido posiciones de autoridad no hemos caído en esta absurda situación. Si preguntamos a nuestros asesores cercanos, al apretado círculo del poder, todos –más preocupados por sus puestos que por otra cosa– nos manifiestan su acuerdo con nuestras posturas, aunque no sean las mejores, y nos ayudan a confirmarlas y justificarlas. Así caminamos ciegos en medio de la cápsula invisible de las adulaciones, bajo el riesgo constante de cometer graves errores. Por eso es tan importante el papel de la prensa y, dentro de ella, de los caricaturistas, expertos en señalar al poderoso con su dedo –que no es otra cosa que su lápiz de dibujo– y recordarnos que muchas veces, por muchos trajes que pretendamos lucir, “no llevamos puesto nada”.

Más que reprocharles su franqueza, lo que deberíamos hacer es reírnos –antes que nada de nosotros mismos– y agradecerles. Porque su labor fiscalizadora, mezcla de sátira y exageración, cumple con dos funciones catalizadoras para las personas en el poder y también para la sociedad. Para los primeros, es como una ducha de agua fría que los mantiene alertas y despiertos, pues delata con agudeza sus flaquezas y metidas de pata. Para la sociedad, es una válvula de escape que da salida de una manera ingeniosa a aquello que los ciudadanos piensan y muchas veces callan o no saben cómo expresar.

(De su interés: Aumenta la distancia entre el expresidente y el embajador en EE. UU.).

De ahí que la caricatura política tenga tanta acogida en los lectores de periódicos y revistas. Porque tiene, además, la característica de la síntesis. En unos cuantos trazos y unas pocas palabras –si es que las usan–, resumen discusiones o situaciones complejas que a los escritores les tomarían varias cuartillas. Yo me encuentro dentro de esa mayoría de lectores de prensa que lo primero que buscan, antes de adentrarse en las elaboradas editoriales, son las caricaturas. Y casi siempre me dejan con una sonrisa, cuando no con una reflexión y muchas veces –cuando me pintan– con una autocrítica. Y como desde niño he vivido por dentro el mundo del periodismo, sé que es menos grave pelearse con un columnista que con un caricaturista. Lo dicho en una columna pocas veces sobrevive el paso de los días, pero la imagen de la caricatura queda por años instalada en la memoria. Es más, si me ponen a escoger, yo diría que el mejor “columnista” de Semana es Vladdo y de EL TIEMPO es Matador –y eso que el primero es ahora también columnista escrito y el segundo, panelista en programas de opinión–. Uno puede dejar de leer muchos textos, pero es imperdonable perderse las editoriales gráficas de estos y otros artistas de la opinión, herederos del oficio de maestros tan recordados como Rendón, Pepón, Timoteo o Chapete.

En el caso de Vladdo, autor de estas caricaturas que han trascendido el ámbito local para tocar temas internacionales, muchas de las cuales han sido publicadas en la página de la reputada Deutsche Welle, debo decir que no me he escapado –como no lo han hecho mis predecesores ni mi sucesor en la presidencia– de sus punzantes críticas. Y las he recibido como lo que son: llamadas de atención o, mejor, el dedo revelador del niño en el desfile del rey. La gran mayoría de las caricaturas que él y otros de sus colegas me hicieron durante mi mandato –y que me siguen haciendo ahora como expresidente– las recorta y colecciona mi señora María Clemencia. Y debo decir que nos divierte y alecciona mucho revisarlas de vez en cuando. Es más: en una subasta de obras de arte que hubo para apoyar una causa benéfica de la Fundación Matamoros, yo me hice a una pieza que hoy adorna mi casa: un cuadro de Aleida, el entrañable y punzante personaje femenino de Vladdo, con esta leyenda: “El papel lo aguanta todo, pero el corazón no”.

(Le recomendamos: ‘Esto que viene se llamará Semana, pero no es Semana’: Vladdo).

Con Vladdo, como con otros muchos colombianos, por encima de cualquier diferencia de criterio, nos ha unido una causa superior, y esa causa es la paz. Desde su atril de dibujante, Vladdo ha sido un defensor de la búsqueda de la paz a través del diálogo y un contradictor incisivo de aquellos nostálgicos de la guerra que quisieran devolver el reloj de la historia. Hoy me siento honrado por presentar este nuevo libro suyo, así como en 2018, siendo aún presidente, lo acompañé en el lanzamiento de sus 101 retratos havladdos. Eso no lo hace a él santista –gracias a Dios–, un movimiento que para mi fortuna no existe ni existirá, pero sí me sirve para ratificar mi admiración por su trabajo y mi convicción en que solo una prensa libre puede sustentar una democracia verdadera.

JUAN MANUEL SANTOS

Fuente: ElTiempo https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/prologo-de-juan-manuel-santos-al-nuevo-libro-de-vladdo-548963

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