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Sin cuarentena a la vista

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El miércoles pasado se cumplieron ocho meses desde cuando el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró que el covid-19 debía ser caracterizado como una pandemia. Por tal fecha, las cifras ya preocupaban al planeta entero: 118.000 casos conocidos en 114 países, que para la fecha dejaban un saldo de 4.291 personas fallecidas.

A pesar de que en ese entonces los pronósticos de los epidemiólogos planteaban escenarios inquietantes, más de uno pensó que los cálculos exageraban. Si bien las previsiones más pesimistas no se cumplieron, resulta indiscutible que el campanazo de alerta estaba justificado a medida que el mundo se acerca ahora a 700.000 casos y 10.000 muertes diarias, mientras que los acumulados pasaron de 54 y 1,3 millones, respectivamente.

Como es bien sabido, en las últimas semanas ha tenido lugar un fuerte repunte en ambas estadísticas. El salto refleja lo ocurrido en el hemisferio norte pues, tal como se anticipó desde un comienzo, la llegada de las bajas temperaturas vino acompañada de un incremento en los contagios, como ha ocurrido en Europa y América del Norte.

En respuesta, varias naciones del Viejo Continente retornaron a una medida que muchos consideraron indeseable: los confinamientos obligatorios. La lista es larga e incluye a Irlanda, Holanda, Alemania, Francia, Italia, el Reino Unido, España y Bélgica, entre otros.

La respuesta de Estados Unidos es ambivalente, a pesar de que hay una explosión de casos positivos. Si bien la tendencia es creciente en 49 de los 50 estados y 16 rompieron el récord de enfermos en una sola jornada el viernes, solo un puñado de territorios como Nuevo México o Dakota del Norte han optado por limitar la movilidad al máximo.

Aun así, todo apunta a que retornarán las restricciones de manera más general, pues la cercanía del Día de Acción de Gracias a finales de noviembre –cuando millones viajan a visitar a sus familiares– preocupa a los expertos. La perspectiva de una temporada navideña combinada con una emergencia sanitaria y hospitales copados desvela a los observadores.

Y los interrogantes también están presentes en otras latitudes. En Colombia, sin ir más lejos, comienzan a subir de tono las voces que pronostican lo peor. Una expresión coloquial que se repite con mayor frecuencia es la de “nos van a encerrar en diciembre”.

Hablan los datos

Ante semejante afirmación, la respuesta simple es no. La probabilidad de una cuarentena estricta de alcance nacional en las condiciones presentes carecería de sentido, y ese ha sido el mensaje central de los funcionarios del Gobierno en varias intervenciones.

La explicación principal es una. Dado que la evolución de la pandemia ha ido a ritmos distintos en las regiones, se adoptó una estrategia de aislamientos selectivos y focalizados. En pocas palabras, las restricciones aplican en ciudades y actividades específicas, como sucede en Antioquia o Boyacá durante este puente.

Lo que muestran los datos es que hay, por lo menos, cuatro estados distintos de evolución de la epidemia en Colombia. Por una parte, están las ciudades donde hubo un pico elevado y un descenso consolidado, como Leticia, Tumaco, Quibdó, Barranquilla y Cartagena.

En otro grupo están las poblaciones donde se presentó un pico y un descenso moderados, y donde la curva adquiere forma de meseta, como ha sido el caso de Cali, Villavicencio o Bucaramanga. Para Bogotá la mejoría ha sido más pronunciada, pero el Distrito lleva semanas estancado en un escalón alto.

Un tercer conjunto es el de urbes que están al alza (o en una nueva ola), como Yopal, Neiva, las capitales del Eje Cafetero y las poblaciones del valle de Aburrá; y el último grupo es el de municipios dispersos de bajo contagio, que suman varios centenares.

Considerando la presencia de cuatro realidades distintas, no tiene ningún sentido hacer tabla rasa, aunque vale la pena hacer una advertencia. La negativa parte de un supuesto clave: que la gente seguirá respetando las consignas del autocuidado, que incluyen uso de tapabocas, lavado de manos y distanciamiento social.

Porque así suene a historia repetida, el virus no ha dejado de circular. Aceptando que las esperanzas de dejar atrás este difícil periodo crecieron significativamente esta semana tras la confirmación de que al menos una de las vacunas que se están ensayando cuenta con un elevado índice de efectividad, pasarán muchos meses antes de que comiencen las inoculaciones masivas.

A orillas del Sinú

En el entretanto, en varios lugares del país acabará ocurriendo algo similar a lo observado en Montería. Un manuscrito de carácter científico escrito por Salim Mattar de la Universidad de Córdoba y otros académicos acaba de revelar que la inmunidad de rebaño se encuentra mucho más cerca de lo que podría pensarse, al menos en esa capital.

La conclusión parte de una encuesta serológica que nació de la toma de muestras hechas en forma aleatoria en los barrios de la ciudad. El proceso –adelantado con los protocolos y el rigor necesario– encontró que el 55 por ciento de los habitantes del municipio había estado o estaba contagiado de covid-19.

Puesto de otra manera, en lugar de los 12.226 casos identificados a mediados de octubre cuando se hizo el trabajo de campo, los investigadores calculan que hasta 275.000 individuos habrían sido infectados por el coronavirus en ese momento. Bajo esos parámetros, la tasa de fatalidad sería de 0,26 por ciento y no del 5,7 por ciento, como en ese momento mostraban las cifras publicadas.

El ejemplo de la llamada perla del Sinú confirma que hay una enorme subrepresentación del verdadero número de afectados por el mal. Revistas tan serias como The Economist han mencionado que la cifra real sería al menos diez veces más grande en el ámbito global.

Un panorama más claro para el territorio colombiano empezará a aparecer en cuestión de días, a medida que se conozcan otros estudios de seroprevalencia ya adelantados en Leticia, Barranquilla, Medellín y Bucaramanga, a los cuales se sumarán Cúcuta, Villavicencio y Bogotá. En privado, hay funcionarios que piensan que en las áreas urbanas principales la tasa de contagios oscila entre 40 y 50 por ciento, en promedio.

Lo anterior implica que en lugar de casi 1,2 millones de casos confirmados habríamos superado con creces la cota de los diez millones. El motivo del desfase entre una cuenta y otra es que la gran mayoría de los afectados son asintomáticos, por lo cual buena parte no sabrá nunca que albergó el virus.

Y si bien los test no entregan la foto completa, permiten hacer inferencias que se suman a los registros de hospitalizaciones y fallecimientos. La mezcla de esos criterios permite concluir que, para hablar con nombre propio, en Pasto o en todas las capitales de la costa Caribe la incidencia de la pandemia es mucho menor ahora porque tantos dejaron de ser vectores de contagio.

Ante dicha impresión, habrá algunos que quieran bajar la guardia. A fin de cuentas, la inmunidad colectiva se alcanza cuando del 65 al 70 por ciento de una comunidad ya ha sufrido el mal y la enfermedad desaparece de manera natural, por lo cual no faltaría tanto para llegar allá.

Mejor prevenir

En la práctica, las cosas no son tan sencillas. Para comenzar, porque el coronavirus no se ha distribuido de manera homogénea en todas partes ni en los distintos grupos de la población.

Tal como sucedió en otros lugares, la primera ola se ensañó en contra de segmentos específicos más vulnerables al contagio. En Nueva York, para citar un ejemplo emblemático, afroamericanos e hispanos fueron los más golpeados en abril debido a que estaban obligados a salir a la calle por razones laborales o por compartir su vivienda con grupos más grandes.

De vuelta a Montería, la capital cordobesa se caracteriza por sus elevadas tasas de pobreza, informalidad y hacinamiento. Como consecuencia, en algunas zonas la tasa de contagio observada fue superior al 80 por ciento, mientras que en otras apenas llegó al 15 por ciento.

Lo que explica semejantes diferencias es el nivel de ingreso. Dicho de manera descarnada, los pobres en Colombia han sido víctimas del covid-19 de manera más que proporcional.

Según las estadísticas disponibles, el 93 por ciento de los contagios identificados –y 95 de cada 100 fallecidos– pertenece a los estratos uno a tres. En contraste, quienes están en la parte más alta de la pirámide son más propensos a desempeñar una labor que les permite teletrabajar y aislarse con más facilidad.

Sin embargo, esa protección relativa termina cuando se olvida la prudencia. Uno de los picos más notorios, tras el comienzo de la etapa de aislamiento selectivo que arrancó el primero de septiembre, tuvo lugar dos semanas después del periodo de receso escolar, cuando miles de personas salieron de vacaciones.

Y aunque las cifras no son de la misma magnitud, los datos muestran que en las mediciones más recientes los enfermos que pertenecen a los estratos cuatro a seis vienen en franco aumento. Quienes saben del asunto señalan que los mecanismos de transmisión son conocidos y comienzan con jóvenes que asisten a fiestas o paseos, sin los cuidados del caso.

Una vez el mal comienza a circular entre un conjunto de individuos, no diferencia entre el nivel de patrimonio de sus víctimas. En lugar de la chequera, el mayor factor de riesgo es la edad, como lo demuestra que casi la mitad de los decesos corresponde a personas de más de 70 años.

Por ese motivo, un error que se puede pagar con la vida es creer que el peligro quedó atrás. Las advertencias de las autoridades se encuentran justificadas y más para un país que está a un mes de comenzar la época de novenas, Navidad y celebraciones de fin de año.

Entre los elementos que inspiran algo de tranquilidad está el crecimiento de la infraestructura hospitalaria, que incluye más de 11.000 camas en unidades de cuidado intensivo, el doble frente a lo que existía en marzo. Al mismo tiempo, la letalidad viene bajando, entre otros motivos porque hay tratamientos más efectivos que en un comienzo.

Adicionalmente, la estrategia de Pruebas, Rastreo y Aislamiento Selectivo Sostenible (PRASS), aunque lenta, se fortalece paulatinamente. La idea con esta es, justamente, evitar cierres masivos. El propósito es ubicar y aislar rápidamente a los contactos estrechos de casos confirmados, garantizándoles su sustento, bien sea porque los empleadores deben facilitarles el trabajo en casa, o porque las EPS o ARL deben pagar las incapacidades, o porque el sistema de seguridad social debe dar a la familia una compensación por aislamiento.

Pero más allá de lo construido, no hay duda de que es obligatorio redoblar esfuerzos, justo cuando la opinión quisiera dejar atrás el mal recuerdo de estos meses y retomar la normalidad perdida. Sin duda al Gobierno le corresponde corregir algunas fallas, presionando a aquellas alcaldías que no hacen la tarea de seguimiento o definiendo una estrategia más robusta para la consecución y distribución de las vacunas que funcionen.

Sin embargo, es sobre todo a la ciudadanía a la que le corresponde comportarse. Tan solo el buen uso de la mascarilla reduce dramáticamente la probabilidad de un contagio, para no hablar de la necesidad de evitar aglomeraciones. Ojalá los promotores del día sin IVA o de las marchas del 21 de noviembre recuerden, entonces, que las luces de alerta siguen encendidas.

Porque, aunque no haya cuarentenas a la vista, el costo de actuar en forma irresponsable es incalculable. Colombia ya ha pagado un alto precio en estos meses. De todos depende que esa factura no siga subiendo.

RICARDO ÁVILA
ANALISTA SENIOR
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

Fuente: El Tiempo https://www.eltiempo.com/economia/sin-cuarentena-a-la-vista-analisis-de-ricardo-avila-sobre-coronavirus-en-colombia-549109

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