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¿Por qué a unas naciones les va mejor que a otras?

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Pocas personas son tan influyentes en el pensamiento actual como Daron Acemoglu, nacido en Estambul (Turquía) hace 53 años y actualmente profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en los Estados Unidos. Aunque se ha dedicado a temas como crecimiento, capital humano o empleo, su mayor notoriedad está en el campo de la economía política y en su análisis sobre las instituciones para explicar por qué a unas naciones les va mejor que a otras.

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Junto a su colega James Robinson, de la Universidad de Chicago, es el autor de ‘¿Por qué fracasan los países?’ y ‘El pasillo estrecho’, este último publicado el año pasado y escogido por el ‘Financial Times’ como uno de los mejores libros de 2019.

Amplio conocedor de Colombia, que aparece de manera repetida en sus textos, es el invitado estelar del Congreso de Asofondos que tendrá lugar esta semana. Desde su casa, cerca de Boston, habló con EL TIEMPO.

Según las estadísticas disponibles, ayer los contagios atribuibles al covid-19 pasaron de 50 millones en el mundo. ¿Cuál es su reacción?

Que estamos atravesando por una época terrible. Tantas pérdidas de vidas humanas a escala global, algo que habría podido evitarse en buena parte, es algo lamentable. Los países que usaron estrategias adecuadas para contener el virus nos demuestran que el desenlace no tenía que ser este.

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¿Qué consecuencias va a tener lo sucedido?

El mayor impacto es que el virus es un acelerador de cambios existentes, porque la foto que venía de atrás no era de color rosa. Vimos surgir grandes desafíos en América Latina, en Norteamérica, en Europa o en Asia.

¿De qué tipo?

Tanto económicos como políticos. Desde el punto de vista de la economía eran notorias las dificultades para crear una prosperidad compartida por todos. A pesar de las sorprendentes innovaciones tecnológicas o de la globalización, no había mucho para mostrar. Y políticamente, ya era claro que la democracia está en problemas, debido al descontento de la gente que no se ha beneficiado del crecimiento. A eso se le puede agregar el papel de las redes sociales o la desinformación. Para completar, está el espectro del nacionalismo, que viene en aumento en todas partes.

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También está el populismo, como el que vemos en Latinoamérica…

Así es. Aunque en este punto vale la pena preguntarse si lo que hay es una continuación de lo de antes o algo nuevo. Por ejemplo, lo de Brasil es muy particular pues tiene claras similitudes con Trump, incluyendo su sello nacionalista. Por otro lado, el caso de México encaja dentro de un modelo populista más tradicional. En cualquier caso, tanto Bolsonaro como López Obrador son peligrosos porque amenazan cualquier avance institucional que esos países hayan tenido a lo largo de las décadas pasadas. Pienso que ellos representan buena parte de los desafíos que encuentra la democracia en la región.

Las protestas populares del año pasado señalaban que había un descontento…

Creo que mucho de ese descontento estaba justificado. El caso de Chile es claro porque es evidente que no obstante la disminución de la pobreza, existe una gran desigualdad en una sociedad que es muy jerárquica. Por eso es tan importante proveer mejores servicios, mejores prospectos y mejores oportunidades a la gente, para que el terreno no les quede abonado a los populistas. Y eso quiere decir mejorar las instituciones, que consiste en hacerlas funcionar con los ciudadanos en mente.

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El mayor impacto es que el virus es un acelerador de cambios existentes, porque la foto que venía de atrás no era de color rosa

En los libros que escribió con James Robinson, como ‘¿Por qué fracasan los países?’ o ‘El pasillo estrecho’, aparece repetidamente Colombia. ¿Por qué?

Bueno, tiene un papel menos prominente en el segundo. Pero la verdad es que Colombia es una especie de caso emblemático con respecto a las extraordinarias oportunidades que tiene América Latina que se frustran por los problemas institucionales. Solo basta con darse cuenta de la manera como el Estado falla en Colombia: no puede aumentar los impuestos, no cuenta con suficientes ingresos, en muchos municipios no se encuentran servicios públicos esenciales y no puede ni siquiera gravar a los más ricos. A pesar del acuerdo con la guerrilla, la violencia no se encuentra bajo control. Y eso contrasta con otra realidad que es la de las grandes ciudades, en donde se notan los avances y hay mucha energía, mucha gente educada.

¿Cuál es el desafío, entonces?

La pregunta central es si se le pueden ofrecer las mismas oportunidades que tienen los ciudadanos privilegiados al resto. Mi respuesta es que no veo ni a este gobierno, ni al de antes ni a los anteriores haciendo un verdadero esfuerzo al respecto. Y eso no se puede hacer si no se suben los impuestos, mejora la educación, mejoran los servicios públicos, mejoran las carreteras, mejora la salud, se controla la violencia y se les da una mejor calidad de vida a los millones de personas que no tienen acceso a los mercados y están atrapados en la pobreza.

¿Eso es más urgente ahora?

Sin duda alguna. De ahí nace mi planteamiento de que el covid-19 es un acelerador porque el descontento y la alienación que los ciudadanos colombianos sienten frente a su sistema democrático pueden crecer ahora.

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¿Cómo construir consensos para adelantar reformas en un ambiente de polarización?

Lo primero que hay que entender es que el consenso no consiste en que el 100 por ciento de la gente esté de acuerdo. No lo hubo en el Reino Unido de la posguerra, cuando se diseñó el estado de bienestar; no lo hubo en los años 30 del siglo pasado en Suecia, cuando se hicieron grandes reformas sociales; no lo hubo en Estados Unidos cuando Lyndon Johnson puso en marcha programas claves para combatir la pobreza. Pero sí existió un gran respaldo de la mayoría de la población y no se trató de un asunto sectario.

¿Tiene que ver eso con la necesidad de liderazgo?

En buena parte, sí. El liderazgo es un requisito para construir una coalición amplia, una nueva visión. Pero nadie ha sido capaz de hacer eso recientemente. De tal manera que la esperanza es que surja una forma distinta de analizar los problemas y articular las soluciones que lleven a que la gente se junte en torno de propósitos comunes.

¿Hay algún ejemplo que le venga a la cabeza?

Bueno, en el libro ‘El pasillo estrecho’ traemos uno de Colombia que es edificante: el de Antanas Mockus, quien logró aglutinar a mucha gente distinta para resolver los problemas de Bogotá cuando fue alcalde. Eso lo hizo no solo mejorando los servicios públicos o fortaleciendo el poder local, sino mejorando la manera en la cual la sociedad se sintió a cargo de los asuntos estatales en la ciudad.

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¿Eso es replicable?

Es más fácil decirlo que hacerlo, y los obstáculos que encuentra un alcalde son menos que los de un presidente. De manera que lo que procede es aprender de esa experiencia, no necesariamente emularla. No existe un libreto que se pueda seguir.

¿Cómo puede convertirse esta crisis en una oportunidad?

Aquí juega la parte del liderazgo, en el sentido de que la pandemia sea un acelerador para lo bueno y no para lo malo. La emergencia actual reveló que el sistema es insostenible y mostró con más claridad sus fallas. Ha dejado en claro que necesitamos una democracia mejor. En Estados Unidos y Europa salta a la vista que el enorme poder de ciertas empresas, especialmente de los gigantes de la tecnología, es realmente una amenaza para cada aspecto de la sociedad.

Las herramientas tecnológicas también pueden servir mucho en la construcción de una prosperidad futura

¿Existen razones para ser optimistas?

Sí, pero no un optimismo ciego. Contamos con fortalezas que deberíamos recordar. Primero, hay múltiples ejemplos, tanto de los países ricos como de los emergentes, de cómo en el pasado crisis profundas generaron acciones de política correctas. Segundo, en relación con la realidad de tiempo atrás, la democracia tiene raíces mucho más profundas. Para citar un caso, si Bolsonaro hubiera llegado al poder hace 50 años, es probable que habría acabado con la democracia brasileña. Colombia, a pesar de sus imperfecciones, está mejor, y México enfrenta problemas, pero no tan serios como estar gobernado por el PRI. Todo eso quiere decir que hay más armas en el arsenal para combatir un deterioro.

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¿Y la revolución de las comunicaciones?

No discuto que le cabe responsabilidad en nuestros problemas actuales: avalancha de información, noticias falsas magnificadas por las redes sociales, el fisgoneo de los gobiernos y la manipulación. Pero las herramientas tecnológicas también pueden servir mucho en la construcción de una prosperidad futura. Contamos con instrumentos para lograrlo, pero volvemos a lo mismo. ¿Podemos encontrar la coalición correcta, la visión y la manera de movilizarnos para conseguir algo mejor?

Todo esto se mezcla con la cuarta revolución industrial y sus presiones sobre los mercados de trabajo…

Es incuestionable que aquí hay muchas facetas, que requieren respuestas también múltiples. En el centro de todo debería estar el fortalecimiento de la democracia, pero también el direccionamiento del cambio tecnológico. Debemos ser capaces de usar el ingenio humano para crear oportunidades de empleo, buenos trabajos y mejorar la productividad. El impacto de la automatización o de la inteligencia artificial ya se siente en los países desarrollados y se va a sentir con mucha fuerza en América Latina, que debería prepararse.

¿Cree que la globalización va a seguir?

Hay muchos tipos de globalización. Si se trata de aquella en la que el capital puede ir a cualquier país para aprovechar ventajas específicas en rentabilidad, falta de regulación laboral o vacíos fiscales que le permiten no pagar impuestos, esa no es la ideal.

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También hay un gran debate sobre el futuro del capitalismo. ¿Qué opina?

Me cuento entre los que no ven muchas alternativas diferentes a arreglarlo. Algunos países (como la antigua Unión Soviética) intentaron la planificación central, pero no creo que sea un sistema viable. Los libros que hemos publicado sostienen que hay que contar con mercados inclusivos, en los que existan los servicios públicos y las regulaciones correctas, que eviten la posición dominante de empresas, personas ricas o de individuos sobre los demás. Es un proceso.

¿Considera que el calentamiento global es una amenaza más grande que la pandemia?

El covid-19 ha matado algo más de un millón de personas y probablemente sume otro millón antes de que pase, pero el cambio climático puede acabar con centenares de millones. Creo que lo que ha hecho la humanidad al respecto muestra lo peor y lo mejor de nosotros. De un lado, el egoísmo de algunos países que contaminan más que antes o la incapacidad de cooperar a escala global. Del otro, observamos cómo las tecnologías limpias se han vuelto costo-eficientes. Hace 30 años nadie habría creído que generar energía solar o eólica sería competitivo frente a los combustibles fósiles. Eso fue posible porque muchos gobiernos se movieron en la dirección correcta y los ciudadanos presionaron a sus políticos y a las empresas. De tal manera que sí se pueden obtener progresos.

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Cuando pone los temas en una balanza, ¿importa más la política o la economía?

Ambas, pero realmente la política está en el centro de todo. Hemos hecho un desastre de la política que solo puede solucionarse si la arreglamos para que realmente responda al interés general. La política tiene que ver con la manera en que la sociedad toma sus decisiones. La economía, por supuesto, determina el bienestar de las personas, pero lo primero es lo primero.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

Fuente: El Tiempo https://www.eltiempo.com/economia/sectores/por-que-a-unas-naciones-les-va-mejor-que-a-otras-547865

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