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Despacho Global | Un niño forzado a crecer: Alemania, tras las elecciones de EEUU

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14/10/2020 05:00

Aun en el caso de que Donald Trump pierda las elecciones, el ocaso de Estados Unidos como referente de las democracias liberales podría ser ya imparable. Es un temor que circula en Europa desde hace un tiempo, así como las elucubraciones sobre cómo llenar el enorme vacío político que dejaría la primera potencia mundial.

En los últimos años, algunos analistas no han resistido incluso la tentación de pensar en un país en concreto, gran villano de la primera mitad del siglo XX y hoy una de las democracias más sólidas de Europa, como el candidato idóneo para llenar ese vacío. Es una paradoja digna de la teoría de la dialéctica de Hegel, el filósofo alemán que habría cumplido 250 años este turbulento 2020: ¿quién mejor que la amable Alemania moderna, antiguo villano y luego alumno más aplicado, para asumir el papel de líder moral de Occidente tras la caída en desgracia de Estados Unidos y en pleno auge del populismo?

La historia suena bien, pero se trata en realidad de una quimera y de un malentendido. Que este haya surgido como tal muestra la encrucijada en la que se encuentra el gigante europeo de cara a unos comicios que un antiguo diplomático estadounidense en Berlín, el exembajador John M. Koenig, calificaba recientemente como “las elecciones de Estados Unidos más importantes en la historia de Alemania” en una entrevista con la cadena NBC.

Para Berlín, está en juego el futuro de las relaciones con uno de sus mayores socios comerciales, muy maltratadas por Trump en los últimos cuatro años, ya sea por las sanciones contra el controvertido gasoducto ruso-alemán Nord Stream 2 o por las amenazas de imponer duros aranceles al potente sector automotor germano. Pero también pesan, y mucho, las exigencias de un convulso tablero geopolítico en que Alemania parece destinada a tener un papel más protagonista, incluso a su pesar. Y la premisa es: asumir responsabilidad, pero no tanto. Liderar, pero no en solitario.

Merkel y la ‘verdad’ en la cerveza

Ese malentendido lo refleja bastante bien el revuelo que generaron unas declaraciones de Angela Merkel ya en mayo de 2017. “Los tiempos en los que podíamos confiar plenamente en otros están quedando atrás”, dijo la canciller en Múnich durante un acto en una carpa de eventos animado con abundante cerveza, uno de los lugares predilectos de los políticos alemanes para sacar a relucir su talante más campechano.

La canciller habló luego de un esfuerzo conjunto (“los europeos debemos forjar nuestro destino con nuestras propias manos”), pero en capitales como Londres o París, las palabras de la normalmente cautelosa Merkel sonaron a una revolución. A un nuevo liderazgo. Trump acababa de irrumpir en su primera cumbre del G-7 como un elefante en una cacharrería, la UE se preparaba para un Brexit largo y tortuoso, y algunos ‘think tanks’ occidentales celebraban a la alemana como la nueva “líder del mundo libre”, un título tan rimbombante como difuso que, por primera vez desde la Guerra Fría, le quedaba demasiado grande a un presidente de Estados Unidos.

Foto de archivo de Angela Merkel durante un evento de campaña en 2009. (Reuters)Foto de archivo de Angela Merkel durante un evento de campaña en 2009. (Reuters)
Foto de archivo de Angela Merkel durante un evento de campaña en 2009. (Reuters)

El problema es que desde el famoso discurso de la cervecería de Merkel, sigue sin estar claro cuál será el papel de Alemania en un futuro sin la batuta de Estados Unidos. Porque, lo dicho, es un malentendido. Ni Berlín es capaz de liderar Occidente ni la canciller ha estado desde luego por la labor, pese al aura de gran estadista, calmada y competente, que ha adquirido en los años finales de su mandato, tan opuesta al exceso de testosterona de líderes ‘hombre-fuerte’ como Trump, Putin o Erdogan.

Las expectativas desmedidas respecto a Berlín las alimentaron las ansias de las élites liberales mundiales por compensar el declive anglosajón. En casa, las cosas siempre estuvieron más claras: Alemania, maniatada por la culpa histórica del nazismo, no puede aspirar a ser líder mundial en solitario.

Las expectativas desmedidas respecto a Berlín las alimentaron las ansias de las élites liberales mundiales por compensar el declive anglosajón

La claudicación de Estados Unidos, sin embargo, sí confronta a Berlín con un problema creciente desde la reunificación alemana en 1990, y es que para la potencia europea es cada vez más difícil esconderse y escurrir el bulto. Algo que tiene que ver por un lado con la convicción —casi un lugar común desde hace décadas en los corrillos berlineses— de que Alemania puede ser un gigante económico, pero no deja de ser nunca un enano político. Por el susodicho peso de su historia.

Y tiene que ver, por el otro, con el hecho de que la elección de Trump subrayó hace cuatro años la ingente necesidad de que la democracia alemana se emancipe de su antiguo mentor, porque Estados Unidos ha dejado de ser el país modelo. Las agendas de política exterior de Washington y Berlín no podrían ser hoy más contradictorias. La Administración Trump, por ejemplo, renunció al acuerdo climático de París y al pacto nuclear con Irán, dos logros del multilateralismo por los que aboga fervientemente la canciller.

La ira de Trump, ¿o la nueva realidad con Biden?

También la gestión de la pandemia evidencia el abismo existente entre dos formas de hacer política. Merkel, física de formación, encarna la apuesta por la ciencia como respuesta a la crisis, mientras que el ‘showman’ Trump demuestra cómo una política errática e irresponsable puede convertirse en un peligro para la salud pública.

Si el republicano obtiene un segundo mandato, es prácticamente seguro que esas diferencias no desaparecerán e incluso se acentuarán, dando por sentado que el colérico inquilino de la Casa Blanca no ejecutará un giro inesperado que sacuda los cimientos antisistema del trumpismo. Trump seguirá siendo Trump y Alemania continuará siendo para él un espejo particularmente incómodo en el que mirarse. En el país europeo, han abundado en los últimos años las reflexiones sobre el porqué de la aversión y la obsesión de Trump con el país de sus antepasados por lado paterno.

Las explicaciones van desde el malestar político real por el hecho de que Alemania aporte poco a la OTAN, pese a su fortaleza económica, hasta una animadversión de tintes personales, quizá porque la Merkel ecuánime y racional resulta un contrincante demasiado complejo para la virilidad tóxica de Trump. Simbólica la visita de la canciller a Washington en noviembre de 2017, cuando el estadounidense se negó a estrechar la mano de la alemana frente a las cámaras, como un niño enfurruñado.

Pero es posible que tampoco una eventual victoria electoral de Joe Biden devuelva Alemania a los años felices que siguieron a 1949, cuando la recién fundada República Federal pudo crecer, como un niño pequeño, bajo el manto protector de Estados Unidos. En Berlín, temen que el demócrata Biden mantenga la presión alta para que la locomotora europea destine al menos el 2% de su PIB a gastos de defensa en el marco de la OTAN. Trump ha lanzado varios órdagos para intentar conseguir ese objetivo —además de poner en marcha la retirada de más de 10.000 soldados estacionados en Alemania—, pero la exigencia no es nueva. El republicano George W. Bush y el demócrata Barack Obama pidieron ya un aumento de la contribución alemana a la OTAN y a sus presupuestos de Defensa, algo que Berlín ha hecho solo a regañadientes y a cuentagotas. Actualmente, es de un 1,58% (en España, se quedan en un 1%).

La idea de que “Alemania es un ‘free rider”, un país que consume pero no paga, está asentada en Estados Unidos, citaba recientemente el diario ‘Die Welt’ de una charla con la embajadora germana en Washington, Emily Haber. Una nueva realidad. El regreso a los cómodos tiempos de la posguerra ya no parece viable.

El niño que se niega a crecer

Además, un presidente Biden volvería a apostar por la alianza con Alemania y Europa, pero también exigiría un respaldo claro en el creciente pulso geopolítico con China. Un papel incómodo para Berlín, que tiene en el gigante asiático y en Estados Unidos a dos de sus principales socios comerciales. Un acto de funambulismo.

Reacia por motivos históricos a reclamar para sí un liderazgo mundial, Alemania ha encontrado justo en ese difícil equilibrio su papel ideal. La estrategia de Merkel ha sido apostar por ser una mediadora para el diálogo con Putin o con Xi Jinping. El caos de la UE y los eternos titubeos germanos (ya saben, las taras históricas) han impedido, por otro lado, que se materialice la idea de un liderazgo europeo compartido, impulsado por ejemplo por el tándem Berlín-París, con el que tanto sueña el presidente francés, Emmanuel Macron.

Las próximas semanas despejarán si Merkel pasará su último año en la cancillería, antes de las elecciones de las que saldrá su sucesor o sucesora en 2021, enfrascada en la batalla con Trump. ¿Seguirá el republicano fustigando el país de sus ancestros? ¿O dará Biden un respiro a Alemania? Como fuera, el gigante europeo parece saber de antemano que la histórica alianza transatlántica sobre la cual construyó su bienestar tras 1949 ya no será nunca la misma. Y que ya no puede seguir siendo como Oskar Matzerath, el niño que se negó durante mucho tiempo a crecer en ‘El tambor de hojalata’, obra emblemática de Günter Grass, el gran narrador de la posguerra alemana. Porque es muy posible que el futuro pos-estadounidense ya haya llegado.

Fuente: El Confidencial https://www.elconfidencial.com/mundo/europa/2020-10-14/despacho-global-alemania-elecciones-de-eeuu_2786180/

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